Ella estaba emocionada porque iban a ir a la morgue. Quería estudiar ciencias del mar, biología marina. De todos modos le iba a tocar algo de eso: abrir seres vivos, destazar, diseccionar, tomar muestras si sufría alguna enfermedad, ponerlo bajo el microscopio y atisbar en los sinuosos misterios de sus tejidos.
Bata blanca, libreta y pluma en mano. Ella palpitaba en esa mirada de adolescente que quiere comerse al mundo de un bocado. Sus amigos se frotaban las manos, comían uñas y mojaban y volvían a mojar sus labios con sus lenguas sudorosas. Todo, afuera del Servicio Médico Forense.
Les dijeron, Viene alguien a recibirlos. Pero ese alguien no se apuraba. Y ella tenía prisa por todo, por vivir, conocer, experimentar, sentir, crecer. Hasta que salió un hombre de barba, cuarentón, cubierto bajo unas antiparras bifocales y un pelo entrecano.
Puf. El golpe fue demoledor. Como un chingazo en la nuca. Olor a muerto, a sangre seca, a vida ida, a enfermedad podrida. Y esa mujer tendida, con la cara volteada y todas sus partes revueltas, como un maniquí convertido en rompecabezas. La habían atropellado esa mañana.
Acaba de llegar, les dijo el médico legista. De todos modos no hubiera sobrevivido: el camión le aplastó una arteria e hizo que se desangrara.
Para entonces unos habían reculado. No soportaron los olores, menos aquella sala de muertos frescos, sangre apenas tibia, pedacería del horror. Vómitos en los pasillos, jóvenes corriendo en busca de una salida y aire fresco. Otros yacían, desmayados. Cayeron fulminados por el rayo de olores corruptores.
Ella permaneció de pie. Trastabilló un poco, dio dos pasos atrás y se recuperó. Volvió a la escena de muerte con la mano tapada y alguien le dio un tapabocas. Se le agrandaron los ojos pero tuvo aliento para captar las enseñanzas de aquel forense.
Esos ojos se le mojaron al parpadear: en la plancha de metal estaba un joven de 23 años que parecía dormido y ella, triste y desilusionada, llegó a visualizar una sonrisa arriba de esa incipiente barba de candado. Se acaba de rasurar, pensó.
Tanta atención en ese cadáver hizo que el especialista le informara. Llegó anoche. Lo hirieron en una colonia, parece que iban por él y le dieron estos balazos. Le enseñó los orificios en el pecho y en uno de los costados. Lo trasladaron al hospital y ahí la llevaba el morro. Pero unos jóvenes entraron a la clínica y le dispararon.
Le pegaron varios tiros y fue uno de ellos, en el lado derecho, el que le trozó una arteria. Y con ese tuvo. Los homicidas se fueron como llegaron. Calmados, caminando despacio, platicando y hasta les pareció a algunos en el hospital que celebraban con sus armas de cañones humeantes.
Ella lo vio. Y lo vio. Se detuvo en ese rostro limpio y moreno. Pestañas largas y rizadas. Lo imaginó con sus ojos abiertos, mirándola. Hasta le sonrió. Quizá la llamó por su nombre. Hasta que el forense la despertó. Ella le dijo, Ay oiga, pobrecito: y con todo respeto, qué guapo estaba.
Artículo publicado el 09 de febrero de 2025 en la edición 1150 del semanario Ríodoce.







