Hombre casado y adinerado. Feo pero servicial y magnánimo: regalos y comida para todos, pero ninguno como los que le mandaba a ella: el amor de su vida.
Él de cuarenta y cinco. Ella apenas rozando los veintitrés. Y desde que la vio se le alteraron frecuencia cardiaca y presión ocular, los días se le acortaron con los deseos de volver a verla y la billetera padeció la diarrea de comprarlo todo con tal de satisfacerla.
La morena ni siquiera le coqueteaba. Ni en el mundo lo veía, mucho menos en su vida. Le dijo gracias cuando le mandó aquel ramo de rosas rojas que de tan grande apenas podía sostenerse en la débil mesa de plástico. Fue un gracias seco, pronunciado agüevo. Y él supo que tenía que esforzarse más, gastar y brincar, para poder alcanzarla.
Era una morena ceniza, de esas que crecen y se multiplican en los campos pesqueros. De mediana estatura, pelo ondulado que parecían caireles cuando se lo dejaba suelto. Unas caderas modestas que sobresalían tímidamente, y una mirada de relámpago abrasivo en medio de una noche oscura y de lluvia fría.
La vio despachando en el puesto de comida y sintió la punta envenenada del dardo en el lado izquierdo. Se le acercó, sabedor del poder de esas bolsas repletas de dinero, y le dijo: reinita, usted puede tenerlo todo, todo lo que quiera, si quiere, si me quiere.
Ella lo miró y le dijo ai oiga. Sonrío, coqueta, pero frenó apenas le entregó la carta del menú y volvió a su rol de mesera. Él no dejó de lanzarle pirotecnia y de tratar de atrapar esa silueta. Pero la morena siguió en lo suyo, sin congojas ni preocupaciones.
Al día siguiente le entregó un teléfono celular. De esos nuevos, táctil, cromado. Ella lo vio en la mesa y no lo movió. Es suyo. No oiga, no lo quiero, no lo puedo aceptar.
Los otros días fueron de comida gratis. Para todos: birria, cabeza de res en caldo, tacos de carne asada, pizas, tortas, platillos preparados con pollo y arroz, pescado y caldos, cortes finos y postres.
Los otros le dijeron que todo eso era por ella y para ella. Que el tipo estaba loco. Así lo trais. Y ella se mantuvo: yo no le he dado lugar, no puedo aceptar ningún regalo porque eso sería aprovecharme, y además no quiero andar con casados.
Ándale, agárralo, le insistían. A ti que te valga madre. Al cabo de todos modos va a gastar.
Luego fueron un gigantesco ramo de flores que tuvieron que llevar en una camioneta y apenas cupo por la puerta, joyas en un estuche que ella nunca abrió, dijes con su nombre grabado, piezas con piedras preciosas, un reloj de oro.
Todo ahí, en los estantes del olvido, en el congelador de ese desvarío.
Cumplió años la morena y el hombre llevó a comer a todos frente al mar. Aquel restaurante tenía preparado un festín para celebrarla a ella. En el día de su santo mandó diez quilos de carne para asar, dos yeleras de cerveza y la banda que tocó hasta las cuatro de la mañana.
Él chaparro y feo, apenas le llegaba al hombro. Ella mediana y bella. Le dijo no y no a la camioneta jarley que mandó estacionar afuera del negocio. Le insistieron y ella respondió no me gusta, no es mi tipo.
Y a la semana siguiente ya no se le vio en el trabajo. Tres años después él lo sabe todo: dónde y con quién vive, cuántos hijos. Él la ve de lejos. Ella ni lo imagina. Con la foto en la mano, llorando, el capito baja la mirada y balbucea. Algo le duele.
Tiene a muchas a sus pies. Pero no a ella.
Artículo publicado el 13 de julio de 2025 en la edición 1172 del semanario Ríodoce.






