Malayerba: No veo, no veo

Malayerba: No veo, no veo

Los gritos del hombre aquel jalaron sus ojos: dos jóvenes armados con cuernos de chivo lo golpeaban y pateaban, tratando de domarlo, para luego subirlo al vehículo en que viajaban.

Ella apenas salía de la casa y escuchó. Primero pensó que era algún pleito doméstico, un habitual y matinal jaloneo verbal en el caserío aquel, por eso no hizo caso, pero cuando oyó a los pistoleros que querían someterlo, volteó.

No fui yo, compa. Yo no dije nada, no hablé.

El hombre, su vecino, berreaba como animal al cadalso. Llanto con súplicas, manoteo para asirse del aire, del barandal de la puerta de su casa, de las pocas plantas que su mujer había sembrado en el paupérrimo jardín frontal.

Uno le dio un cachazo en el pómulo izquierdo. El otro le pateó el abdomen en dos ocasiones. Y cuando pensaban que aquel por fin había desistido de luchar, intentaron levantarlo, tomando manos y pies, en vilo. Fue en vano.

No me lleven, oigan, por favor. Yo no fui, no dije nada.

Cállate pendejo. El vecino amarraba sus manos a los tubos verticales, a la cerca de gallinero, al aire, a la vida. No me lleven, por favor. Las respuestas fueron nuevas órdenes de que guardara silencio y amenazas de que ahí mismo lo iban a matar.

Era un hombre corpulento, de alrededor de ciento treinta kilos. Traía camiseta sin mangas y pantalón azul. Bigote que adornaba sus hinchados cachetes y esa barba de espinas.

Los hombres lo golpeaban. No podían con él, con ese peso. El hombre se quedó tendido, en el suelo. Parecía rendido. Pero cuando los sicarios arremetieron de nuevo para levantarlo, fracasaron.

La mujer trató de distraerse para no escuchar ni voltear a ver. Sacó a los dos hijos y los metió rápido, bloqueando con su cuerpo el escenario de la agresión. Uno de los niños preguntó qué pasa. Nada, hijo. Solo están peleando.

Se montó en el asiento del conductor y salió rápido de la cochera. Aceleró sin revisar el retrovisor, musitando un “no veo no veo”, apenas audible. A lo lejos el aquelarre de fusiles, patadas y jaloneos seguía vivo. A los dos se unió el que los esperaba en el vehículo.

Ella golpeaba el volante. Buscó en el dial la estación del noticiero que a diario escuchaba: quería cancelar el recuerdo, los gritos, el llanto, el ruego. Se alejó titiritando en verano. Pensando: voy a subir de peso.

Artículo publicado el 23 de marzo de 2025 en la edición 1156 del semanario Ríodoce.

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