José Luis Franco, el escritor sinaloense

José Luis Franco, el escritor sinaloense

Por Juan José Rodríguez

 

Temperamental con temple, sin temor a correr riesgos con su escritura y enemigo de todos los manierismos estilísticos, fue alguien que se demostró siempre concordante con su credo literario. Durante su trayectoria literaria, el escritor José Luis Franco esgrimió una prosa vivaz, directa y confesional dentro de la broma o la burla. Su escritura fue heredera de autores directos y vivenciales como Jorge Ibargüengoitia, Alfredo Bryce Echenique y Enrique Jardiel Poncela, por mencionar a la triada más intrínseca a su obra. Y todos ellos son autores que no imaginaríamos juntos en una antología editada, pero sí en una alegre mesa en cualquier rincón frente a la playa.

A diferencia de otros autores, que reniegan y ocultan sus influencias literarias hasta llegar al paroxismo parricida, Franco reconocía su deuda permanente y continua con los autores mencionados; incluso como una forma de iniciar la conversación. Hay otros escritores que mencionan sus influencias más que nada para lucirse o evitar confesar de dónde provienen sus fuegos secretos, mientras que Pepe te daba la referencia y te prestaba sus libros.

Por ejemplo, hablando de poses, aún no es hora que encontremos la influencia que García Márquez presumía por ser lector de Virginia Woolf, Daniel Defoe o Francisco Petrarca. En cambio, don José Luis Franco es transparente como cualquiera de sus juegos de palabras.

Más allá de las referencias librescas, la obra de José Luis Franco insistía en mantener una especial conversación con el lector, a partir del humor, la ironía y el sarcasmo, elementos que suelen confundirse y que eran el motor interno de sus motivaciones. Decía con orgullo que ese humor le venía directo por la vena materna.

Alguna vez, el amigo común y excelente lector Luis Homero Lavín, hizo una lista de los temas recurrentes en el periodismo crítico que ejercía Pepe Franco: el teatro Ángela Peralta cuando estaba en ruinas, la figura para muchos venerada de Antonio Haas, el carnaval, el paseo Olas Altas y las referencias a las bebidas ambarinas, elementos muy mazatlecos en los años ochenta. Su sección cultural “La página” era el solitario espacio donde alguien no titulaba sus reseñas con la falaz cabeza de “Todo un éxito”.

Yo tenía 18 años cuando le escuché eso a Lavín y cometí la inmediata imprudencia de ir a decírselo, lo cual tomó con humor y sana autocrítica. Hasta solía repetirla.

En la trasnochada crítica local, alguien señalaba en su momento que él hacía siempre sus prosas en primera persona, algo de esperarse en un autor tan personalísimo y que podía ser él mismo el personaje, usando la máscara y la ventriloquía.

De hecho, en el suplemento de Mario Martini que se publicaba en Noroeste en los ya mencionados años ochenta, seguido publicaba con seudónimos que sólo los muy allegados identificaban, como Roque Latripa y Shiram de la Fontana… este último usado para destrozar las obras de teatro musicales, que hacían los aficionados de la High Class patasalada, en el Teatro del IMSS, hoy Antonio Haas, otro de sus horizontes también ya mencionado.

Él respondió a esa crítica publicando un cuento magistral en segunda persona: Todo en orden, relato de prosa suave, ambientada en alcoba y con el diálogo de un matrimonio en rutina que decide experimentar algo nuevo. Este cuento fue muy celebrado y una forma muy propia de decir que, si él quería, podría hacerlo como los otros, pero no se sentía cómodo en ese tipo de prosa porque le parecía impostada. Lo suyo tenía que ser visceral e inmediato. Contundente.

Su primer libro, ¿Quién habita el Ángela Peralta?, fue provocador porque apareció cuando dicho teatro estaba en ruinas y existía una inquietud por revivirlo. Pepe Franco hizo una serie de críticas inventivas e invectivas a las que, para él, eran versiones snob de ese rescate, una historieta Ibargüengoitiana tipo Estas ruinas que ves.

Esta última novela me consta que él no la había leído entonces, ya que yo se la presté más adelante, cuando la reeditó Joaquín Mortiz, y no era asequible la primera edición de Novaro.

