Una cerveza en el más allá

Una cerveza en el más allá

Por Juan Villoro

 

En 1997 despegué rumbo a Mazatlán en una especie de vuelo fantasma. El avión tenía cinco o seis azafatas de uniforme morado que superaban en número a los pasajeros. Ese vuelo parecía anunciar el quiebre de la compañía Aero California.

Entre los escasos tripulantes, localicé a Sergio Peña, compañero de la UAM-Iztapalapa que me había iniciado en algunos secretos de la vida sinaloense. Solía visitarlo en la casa de estudiantes que habitaba en la Ciudad de México, siempre abastecida de chilorio, y donde él escuchaba interminables casets enviados por su padre con las hazañas de los Venados y los Tomateros del béisbol. De manera lógica, el amigo que calculaba porcentajes de bateo de partidos que no había visto, se convirtió en un destacado economista.

En el avión, me preguntó a qué iba a Mazatlán y le extrañó mi respuesta. “¿Una feria del libro?”, se rascó la cabeza, tratando de acomodar un dato que le parecía irreal.

Mi anterior viaje a Sinaloa se había definido por la imposibilidad de que los sucesos ocurrieran. En 1981 fui invitado a Culiacán a presentar mi primer libro de cuentos, La noche navegable, pero el acto se suspendió porque el responsable de la sala en la Plazuela Rosales fue asesinado. Para sobrellevar la tragedia, hubo una reunión en casa de una maestra, que vivía en Tierra Blanca. Alguien del grupo no conocía la dirección y a la anfitriona se le ocurrió colocar una silla en la banqueta para que supiera dónde estábamos. El amigo nunca llegó porque la silla fue robada.

Cosas parecidas me habían pasado en otras partes. Promover la literatura tiene que ver más con la imaginación que con la realidad. Se lo dije a Sergio en el avión y él me vio con el afecto que merecen los amigos necesitados de terapia: “No hay feria de libro en Mazatlán, pero te la vas a pasar bien”, me dijo. La frase era exacta. Me habían invitado a un evento que aún no existía.

Antes de darme la mano en el aeropuerto, José Luis Franco me dio una lata de cerveza. Yo iba con mi esposa, que recibió otra cheve helada, y él en compañía de un arquitecto que había tenido éxito haciendo carros alegóricos en el carnaval y de Luis Alonso Enamorado, personaje excepcional que había llegado a pie desde El Salvador, huyendo de la violencia. Con espléndido humor, me informaron que no tenían nada listo, pero todo se resolvería.

Luis Enamorado era amigo de la ciudad entera, editaba una revista turística y había descubierto que no hay mejor moneda que la simpatía. Conseguía las más variadas cosas por medio de intercambios. En una ocasión, incluso logró que el campeón Julio César Chávez posara gratis para un anuncio de leche. Vestido como un dandi, con saco blanco y riguroso sombrero Panamá, lograba que restauranteros y hoteleros le abrieran puertas. Era el apoyo ideal para José Luis Franco, periodista, profesor y novelista de amplia cultura, que había decidido poner sus conocimientos en pro de los demás. Pepe concebía las iniciativas y Enamorado ayudaba a realizarlas. En la vorágine previa a la inauguración, el escritor descubrió que hacía falta un podio para los discursos y solicitó a su aliado que encontrara uno a toda prisa. Enamorado hizo llamadas sin quitarse el sombrero y consiguió lo que le pedían. Satisfecho con su gestión, se atrevió a preguntar: “¿Qué es un podio?”. Al modo de un mago, era capaz de conseguir hasta lo que desconocía.

El episodio parece escapado de la novela de Franco ¿Quién habita el Ángela Peralta?, donde lo irreal cobra cuerpo. Ese libro dio vida imaginaria al teatro que presidía el centro histórico de Mazatlán y dotó de un aura mágica a la vieja ciudad.

El sitio definitivo de José Luis Franco era la Plazuela Machado. De manera emblemática, la feria se celebró en el perímetro donde el organizador pasaba de un bar a otro, y de una tertulia a otra, recogiendo tramas para sus columnas semanales. Atento a las novedades literarias, Franco también coleccionaba historias de otros tiempos.

En esa primera edición de la feria cumplimos con el principal requisito de los pioneros: nuestra ilusión fue más grande que la realidad. El evento no tenía apoyos comerciales fuertes; era, en lo fundamental, una aventura autogestiva que dependía de la desinteresada entrega de un grupo de amigos. Me pareció esencial seguir participando en una empresa intrépida, donde el futuro era más estimulante que el presente. Con los años, la feria prosperó y regresé en varias ocasiones con mi hija, que disfrutó del despliegue de talleres y libros infantiles.

Nunca escuché a Pepe quejarse de la falta de apoyos ni del desgaste que provocaba trabajar con recursos limitados. Se negaba a hablar de sí mismo y no promovía su obra. El único favor que me pidió fue que compartiera con su hija mi pasión por los libros. No es fácil que los padres recomendemos las cosas que nos gustan; a veces necesitamos de un pariente o un amigo que haga la tarea. Me gustaría pensar que fui ese aliado para Pepe.

Al final de su vida conoció el desamparo. Más interesado en los otros que en sí mismo, carecía de ayudas. Como siempre, Luis Enamorado alertó sobre la condición del amigo, pero el mago capaz de hacer todo tipo de trueques no pudo cambiar el final de ese destino.

José Luis Franco nació en 1955 y murió en 2023, a los 67 años. Lo recuerdo sentado en un bar de la Plazuela Machado, con la mano en el cuello de una botella, escuchando lo que dicen los demás con el gesto de quien se apresta a reír, pues sabe que estar con los otros es garantía de diversión.

“Cuenta lo de la silla robada”, me decía. Conocía la historia, pero la amistad está hecha de reiteraciones. “¿Así que no presentaste tu libro en Culiacán?”, preguntaba. Disfrutaba las historias donde lo más importante era lo que no había pasado. A la distancia, creo entender el sentido profundo de esa predilección: recuperar las oportunidades perdidas era un modo de valorar lo que sí se lograba, en un espacio cierto, con amigos, reinventando la realidad a fuerza de palabras.

José Luis Franco animó una plaza, una ciudad, una época. Autor de historias de fantasmas, nos ayudó a entender que la realidad es un pretexto para la imaginación.

Cada vez que brindamos en su nombre, él destapa una botella en el más allá.

Artículo publicado el 13 de abril de 2025 en la edición 11 del suplemento cultural Barco de Papel.

Lee más sobre:

Últimas noticias

Scroll al inicio

2021 © RIODOCE
Todos los derechos Reservados.