Crecieron juntos y se querían mucho. Los primos eran más o menos de la camada y jugaban los mismos juegos y compartían amigos y conocían a la novia del otro.
Y cuando todo aquello se quebró y la convivencia se tradujo en enemistad y relaciones de grietas, uno de los primos se encumbró en el mundo del hampa y el otro prefirió esconderse de aquel por temor a que lo relacionaran.
Hijo de capo famoso, de militancia necrófila tanto en la sierra, de donde era originario, como en la ciudad. Sus operaciones, ordenadas por los jefes de entonces, resultaban siempre impecables: su paso por los caminos dejaba indelebles rastros de sangre y muerte.
Un día su padre apareció muerto y nadie supo porqué. Al otro día todos se habían cambiado de bando: sus hijos, algunos parientes cercanos y el ejército de incondicionales y amigos.
Y así como se unieron a la disidencia del cártel dominante, fueron cayendo uno a uno, abatidos.
Aparecieron ensangrentados, mutilados, junto a sus acompañantes. Les pusieron trampas en las que cayeron y ya no abrieron más sus ojos. Era la sentencia del apellido, los amigos, los cercanos e incondicionales.
Y el primo vio a su pariente en la cima, abriéndose paso a punta de fusil automático, torturas y matanzas. Y empezó a alejarse: no vaya a ser que me toque, que me agarren con él, confundido, en la bola, y me maten.
Empezó a negarse cuando sabía que andaba ahí, en la ciudad o el barrio. Aquel entraba con su cuerno de chivo empuñado y la pistola abrazada por el cinto, y el primo salía por otra puerta, saltaba la barda o se escondía en el traspatio.
La abuela les advirtió a las primas: cuando esté su primo aquí, el que anda haciendo una matazón por todos lados, les voy a avisar para que no vengan.
El primo llegaba ahí, a la calle, y el cielo se nublaba y nadie salía de sus casas. La colonia era recorrida por vehículos con gente armada. Podían verse camionetas repletas de jóvenes encuernados, con los ojos disparejos, apurados por trozar cuerpos enemigos.
Así llegaba él, con esa clica de veinte, en camionetas de redilas. Sonriente, alegre por volver al terreno, tan suyo y tan ajeno: iba a buscar a su primo, el amigo, el de la infancia.
Y tan pronto como llegaba a la calle y la sombra aparecía de acera a acera, aquel lo sabía. Saltar la barda, salir corriendo, atravesar la cerca, huir.
En ese rostro de homicida las ojeras crecían desmesuradamente: eran insondables y oscuros orificios que tenían como centro esos ojos que eran tiernos, inocentes y brillaban, y ahora tenían un aspecto opaco y lúgubre.
Estaba siguiendo los pasos de su padre. Su fama crecía y crecía: es un maldito, un sanguinario. Pero también habían quienes lo admiraban: el bato es bragado, se faja, es cabrón.
Y así murió. Junto con el jefe, se tramó a balazos con el Ejército y la Policía. Los sorprendieron en la guarida. Dicen que unos de los guardaespaldas huyeron, pero él y otros se quedaron.
Recibieron a los uniformados sonriéndole al cuerno, escupiendo fuego y asumiendo el color negro: cayeron perforados, desangrados, peleando casi cuerpo a cuerpo.
El primo supo, acá, desde lejos. Le pesó no haber convivido más. Ahora tenía carrera universitaria: licenciatura en lo escurridizo.
Artículo publicado el 02 de marzo de 2025 en la edición 1153 del semanario Ríodoce.