Ya para 1987, publicaría Las memorias desparpajadas de Roque Latripa, un libro de cuentos, retomando el seudónimo que usaba en una de sus columnas, donde jugaba con diversos tiempos y hasta se dio el lujo de poner un tablero de direcciones como el Cortázar de Rayuela.

ROQUE LATRIPA. Literatura y realidad.

 

Debo añadir una novela previa, inconclusa que publicó por entregas en un diario local, medio en broma y medio en serio, titulada Memorias de un dinosaurio mazatleco.

Algunas partes de esta historia las canibalizó en el libro ya mencionado anteriormente. Creo que eliminó las partes menos afortunadas de manera correcta… me parece recordar que ahí el personaje de Roque tenía relaciones amistosas con un extraterrestre de ficción, llamado Ucramón, a semejanza del Gran Gazú de Pedro Picapiedra o el Colofox del actor cómico Manuel Valdés.

Más adelante, su sentido autocrítico y la necesidad de ganarse la vida le hicieron enmudecer. Inició una novela fársica sobre los juegos florales de carnaval que no concluyó y, según nos anunció, había perdido a mitad de los 90 en un apocalipsis cibernético de su computadora personal. Tenía la maña de apagarla oprimiendo solo un botón.

Destaco muy especialmente un libro secreto, que hizo en coautoría con el señor Jesús Ernesto Gómez Rubio, las memorias tituladas Mi viejo Mazatlán larga entrevista que se convirtió en un interesante testimonio de una vida en la ciudad. A ese libro le puso especial cariño y logró tener una relación de tipo paternal con el conocido empresario mazatleco, devoto de la cultura, quien mantenía un récord de haber participado en 50 carnavales consecutivos.

Tarde en la vida, después de los 35 años, descubrió su vocación como profesor de literatura en la escuela de ciencias sociales y la promoción cultural, donde se inició con la influencia de Juan Manuel Gómez Sánchez en la universidad y Raúl Rico en Codetur.

Esto último lo mencionó cuando recibió un reconocimiento a la labor artística y cultural por el gobierno del estado. Vale la pena recordar que también recibió dos premios estatales de periodismo cultural.

La obra de José Luis Franco, el narrador, ahí está en espera de su revaloración y merecida reedición. No sólo es un ferviente testimonio de su momento, sino que su visión satírica e irreverente se aproxima mucho al lenguaje que vemos hoy en las redes sociales y el periodismo incisivo. Al final de su vida se sentía más cómodo conviviendo con gente más joven, la mayoría ex alumnos, porque era un eterno adolescente que evolucionaba a su propio paso. Fue un excelente tenista en su juventud y al final se concentró bastante en el tenis de mesa, por no hablar de algunos prodigios en el billar, juego que practicaba con elegancia matemática y nunca aceptaba hacerlo por apuestas. Solo por deporte.

Quizás algunos detalles hoscos de su escritura, que eran permisibles en su época, como comentarios muy masculinos, hagan roncha hoy en un lector educado en lo políticamente correcto, así que el mayor homenaje va a ser también leerlo en su tiempo y circunstancia, como clamaba, en una frase máxima, don José Ortega y Gasset. No es que su obra haya envejecido; tal vez la corrección politizada se ha envilecido.

Vaya este reconocimiento a su obra literaria, homenaje especial, ante un compromiso asumido por él sin caer en la torre de marfil. Antes que el periodismo, el magisterio y la promoción, José Luis Franco fue y se consideró escritor y esa era la ruta que lo llevó a donde quiera que llegó y ahí supo ser muy feliz a su manera. Desdeñó la academia o una vida empeñada en los logros de la clase media y nadó como pez en el agua en su universo propio, bien asumido con sus auténticos sueños y los elementos más intensos de su muy personal literatura. No muchos autores logran hacer eso con su vida.

  • El autor debutó en el terreno de la literatura en 1988 con el libro de cuentos Con sabor a limonero, al que han seguido las novelas El náufrago del mar amarillo, Asesinato en una lavandería china, El gran invento del siglo XX, Mi nombre es Casablanca y La casa de las lobas. En 2002 recibió el Premio Nacional de Cuento “Gilberto Owen” por el libro inédito Los hombres del Ave María y en 2004 el Mazatlán de Literatura por la novela Mi nombre es Casablanca. Es promotor cultural.

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