Apenas siete años. Uno lo ve de cerca o de lejos y piensa que es inofensivo. Siempre anda bien vestido. No le hacen falta los cintos piteados ni las botas de piel exótica. No. Bastan sus bolsillos y esa firmeza al hablar.
Buscapleitos. No es bueno para los chingazos. Pero se defiende y no deja de buscarlos. Es una suerte de masoquismo altanero: ése que dan las bolsas repletas del pantalón y ese ejemplo que representa su padre, de poder y dinero.
Su familia huyó cuando llegaron los cateos. Un pitazo y salieron antes. Apenas tuvieron tiempo para las maletas, guardar los documentos comprometedores y algo de ropa. No importaba el destino ni la forma. Salir de ahí era impostergable.
Los minutos siguientes lo dijeron todo. Los militares llegaron por docenas. Con ellos iban agentes de la federal preventiva y un ministerio público. No hubo a quién mostrarle la orden de cateo. Se metieron y esculcaron.
Sacaron cajas de papeles y otros objetos. Mientras, hombres de verde olivo secuestraron toda una manzana del fraccionamiento. Los fusiles ge-tres empuñados. Otro cerco formaron los de gris, de la federal preventiva.
Los militares iban tras él y sus negocios. Pero les ganó el jalón. Los cateos se repitieron en otros puntos de la ciudad. Ex jefes policíacos vinculados con el narco, gatilleros y operadores de los cárteles eran el objetivo.
Pero fue una calentura otoñal. Tres semanas y de nuevo para atrás. Los soldados se fueron y apenas iban a la vuelta de la esquina cuando los que habían sido buscados regresaban a sus casas. Borrón y cuenta nueva.
Lo mismo hicieron ellos. A las semanas que no había rastros de más militares ni más cateos ni operativos espectaculares, ocuparon de nuevo su residencia, en ese fraccionamiento privado y exclusivo.
Y el niño aquel volvió a las andadas. A dejar florecer los dólares en sus bolsillos, que asomaban abultados y se multiplicaban. A comprarle todo a la señora de la tienda: dulces, globos, pan, chimichangas, jugos y refrescos.
Presumido y envidioso. Si no lo tenía lo compraba. Si no lo compraba lo arrebataba. Acostumbrado a usar sus billetes, también adquirió amigos. Varias veces se lió a golpes con los menores y los de su camada. Invariablemente perdió.
Pero los colmaba con su sentencia, la favorita: tú no sabes de quién soy hijo. Así la bola se dispersaba. Y si alguien quería pagarle sus abusos con la misma moneda, entonces se alejaba.
Es hijo de fulano. Tienen mucho dinero. Son buchones, narcos. Por qué crees que siempre trae dólares y lo compra todo. Por qué crees que es tan presumido. Y entonces ya ni se metían.
Los guardias del fraccionamiento ya no podían con él. Hasta a acusarlo con sus padres le sacaban. No tenían gratos antecedentes. Por eso el niño podía pasearse en su tricimoto en zumba por las calles de la privada y cometer impunemente tropelías.
Presionados por los vecinos y hartos de tanto influyentismo, los vigilantes se le acercaban, casi a escondidas y en voz baja, para decirle, pedirle, de favor, que se calmara.
Y así, a sus siete años. Con esa frialdad en la mirada. Y la voz que sonaba con una seguridad que se impone. Y con esos bolsillos rebosantes de billetes verdes, les contestaba, amenazante.
Tú no sabes de quién soy hijo. No sabes quién es mi padre.
Artículo publicado el 27 de julio de 2025 en la edición 1174 del semanario Ríodoce







