Vargas Llosa, un encuentro

Vargas Llosa, un encuentro

En 2009 fuimos como tribu a la FIL de Guadalajara a la presentación de Malayerba, el libro con la recopilación de las columnas de Javier Valdez en Ríodoce. Si en Sinaloa habíamos acompañado sin falta cada parto de sus libros y hasta fuimos los presentadores, estar en la FIL era como una consagración para él –y para todos, algunos éxitos son compartidos.

Javier Valdez había encontrado en una columna breve, menos de 400 palabras, un tono y un estilo que había explorado por años pero que cuajó redondo hasta la Malayerba, que nació y creció con Ríodoce. Historias reales hasta la médula, sin quedar constreñidas a las exigencias del periodismo informativo. A medio camino entre la crónica, la nota seca, entrevista y reportaje. Podrían confundirse con un cuento o una fábula, donde nombres y sitios pasan por el filtro de la ficción, pero no lo son, ni se alejan de la realidad un milímetro.

Él sabía que semana a semana fue armando una “crónica fragmentada” del México violento que se forjó en tiempos de Felipe Calderón y su guerra contra el narco, pero quienes vivimos en Sinaloa sabemos que esa guerra nos ha tocado padecerla toda la vida. Después de algunos años de peregrinar, una editorial se decidió por la publicación, aun no llegaba el boom del tema narco que inundaría las librerías.

Pensó que nadie mejor para el prólogo que Carlos Monsiváis: “En Malayerba, Javier Valdez contribuye con destreza narrativa y visión panorámica a la comprensión de los cambios negativos en México,” escribió en uno de sus últimos prólogos. Pensó que tampoco nadie mejor para la presentación en la FIL que otro sinaloense, Élmer Mendoza, quien leería con tono sinaloense las letras de Javier.

La presentación de Malayerba salió de maravilla. Bebimos. Reímos. Quince años después el país sigue entrampado, una violencia desbordada nos mantiene heridos.

 

Margen de error

(Feroz) Nosotros éramos unos intrusos en la FIL, un habitual era Mario Vargas Llosa. Ese 2009 no falló. Con la acreditación de periodista entré a su conferencia de prensa. El grupo era reducido, apenas una docena de reporteros, cuando esperaba que estuviera a reventar por el halo de la polémica que siempre rodeó al peruano. Siempre nota principal, no por sus opiniones literarias, sino políticas.

Vargas Llosa solía ser certero en sus frases en cada país, y en México había acuñado una que se repite constantemente: México, es la dictadura perfecta. Lo dijo en los años 90 y desde entonces no se dejó de repetir para entender la condición política de un régimen de partido único. La oposición entonces lo amó, por esa frase, después lo odiaría por otras más.

De Vargas Llosa, entonces, había leído casi todo. Sus novelas desde la prepa y sus ensayos en los tiempos de la escuela de letras. La orgía perpetua, era casi un libro de cabecera sobre el portento literario de la Madame Bovary de Flaubert. Con el Feroz, el maestro Álvaro Rendón, desmenuzamos en clase La Casa Verde. Capítulo por capítulo el Feroz iba explicando la narrativa monumental de Vargas Llosa, su novela totalizadora que quiere abarcar la vida misma.

Y ahí en la FIL tenía al autor que el maestro Feroz enseñó a querer como propio. Ahí a unos metros. Daban ganas de llamarle al Feroz para preguntarle cuál sería una pregunta inteligente a Vargas Llosa, una de literatura no de política.

El escritor respondió con paciencia a preguntas un tanto sosas, de un reportero europeo que mal hablaba el español. Respondía con una educación que volvía interesantes las respuestas a pesar de la pregunta.

Al final me decidí por La tía Julia y el escribidor, siempre me llamó la atención como las historias fueron enloqueciendo a ese autor de radionovelas que tenía como protagonista y como había ido mezclando los distintos mundos que había creado. Parecía extrañado al responder, como si por fin alguien preguntara sobre literatura.

Éramos tan pocos en la sala que hubo oportunidad hasta de charlar, en corto con él, fuera de entrevista.

Un año después, entrar a una conferencia con él se volvería imposible. Vargas Llosa ganaría el Nobel de Literatura en 2010, y verlo equivalía a esperar horas en una fila, como también lo hice en los 50 años de Conversación en la Catedral, también en la FIL.

 

Primera cita

(Piedra) Vargas Llosa no era periodista pero lo practicaba. Hizo un Diario de Irak, por ejemplo, sobre la guerra. Reporteó en sitio, junto con su hija que se encargó de las fotografías. Pero fundamentalmente su paso por el periodismo es desde la columna de opinión. Era acucioso y didáctico, directo al establecer su posición y polémico en refutar a los otros. Es desde esa postura como se allegaba a sus detractores. Podía discutirle su forma de pensar, pero no su literatura.

Piedra de Toque, su columna, se publicó en el diario español El País, pero se replicaba en muchos más del mundo. Solía intercalar temas de literatura, pero nunca abandonar el tema mundial. Sus últimas colaboraciones fueron sobre Rusia y Ucrania, por ejemplo. Y antes fue ácido y hasta irónico con el periodo presidencial de Trump.

 

Mirilla

(Boom) Ahora que todo el mundo habla de su muerte, es claro entender que pocos escritores pueden alcanzar una atención de ese calado, casi unánime. Vargas Llosa era el último de esa generación que modificó por completo la atención mundial a la literatura que se hacía desde Latinoamérica. No hay forma de entender la segunda parte del siglo XX sin esos escritores: García Márquez, Cortázar, Fuentes, y Vargas Llosa (PUNTO).

Artículo publicado el 20 de abril de 2025 en la edición 1160 del semanario Ríodoce.

Lee más sobre:

Últimas noticias

Scroll al inicio

2021 © RIODOCE
Todos los derechos Reservados.