Los dos libros fundamentales de Rulfo, El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), fueron los más leídos en Cali, Colombia, en la década de 1970. Cali fue, en dicha década, la vanguardia en las artes y en el pensamiento crítico. En las artes plásticas despuntaban las obras de Omar Rayo, Lucy Tejada, Hernando Tejada, Óscar Muñoz, Pedro Alcántara y María de la Paz Jaramillo; el Teatro Experimental de Cali, con Enrique Buenaventura, se posicionaba como un referente de la creación colectiva; en el cine aparecía por primera vez una corriente que reivindicaba las representaciones góticas, proyecto estético de Carlos Mayolo, Luis Ospina y Andrés Caicedo. En este bullir de las artes aparecían las voces de los personajes de Rulfo, cuyos cuentos eran adaptados al teatro por grupos estudiantiles de los colegios. Los ejemplares de los cuentos y la novela, que llegaban del Fondo de Cultura Económica, desde México, se agotaban con rapidez en las librerías, también la década de 1970 fue la de las librerías.
Rulfo participó en 1979, en Cali, en el encuentro internacional de narrativa hispanoamericana, con Camilo José Cela y Manuel Puig y los escritores colombianos Manuel Mejía Vallejo, Fernando Soto Aparicio, Fanny Buitrago, Gustavo Álvarez Gardeazabal y Fernando Cruz Kronfly. Rulfo escuchó, cabizbajo, a los colegas de la mesa; entre las pocas entrevistas que concedió reafirmó la imagen del fantasma que había percibido Gloria Valencia de Castaño, quien lo entrevistara: “Así soy, un fantasma, no existo, es un mito la existencia, mi existencia. A veces pienso que no existo”. Allí declara que Pedro Páramo fue un proyecto literario anterior a los cuentos y fue el tono de “Luvina” lo que empujo hacia la concreción de la novela, cuyos avances leía en el Centro Mexicano de Escritores en donde, paradójicamente, sus detractores abonaron a su persistencia literaria.
A propósito de la conmemoración de los 70 años de la primera edición de la novela, la Editorial RM introdujo una breve presentación en la que reconoce que la primera nota crítica fue la de Edmundo Valadés, quien alude a una novela de “transposiciones oníricas” en la que se cruzan la perspicacia, la vida, la muerte y la fábula, y hoy diremos de nuevo: la poesía. Cabe señalar que también Carlos Fuentes, en 1955, publicó en Tiempos Modernos, revista que fundaran Sartre, de Beauvoir y Merleau Ponty, en París, comentarios en los que dictamina, en Pedro Páramo, la fertilidad y la renovación de la novelística mexicana, nota incorporada en el número 8, de 1956, de la revista colombiana Mito.
En la presentación de la edición de 2025 se referencia el decálogo que como lector de Pedro Páramo propusiera, en 2017, el escritor español Manuel Vilas. El lenguaje de la novela “está tallado”, nos dice en el inicio del decálogo; en efecto, Rulfo fue compulsivo en la escritura, pues tallaba hasta lograr que lo dicho de manera escrita fuese recibido por los lectores como una lengua hablada, es decir, como un conglomerado de voces y de susurros en tiempos y espacios circulares. Sin embargo, hay temas del decálogo de Vilas que ameritan reflexiones ponderadas, pues afirmar que en “Rulfo la muerte no existe. Nada se destruye, todo se transforma” es restringir el significado de la muerte a la tradición cultural de Occidente (la muerte como dicotomía de la vida) y cerrar las posibilidades de la asunción de la muerte en el ámbito de la cosmogonía náhuatl: “¿Acaso para siempre en la tierra? ¡Sólo un breve instante aquí!” (Poesía indígena, versión de Garibay). Sin duda, Rulfo como estudioso de las culturas ancestrales prehispánicas se propuso representar simbólicamente una visión sobre la muerte como continuación de la vida, que todavía permanece en la ruralidad y en los pueblos de la periferia mexicana.
En la séptima idea del decálogo, Vilas declara que “Nadie se ama en la novela”, pues “no existe el amor”, pero hay dos situaciones que aluden al amor en la novela: de un lado, el amor hacia Susana San Juan de parte del muchacho Pedro, amor que permanecerá en sus ensoñaciones, si bien no correspondido, hasta cuando es aniquilado por su hijo, Abundio, ya en la declinación del poder. Asimismo, es notoria la presencia del amor en Susana hacia Florencio, su marido, incluso con tintes eróticos, en una analogía con las olas del mar: “Entonces me hundo en él, entera. Me entrego a él en su fuerte batir, en su suave poseer…”.
En la nota de la edición conmemorativa se introducen también copias facsimilares de los antecedentes de la novela, publicados en 1954, en la revista Las Letras Patrias (con el título Un cuento) y en la Revista de la Universidad (fragmento de la novela Los murmullos), como una confirmación de la convicción de Rulfo en su proyecto literario. Asimismo se publican las fotografías de las portadas en las múltiples lenguas a las que se ha traducido, entre ellas las de los países asiáticos. En la Maestría de Literatura, de la Universidad Javeriana, en Bogotá, los estudiantes coreanos, japoneses y chinos me decían en el curso sobre Rulfo que el mundo de Pedro Páramo era un mundo suyo y no solo de México.
El autor es maestro y doctor en Letras por la UNAM. Fue profesor de la Universidad Nacional de Colombia y profesor visitante de la Universidad de San Carlos en Guatemala, Universidad Católica de Chile y la Universidad de Chiapas. Es autor de los libros Investigación, escritura y educación, Palimpsestos: la literatura en el aula de clase, Voces escritas en la obra de Juan Rulfo, Lectura crítica para el pensamiento crítico, La lectura en las escuelas de la periferia, Antología de poesía colombiana, Mito, cincuenta años después. Ha colaborado en revistas académicas especializadas.
Artículo publicado el 01 de junio de 2025 en la edición 12 del suplemento cultural Barco de Papel.



