Debe ser mucha la presión para que venga a Sinaloa y se interne en nuestros montes el mismísimo secretario de la Defensa, Ricardo Trevilla Trejo. Él y Omar García Harfuch, secretario de Seguridad, estuvieron en la Novena Zona Militar y también fueron a Cosalá, donde antes se habían desmantelado algunos laboratorios de metanfetaminas (o habían recogido cacharros abandonados, porque con frecuencia hacen eso, llegan cuando los laboratorios ya fueron abandonados, pero lo presentan como “golpes” al crimen organizado, solo para entregar números alegres).
Pocas veces hemos visto a secretarios de la Defensa en visitas semejantes. En mayo de 2008 el general Guillermo Galván Galván acompañó a Juan Camilo Mouriño, entonces secretario de Gobernación, cuando vinieron a anunciar el Plan Culiacán-Navolato, con la que se pretendía sofocar la guerra que se había desatado al interior del Cártel de Sinaloa (la guerra duró más de cinco años). Y en septiembre de 2016 vino el general Cienfuegos luego de que células del Cártel asesinaron a cinco soldados para rescatar a uno de sus operadores que había sido herido por los soldados en Badiraguato y era trasladado en una ambulancia a Culiacán. Fue una masacre infame. Nunca se enjuició a nadie por ese hecho, pero los jefes de célula que participaron fueron cayendo uno por uno a manos del ejército, en un claro ajuste extrajudicial de cuentas (salvo uno que murió de Covid-19 estando preso).
El gobierno federal está urgido de entregar buenas cuentas al gobierno norteamericano, esa es la razón de la visita. Los aranceles impuestos por el gobierno de Donald Trump a las importaciones del acero y aluminio mexicanos serían un golpe muy duro a la economía mexicana y la manera en que el gobierno está tratando de evitar que se apliquen es convenciendo al presidente de los Estados Unidos que se está combatiendo al crimen organizado y cooperando para frenar la migración. Son los dos temas que Trump ha puesto sobre la mesa.
Por si fuera poco, el presidente prepara una orden ejecutiva para que los cárteles de la droga mexicanos, entre ellos el de Sinaloa, sean clasificados como organizaciones terroristas, lo cual, de acuerdo a las leyes norteamericanas, le allanaría el camino para realizar operaciones en nuestro país contra esos cárteles, una medida extrema pero no descartable si pensáramos como Trump.
Esta clasificación no es inmediata, pasa por otras instancias del gobierno norteamericano y tardaría meses en aprobarse si fuera el caso; y en el gobierno mexicano saben que mientras tanto pueden llevar a cabo acciones que le ayuden a convencerlos de que dicha medida no sea tomada. Ello podría explicar la especial atención que el gobierno federal está poniendo en Sinaloa, en el marco de la guerra entre mayos y chapos y porque somos, además, el centro neurálgico de producción de fentanilo, el opioide que está causando estragos en los consumidores gringos y la razón por la cual el presidente Trump ha radicalizado sus posturas.
Frente a Trump 2.0, más radical y más decidido a cumplir sus compromisos con los republicanos, la guerra entre chapos y mayos parece haberle caído “como anillo al dedo” al gobierno de Claudia Sheinbaum, porque ellos mismos se están desgastando —parece que una de las estrategias del gobierno es dejar que se acaben entre ellos— y enfrentados como están son más fáciles de combatir. El gobierno aparece como un tercero en discordia y desde una posición privilegiada porque tiene información y recursos humanos y de guerra. Mientras Estados Unidos le exige combatir a los cárteles, estos se combaten entre sí y eso le facilita la tarea al gobierno.
Pero en el reverso de esta moneda están dos actores que quedaron atrapados en medio; uno de ellos es el gobierno local totalmente rebasado por el furor de la guerra y el otro es la sociedad que lucha por hacer una vida normal cuando sabe que nada es igual desde septiembre.
Bola y cadena
EN LA GUERRA ESTÁN PERDIENDO mayos y chapos —parece que hasta ahora no lo han visto y piensan ambos que pueden ganarla—, porque además del desgaste que están sufriendo, el gobierno está aprovechando su obligada exposición para asestar golpes certeros, deteniendo a operadores importantes de uno y otro lado, confiscando armas, asegurando casas de seguridad, es decir, golpeando sistemáticamente sus estructuras. Ni uno ni otro grupo puede salir bien librado de este conflicto, que nació en una coyuntura fatal para ambos. No pensaron en el factor Trump y ahora, mientras pelean entre ellos el gobierno mexicano los persigue a muerte porque tiene detrás, como fiera enloquecida, al gobierno gringo. Y en esta ecuación la parte más delgada son ellos. No lo previeron y les está saliendo caro.
Sentido contrario
ESTE NO ES EL MOMENTO TODAVÍA, pero al final los grupos tendrán que negociar, tal vez lo hagan entre ellos o ellos y el gobierno, que implicaría también acuerdos con el gobierno de los Estados Unidos. Nada de esto sería público a menos que se filtre. Los gringos siempre han jugado con el tema. Tienen que hacerlo. Son el mercado más grande de la droga en el mundo y ni Trump ni nadie puede modificar esa condicionante.
Humo negro
EN LA UAS EMPEZARON A CIRCULAR recibos para ser pagados en instituciones bancarias. Fueron entregados a directores de escuelas e invitados a “apoyar a los compañeros” que tienen que pagar 20 millones de pesos que impuso el juez a quienes fueron acusados de corrupción, para liberarlos de cargos. Entre ellos va Héctor Melesio Cuen Díaz, hijo del líder asesinado. Los “voluntarios” depositan dos, tres, cinco, diez mil pesos, se toman la foto y la circulan en grupos de WhatsApp para que quede constancia de su “solidaridad”. Tráguese esa.
Artículo publicado el 16 de febrero de 2025 en la edición 1151 del semanario Ríodoce.






