Pepe Franco

Pepe Franco

Como se veían casi a diario, a Luis Alonso Enamorado se le hizo raro que Pepe no apareciera por Olas Altas. Al tercer día de no ver ni sus luces, fue a su departamento y, sospechando que algo le había pasado, pidió autorización para forzar la puerta. Lo encontraron inconsciente tirado en el piso. Lo llevaron a la Cruz Roja primero y luego a un hospital. Pero los daños de la deshidratación resultaron irreversibles. Ese febrero de 2014 lo perdimos todos, su familia, sus amigos, sus lectores.

Fundaron juntos la feria del libro más importante que haya tenido Sinaloa en su historia, Feria del Libro y las Artes (Feliart) de Mazatlán y eso los unió hasta el último suspiro del escritor. Nueve años después, cuando fui a verlo al hospital del IMSS y ya no podía pronunciar palabras, solo gruñidos casi siempre como reclamos. Alcancé a entender que me preguntaba por alguien, el Enamorado. Al día siguiente lo visitó y fue la última vez que se vieron.

José Luis Franco se había integrado a Ríodoce desde el primer número con un cuento llamado Todo en orden. Cuando estuve con él le dije que habíamos rescatado las historias de Benito, su gato, que había publicado en su muro de Facebook y creo que me entendió. Y que las ilustraríamos con monos de Bobadilla. El trabajo estaba muy avanzado, ya casi listo para la rotativa. No había brillo en sus ojos, pero tenía fuerzas para renegar con las enfermeras por razones que nadie entendía, apenas él en su extravío. Con el título de Relatos gatunos, el suplemento se publicó justo el día de su muerte, así que no pudo verlo.

Ese 2014, después de que aceptamos que Pepe ya no estaba con nosotros, planeamos llevarlo a la FIL de Guadalajara. Fuimos él, Cayetano Osuna, fundador de Ríodoce y Luis Alonso. La idea era que se reencontrara con su mundo, los libros, los escritores, las mesas… y lo disfrutó salvo cuando el Enamorado le negaba los cigarrillos porque le hacían daño. Si estábamos en una mesa reposando la cena se levantaba encabronado y se salía a la banqueta a maldecir.

Durante los primeros años de ese mal que le fue avanzando también por la desatención familiar, fueron Cayetano y el Enamorado sus enfermeros, hermanos, amigos… iban por él a casa de su hermano y luego de pasar por la barbería para que le dieran una chaineadita, lo llevaban a ver el mar, lo invitaban a desayunar o a comer y por las tardes a ver la puesta de sol, algo que lo embriagaba desde que descubrió sus hechizos.

Lo fuimos abandonando. El claustro al que fue sometido les impidió a Cayetano y al Enamorado verlo con esa frecuencia que le daba vida. Con el paso de los años ya no conocía a las personas y fue encerrado en una habitación abandonado a sus propios desechos, las neuronas totalmente trituradas y su cuerpo tan frágil como el de un gorrión.

Su familia, su esposa y sus dos hijos, se habían ido a vivir a Venezuela y nunca volvieron a encontrarse. Se comunicaba con ellos por el internet y añoraba abrazarlos de nuevo. Los amaba. Un día en su departamento, entre ballena y ballena, le prometimos Cayetano y yo que una vez que el Río agarrara un poquito de agua lo mandaríamos a Sudamérica para que nos enviara de allá crónicas y entrevistas. Lo imaginábamos tocando la puerta de José Mujica o entrando a la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Ya de regreso, le dijimos, te quedas una temporada en Venezuela con tu familia.

No sé cuántas veces soñó con ese viaje, pero era de tan buen metal que nunca nos preguntó si ya teníamos posibilidad de mandarlo, tal vez, pero solo tal vez, porque pensó que solo por darle un poco de esperanza, le habíamos inventado esa quimera.

Su estado depresivo fue creciendo con los meses no tanto por sus penurias personales sino porque lo atormentaba la precariedad con que vivía su familia en un régimen (chavista) que había vuelto miserables a los pobres. Quisimos animarlo y le propusimos hacer un libro con una selección de sus crónicas publicadas en Ríodoce. Le encantó la idea, le dejé a él mismo la selección y me las envió. Hablé con Ernestina Yépiz y ella se encargó para que lo editara el Instituto Sinaloense de la Cultura. Para coronar su dicha, trajimos a Juan Villoro a la presentación del libro, Mira esa gente sola, cuyo nombre elegimos en un peloteo de dos o tres minutos. Juan era su amigo desde que lo acompañó en el primer encuentro por la lectura, por allá en 1997, quién mejor que él para presentarlo.

Bola y cadena

PARA ENCONTRAR A PEPE FRANCO había que tumbar puertas. Nueve años después de que el Enamorado lo hizo en el departamento de Sixto Osuna y Belisario Domínguez, le tocó a Cayetano entrar casi a empujones a la casa de su familia para ver en qué condiciones se encontraba. Durante meses le habían negado el acceso. Lo que vio no se puede narrar, solo hay que imaginarlo. Llevó un doctor y le advirtieron a la familia que dejarlo allí era un crimen. Al día siguiente fue trasladado al IMSS, donde finalmente descansó.

Sentido contrario

CONOCÍ AL PEPE ESCRITOR Y CRONISTA más por lo que escribió para Ríodoce que por las novelas y cuentos que había publicado. Su novela ¿Quién habita el Ángela Peralta? la leí en una sentada igual que Operación Azteca: Fantomas al rescate, días antes de preparar la edición de abril de Barco de Papel. Ya me había arrepentido de no haber conocido su obra literaria antes de su decaimiento —aunque yo no diría que buena parte de sus crónicas no son literatura— porque también Las Memorias desparpajadas de Roque Latripa las leí cuando ya no se podía hablar con él de sus historias y sus personajes. En todo caso, que él nunca se refiriera a sus obras —nunca jamás hablaba de ellas al menos con nosotros—, fue un testimonio más de su desenfado por él mismo y de su sencillez.

Humo negro

EL ÚLTIMO MENSAJE POR MAIL que recibí de Pepe fue el 6 de febrero de 2014. Me decía que traía problemas estomacales pero que me mandaría su colaboración “como a las diez a más tardar, quizá más tempra, todo depende… ni a las Olas he ido, pero ya tengo tema, es el centenario de Burroughs…” Pero ya no mandó. Nunca más volvió a mandar.

Artículo publicado el 13 de abril de 2025 en la edición 1159 del semanario Ríodoce.

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