Para quienes nacieron en México el siglo pasado y en el actual, resulta completamente normal ver en el llamado muralismo mexicano una parte de nuestra cultura, estamos acostumbrados a observarlo en edificios artísticos, en nuestros libros de texto y tampoco es extraño que lo asociemos con el muralismo actual, el que se expresa en los espacios públicos; cualquier pared es un lienzo para un arte callejero que, si bien, no forma parte de una escuela o corriente artística, en lo cotidiano, estamos acostumbrados a observarlo y apreciarlo, al igual que el muralismo de hace cien años.
Estas expresiones que forman parte de la cultura mexicana y que para nosotros es normal observar en muchas partes y épocas en nuestro país, en realidad, no lo es para la mayoría de personas en el mundo, por eso el muralismo mexicano es tan famoso, pero nosotros no lo apreciamos así porque lo hemos observado todo el tiempo, está cerca de nosotros, en nuestra memoria, es nuestra identidad, es una de nuestras formas de expresarnos.
En efecto, el muralismo surgió como parte del movimiento nacionalista posrevolucionario con mensajes muy poderosos para reivindicar la historia no contada de México, el trato opresivo a los indígenas, la verdad sobre la colonización española, las luchas obreras y campesinas, entre otros temas sociales que en su momento tal vez no causaron ningún revuelo, pero sí lograron potenciar sus ideas en las siguientes generaciones.
Mucho se ha cuestionado acerca del patrocinio gubernamental que recibió el muralismo, como si su surgimiento se haya debido a intereses económicos y no solamente ideológicos; como si los artistas hubieran aparecido de la noche a la mañana, verlo así es muy simple, de hecho, es imposible que haya surgido por generación espontánea y a eso, es a lo que me referiré en las siguientes líneas.
El muralismo en México tiene como antecedente a la pintura mural mesoamericana, expresada en los murales de Bonampak en el área maya o en Cacaxtla, en Tlaxcala, pero esta a su vez, tuvo como precedente al arte rupestre, a la pintura en abrigos y cuevas desarrollada por grupos de cazadores recolectores trashumantes en el norte del país, miles de años antes de que surgieran las grandes culturas mexicanas, en lugares como la Sierra de San Francisco en Baja California Sur, La Pintada en Sonora, la cueva de las Monas en Chihuahua, en varios sitios de Durango en la Sierra Madre Occidental y muchos otros en Sinaloa, los cuales, aún no han sido estudiados.
En las expresiones rupestres ya observamos lo que va a ser una constante en el género muralístico: la magnificación de los acontecimientos, en este caso de los mitos, a través de obras monumentales, grandes lienzos con pinturas de personajes, hombre y animales, que representan actos cosmogónicos, como la creación del mundo y de la humanidad.
En Sinaloa, los grabados rupestres tuvieron esta función y de manera prodigiosa, ya que se desarrolló un arte que al día de hoy no ha sido completamente documentado debido a su cantidad y a la forma tan extensa en que se dispersó, pero, de lo que sí estamos seguros, es que se trata de un arte rupestre que es producto de una tradición, de conocimientos
ideológicos, técnicos y artísticos que tuvieron un auge muy importante en todo el territorio sinaloense y que se extendió a los estados vecinos de Nayarit, Durango y Sonora, con una antigüedad muy remota, anterior a nuestra era, pero que aún se practicaba en el año 1200 después de Cristo.
El arte rupestre, ya sea en pintura o a través de grabados, constituye la expresión más antigua de la humanidad; en Europa, apareció en periodos paleolíticos en la región
francocantábrica, hace más de diez mil años, pero desapareció para siempre. En México ocurrió algo distinto, la pintura mural fue una tradición mesoamericana que tuvo continuidad, en la época prehispánica no hubo ciudades sin pintura mural monumental, fue una constante, aunque, lo cierto y lamentable, es que se conservaron muy pocos ejemplos, pero los suficientes, como para dejar impreso en las mentes de futuras generaciones las huellas visuales, imborrables, de un arte mural ancestral que, tal vez, sin saberlo, continuaron reproduciendo los muralistas mexicanos y que, hoy en día, es parte de nuestra identidad, simplemente, es parte de lo que somos.
• El autor es arqueólogo egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) y maestro en arquitectura por la UAS. Es autor de los libros La iglesia de la villa de Sinaloa. Arqueología Histórica (2014) INAH y El Colegio Jesuítico de Sinaloa. Arqueología, historia y arquitectura sobre el establecimiento fundacional de las misiones del noroeste de México (1591-1770), entre otros. Desde el 2009 es director del Proyecto Arqueológico Las Labradas (INAH).
Artículo publicado el 15 de junio de 2025 en la edición 13 del suplemento cultural Barco de Papel.



