El espectáculo

El espectáculo

Hace más de una década, Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura, publicó un libro que no tiene desperdicio, titulado La civilización del espectáculo, donde la banalización de la política es parte de su tema. Vivimos la época de los payasos, de los bailarines que han decidido gobernar a la sociedad.

Nos dice Vargas Llosa que “en la civilización del espectáculo la política ha experimentado una banalización acaso tan pronunciada como la literatura, el cine y las artes plásticas, lo que significa que en ella la publicidad y sus eslóganes, lugares comunes, frivolidades, modas y tics, ocupan casi enteramente el quehacer antes dedicado a razones, programas, ideas y doctrinas. El político de nuestros días, si quiere conservar su popularidad, está obligado a dar una atención primordial al gesto y a la forma, que importan más que sus valores, convicciones y principios”.

“Cuidar las arrugas, la calvicie, las canas, el tamaño de la nariz y el brillo de la dentadura, así como el atuendo (Luis XVI), vale tanto, y a veces más que explicar lo que el político se propone hacer o deshacer a la hora de gobernar”. La frivolidad está en todo su apogeo, en eso también Sinaloa es ejemplo. El municipio de Elota se puede estar ahogando en la violencia y la inseguridad, pero su autoridad local decide viajar al extranjero. Es más importante mostrar una silla y un atuendo de Luis XVI que su programa de gobierno.

En Sinaloa ya tuvimos un gobernador (2011-2016) que resultó un excelente bailarín. Al final de su sexenio, la mayoría de los que votaron por él, sintieron que se habían equivocado. Dejó las finanzas del estado temblando.

Francisco Everardo Oliveira Silva se registró como candidato a diputado y contendió bajo las siglas del Partido Republicano (PR), en las elecciones realizadas en Brasil en el año de 2010. Su nombre de payaso era Tiririca.

“¿Usted sabe lo que hace un diputado? Yo tampoco, pero vótenme, que yo les cuento”, decía Tiririca en su vídeo promocional. Su candidatura provocaba risas e irritación por igual. En una entrevista concedida al diario Folha de São Paulo, confesó que nunca había votado y, cuando le preguntaron por su proyecto político, respondió: “Así, de cabeza, no puedo hablar, pero como tengo un equipo detrás trabajando, hay proyectos elaborados, está todo bien”.

Tanto votar a un rinoceronte como hacerlo por Tiririca muestra que los electores decidan tomarse a risa las carencias de la democracia. El eslogan del payaso Tiririca lo resume así: “Pior do que tá não fica”, esto es: “Vótenme, que a peor no va a ir la cosa”.

La frivolidad consiste en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y en la que el gesto y el desplante —la representación— hacen las veces de sentimiento e ideas.

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