10 años después de la quiebra, obreros toman posesión de terrenos
Don Ricardo se cuelga del cerco de alambres que sus ex compañeros del desaparecido ingenio Azucarero de Los Mochis van tendiendo en los patios de la factoría decadente.
Está parado justo frente al segundo molino y a un costado de la grúa número dos. En esos aparatos, él entregó 40 años de su vida productiva, y tras concluirla, no recibió un peso de indemnización. Los que se decían los patrones, pretendían escamotearle ese derecho cuando la industria se declaró insolvente para cumplir con la amortización de las deudas que se echó a cuestas, presuntamente para mantener la operación del ingenio que dio origen a la ciudad de Los Mochis.
Mientras él espera bajo un sol radiante y quemante de un invierno en retirada, sus compañeros armados con zapapicos, barras, palas, postes y alambre de púas trazan líneas para delimitar tres lotes cuyas extensiones están valuadas en 80 millones de pesos para ser distribuidos en partes proporcionales a casi 700 obreros que se integraron al expediente laboral que 10 años atrás habían comenzado 260 obreros que se separaron de la sección 12 del Sindicato Nacional Azucarero, cuyos dirigentes, entonces, se habían puesto a favor de los empresarios cuya fama, ya entonces, era de estafadores, pues habían estafado a los cañicultores con contratos de aparcería truqueados y a clientes con los que acordaron un trueque de dinero fresco por azúcar refinada y mascabado, pero que finalmente, incumplieron.
De esos años, en que trabajó en los patios del ingenio pasó de peón a mayordomo, tractorista, trascabero, dompero y terminó de operador de la grúa número 4, que justo es la única que queda en pie. De esa etapa laboral le quedan dos recuerdos físicos: el desgaste del cuerpo y la amputación del dedo meñique de la mano derecha.
Ahora está en el mismo lugar en donde trabajó, viviendo con una pensión de 4 mil pesos. Y está allí porque espera que le den una parte de los terrenos que ahora está pisando. Y cuenta que, para él, el ingenio fue una etapa muy bonita que se terminó cuando el gobierno decidió cerrarlo. “No pudimos hacer nada. Los líderes que había no le entraron tampoco. Y entonces, los que se decían dueños no pagaron nada”.
Don Ricardo, tras la amputación de su dedo, fue liquidado, pero regresó a la fábrica porque no tenía otro quehacer, puesto que había llegado desde niño, como todos los de su familia, y de los cuales, uno de sus hermanos fue secretario general de la sección 12 del Sindicato Nacional Azucarero, Roberto Torres Reyes.
Para Don Ricardo, estar en esas tierras resecas, en donde el zumbido del aire es lo único que rompe el silencio monótono, es recordar casi la mitad de su vida. Está parado en el mismo lugar en donde tantas horas trabajó, pero ahora, sin el trajín de la maquinaria, el bullicio de los obreros y el traka-traka de los molinos. Eso solo son imágenes que se almacenaron en su ya anciano cerebro.
Él regresó a ese lugar para reclamar el pedazo de tierra que durante 10 años les había sido negado como indemnización, tras que los empresarios mochitenses, Alejandro Elizondo, Rodolfo de la Vega Valladolid y Luis Puente Pérez tuvieran en sus manos la última administración del ingenio azucarero, y del que nunca fueron dueños.
“Gracias a Dios esa historia ya terminó y venimos a cercar lo que es nuestro”, recordó Fernando Javier Verdugo Pérez, el artífice de la separación sindical de 295 obreros de la entonces sección 12 del Sindicato Nacional Azucarero, y cuyas acciones legales en contra de la empresa Compañía Azucarera de Los Mochis generaron el expediente 031-377-A/2015 que llegó a sentencia de remate, adjudicación, escrituración y ahora hasta la venta a terceros de tres lotes que amparan un valor de 180 millones de pesos.
Dijo que se han tardado 10 años en tener el dominio pleno de los lotes, porque los empresarios pretendieron anular la adjudicación con amparos que sucesivamente fueron perdiendo. En el caso del principal, el amparo se desechó porque los empresarios no exhibieron una fianza de 10 mil pesos, que les fijaron jueces vivales.
Dijo que en el mismo caso, otro juez fijó una fianza de 5 millones de pesos que fue exhibida. Este era un asunto enderezado por el banco Amerra, que finalmente perdió.
“Es el mismo caso, pero un juez les fija una fianza de 5 millones de pesos como garantía de pago de daños y lo exhibe, y con nosotros, por triquiñuelas, les imponen 10 mil pesos, pero no los cubren. Y aquella triquiñuela que primero les favoreció, luego se les volvió adversa y lo perdieron”, aclaró.
“A la adjudicación, los que se decían dueños pierden la posesión, pero ellos, mañosamente con jueces aliados, quienes debieron haber resuelto que no había materia de litigio y desechar las peticiones de amparo, pero le dieron cabida, hasta que uno de los magistrados decidió acabar con todo”.
Verdugo Pérez aseguró que, para el sector obrero, el caso ya terminó, pero el tema del ingenio aún no, porque hay 16 hectáreas más por repartirse entre los ejidatarios, los trucheros, ingenieros y muchas personas más a quienes los llamados empresarios pretenden quitarles derechos.
El ex trabajador aseguró que la historia del ingenio azucarero es de claroscuros.
De acuerdo a Verdugo, Benjamín Jhonston lo obtuvo por concesión de 75 años, que a su conclusión lo pasan a Aaron Saénz, estos, en 1977 se lo dieron en dación de pagos al gobierno federal y este cede la administración a Agazucar, pero en el 2010 Elizondo, De la Vega y Puente Pérez retoman la administración y ellos vendieron mil hectáreas, maquinaria, estafaron a clientes y a proveedores de materia prima como a los ejidatarios que sembraban la caña y lo cerraron en el 2014, declarándose en quiebra para eliminar los derechos de los trabajadores, proveedores y clientes. “Esa fue la injusticia, que para los obreros ya terminó”.
En otros ingenios, los obreros lo hicieron cooperativa, pero aquí no hubo visión por la dirigencia sindical. Nadie se avocó a ayudar los trabajadores, concluyó.
Artículo publicado el 23 de marzo de 2025 en la edición 1156 del semanario Ríodoce.







