Malayerba: Llanto y traición

Malayerba: Llanto y traición

Nadie sabe cómo llegó. No lo quieren saber. Y qué importa: si medio pueblo se enamoró de él y hasta lo niños le decían que querían sus tatuajes en hombros y pecho, que combinaban el amor de madre con la santa muerte.

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Se puso de novio ahí. Pisteó con sus amigos, mojando las plantas de sus pies con el opulento mar de Las Glorias. Cantó en los atardeceres policromáticos, unas veces con la tambora y otras acompañado por el estéreo del carro.

Por esa humildad y la facilidad con que hacía amigos, a quienes ayudó sin garantías ni papeles firmados, no creían lo que pasó con su partida ni tampoco lo que contaba que había ocurrido en aquel centro comercial.

Sabía que no podía irse. Que no debía. Bastó pasar la frontera y llegar a escondidas a su casa, donde lo esperaba su mujer y su hijo, para darse cuenta que se había equivocado: ahí estaba también la policía.

Le había dicho a su esposa: entrégame para que te quedes con la lana, para ti y para mi hijo. Ella contestó que no. Invariablemente. Pero detrás de ese no estaba otro monosílabo que le iba a dar 50 mil dólares.

Allá en Los Ángeles, en un centro comercial, mató a un hombre. Nos estorbaba, por eso le dimos pa’bajo. El negocio de las drogas era el suyo. Y si algo está en el camino, impidiendo el paso, un obstáculo, pues hay que quitarlo. Y si es pa’siempre, pues mejor.

El movimiento crecía y el dinero se multiplicaba. Por eso había que barrer al sujeto aquel. Así lo habían decidido él y su compadre.

Tenía todo. Hizo de todo: automóviles, camionetas, viajes, casas, ropa, juegos. Todo. Ya no hallaba qué hacer con su dinero. Ni con el poder que estaba acumulando. No tenía dónde esconderlo.

Pero apareció ese problema. Se vieron en el centro comercial. Ni intercambiaron palabras. Habló el fuego de las balas. El tipo cayó malherido y ellos se fueron pensando que la autoridad no sabría quiénes se lo aventaron.

Pero estaban equivocados. Los buscaron y muy rápido. Desmantelaron parte del negocio, hicieron algunas modificaciones. Y él, que estaba siendo señalado como el autor material e intelectual del homicidio, peló gallo y ni polvareda levantó.

Ahí se detuvo, en medio de la travesía de la huida, frente al mar. Paró a saludar a sus amigos. Pero hizo tantos y con una rapidez impresionante que se quedó más de lo que esperaba. Y obtuvo más de lo que hubiera imaginado.

Consiguió el amor de una mujer. Me gustas, quiero estar contigo, le declaró aquella tarde, detrás de la duna, y con el mar guiñándole un ojo. Ella le dijo que no sabía, que estaba sorprendida. Que sí.

Ayudó a muchos y repartió una pequeña parte de aquel dinero que su negocio le había multiplicado del otro lado del río Bravo. Metió a la tambora en los patios de las casas, en la cancha del pueblo y en las calles polvorientas.

Los niños lo seguían. Era el ídolo que jugaba con ellos y los correteaba. Pero también el que les daba dinero y les aseguraba el refresco, los panes, juguetes y comida.

Querían sus pinturas y dibujos adornando pecho y hombros. Quiero que me pinten eso a mí. No, contestó. Si te tatúas la gente va a pensar que eres una persona mala. La policía te va a perseguir. Así va a ser toda la vida. Mejor no.

Y no le creían. Como tampoco creían que estaba preso. Y que su esposa y su compadre y socio lo hubieran traicionado. A él, que era tan bueno. Y a su novia, al pueblo entero, les duele. Por eso lo extrañan. Y le lloran.

Artículo publicado el 27 de abril de 2025 en la edición 1161 del semanario Ríodoce.

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