“¿Cómo comprender el arte y la gloria de su historia sin la espiritualidad religiosa y sin el trasfondo mítico que nos lleva hasta las raíces mismas del fenómeno artístico?”
En el año de 1980 Luis Barragán recibe el Premio Pritzker, el más codiciado y reconocido premio en arquitectura. Los arquitectos galardonados con el Premio Pritzker representan, en gran parte, el canon de la arquitectura contemporánea.
En el universo Pritzker las formas, estilos y conceptos arquitectónicos se trastocan en un espacio privilegiado en el que las expresiones originales e individuales de cada arquitecto premiado, dialogan en el tiempo.
Hasta el momento, Luis Barragán, es el único arquitecto mexicano que lo ha recibido y, por tanto, uno de los privilegiados en formar parte de ese universo (el universo Pritzker de arquitectura no es el único). Interesante la forma en la que el arquitecto Luis Barragán interpreta y expresa el porqué de su elección por parte del jurado:
“…el señor Jay A. Pritzker cuando explicó a la prensa que se me había concedido el Premio por considerar que me he dedicado a la arquitectura “como un acto sublime de la imaginación poética”. En mí se premia entonces, a todo aquél que ha sido tocado por la belleza.”, dijo Barragán al recibir el Premio Pritzker.
Los valores espirituales de su arquitectura son las guías de su quehacer como artista y constructor, parte indisoluble de su obra y entendimiento de su forma de apreciar y apropiarse íntimamente de los diversos espacios y estilos que vio a través de sus recorridos en Europa, África y las edificaciones prehispánicas y el señorío rural del altiplano mexicano. En ese sentido el escritor Carlos Fuentes lo mira como un artista que ha visto casi todo y nunca deja de ver el horizonte para sumergirse en la tradición para crear nuevos espacios y formas arquitectónicas, de ese modo la Alahambra, la arquitectura marroquí, los diseños de Jardines de Ferdinand Brac, las casas grandes del altiplano mexicano y los conventos cistercienses se ven con otros ojos, ojos nuevos, así su enseñanza se sintetiza en su frase “vean lo que yo vi”.

CASA GILARDI. La última obra de Barragán.
“Toda nueva creación se nutre de la tradición que la precede. Toda tradición viviente requiere nueva creación que la nutra”, diría Fuentes. (Luis Barragán y la mirada contigua).
La importancia del ver y el mirar las pasadas maravillas arquitectónicas que él vincula con una visión austera, quizá minimalista antes de que apareciera ese concepto, a partir de un pensamiento poético que lo acerca al misticismo de San Juan de la Cruz, ya que para Luis Barragán la religiosidad (entendida como religarse al absoluto o lo que eso signifique en las diversas religiones) es un punto de partida.
“Hagamos la distinción: Tierra y mundo. Lo creado y lo construido. La tierra (y Barragán era un cristiano profeso) fue creada. El mundo fue construido”, abundaría Fuentes.
Así la búsqueda de espacios que creen condiciones para que la intimidad sea resguardada del aciago mundo exterior, es principio material-espiritual, es garantizado por muros altos y gruesos una aspiración marcadamente mística a que sus construcciones creen las condiciones de solaz entendimiento entre naturaleza y arquitectura.
Los muros altos (como los exconventos) protegen los paraísos recreados a través de los jardines y el fluir del agua, son la base material para vivir y gozar de espacios íntimos. Las obras arquitectónicas deben provocar en quien las habita “inspiración, embrujo, magia, sortilegio, encantamiento y también las de serenidad, silencio, intimidad y asombro. Todas ellas han encontrado amorosa acogida en mi alma”, decía Barragán.
Indudablemente que el ideario de Luis Barragán sobre la relación de hombre-casa-naturaleza, sería un enunciado más de arquitectura teórica, si no existieran: La Casa Estudio, La Casa Gilardi, La Capilla de las Capuchinas, El Pedregal, Las Arboledas, Las Torres de Satélite (en coautoría con Mathías Goeritz y Chucho Reyes), obras en las que se respira lo antiguo y perdurable a través de vitrales, viguerías, juegos de luz a través de ventanales, paredes sobrias reventadas por sus amarillos, azules, naranjas, rosa o la vista casi infinita de sus jardines salvajes que se contemplan al ritmo del sonido de las gotas de agua que corren entre espejos de piletas.
Artículo publicado el 13 de abril de 2025 en la edición 11 del suplemento cultural Barco de Papel.







