Gobierno, sociedad y narcotráfico

Gobierno, sociedad y narcotráfico

Mucho se dijo, cuando había conflictos al interior del Cártel de Sinaloa, que el hombre que mantenía las cosas más o menos en paz, era Ismael Zambada. Tejía fino en todas las direcciones; al interior del cártel, con sus contactos en México y Sudamérica, con sus relaciones en los Estados Unidos, con la clase política local, que lo veía, y es literal, como un Padrino. Y se decía que, en cuanto faltara se vendría una guerra por el control de sus plazas y el liderazgo. Era cuestión de tiempo y ocurrió.

Pero pocos hubieran imaginado las consecuencias de una guerra por esta razón, su intensidad, la irracionalidad de los actores, el enorme poder que tienen en hombres, dinero y armas. Y mucho menos el impacto que causaría en la sociedad, el miedo que serían capaces de infundir, el arrinconamiento del empresariado, de las familias, de la gente común y corriente que sale a trabajar, a divertirse…

Nunca en un conflicto de esta naturaleza la economía de amplios sectores se había visto tan afectada. Nunca llegamos a pensar que una guerra interna del cártel impactaría, incluso, en la caída del empleo debido al cierre de empresas. Por eso es justo cuando llaman a este fenómeno, narcopandemia, porque tiene efectos similares a los que provocó la llegada del Covid-19.

También era imposible saber que una guerra así provocaría una crisis política como la que está provocando, porque al final de cuentas el primer responsable de garantizar la seguridad de los ciudadanos es el gobierno. Es la primera razón de existir de un Estado y una de las más importantes. Por ello el foco de la protesta, la ira y el hartazgo de la sociedad está puesto en quienes representan hoy ese Estado.

Ya se han hecho marchas contra la violencia desde hace décadas porque el fenómeno es cíclico desde que los grupos del narco, que ahora son verdaderos cárteles, tomaron el control de muchas de las esferas y estructuras sobre las que gira la vida de una sociedad. Los dejaron ser y ahora han pretendido suplantar al propio gobierno; las policías, por ejemplo, no sirven para cuidar a los ciudadanos sino a los narcos; y si nos vamos a las estructuras internas de los gobiernos municipales y el estatal, podríamos encontrar que muchos puestos clave son controlados por las distintas familias del narco.

Se apropiaron de todo. Ellos han impuesto leyes de facto, horarios de venta para los expendios de cerveza, la mercancía que hay que vender muchas veces “pirata”; en el campo controlan para su beneficio los módulos de riego y ponen y quitan síndicos a su antojo porque se meten a los procesos para elegirlos. Todos ellos a su servicio y todo con el visto bueno de los alcaldes y gobernadores del color que sean, también desde hace décadas.

Pero las protestas nunca habían tenido el cariz que tuvo la marcha del jueves. Algunos de sus componentes fueron nuevos; las manifestaciones de dolor e impotencia hasta en los niños, fueron auténticos; también la indignación y la ira que provocaron ese final espontáneo producto del hartazgo, de la desesperación de gente de a pie que no puede vivir con tranquilidad frente a un gobierno (y aquí caben todos los niveles) que ha sido incapaz de contener la violencia, que ha tocado ahora la parte más sensible de las familias: los niños.

Ya habían ocurrido hechos violentos donde algunas de las víctimas resultaron niños, pero el contexto en que ocurrió la muerte de Gael Antonio y Alexander es muy distinto. Una acumulación de todo, de miedo, de impotencia, de cansancio, de coraje y —sobre todo— de desgaste del gobierno ante la crisis de violencia, terminó en un hecho que puede marcar un antes y un después en la historia de Sinaloa.

El gobierno encabezado por Rubén Rocha Moya está obligado a leer bien lo que está ocurriendo y sus consecuencias. No hay espacio ni tiempo para lecturas equivocadas ni para retóricas absurdas que pretenden vender contextos que no existen y que terminan enfureciendo a la gente.

Bola y cadena
LOS PROPIOS NARCOS DEBEN estar haciendo sus lecturas. Una de las cosas que el Mayo Zambada, capo de la vieja escuela, nunca quiso hacer, fue meterse con la sociedad. Lo que hemos estado viviendo en estos meses de guerra es justamente lo contrario. Por eso ya son pocos los que salen de sus casas por la noche, hay poca vida nocturna y los antros se extinguieron casi en su totalidad, las escuelas funcionan al 60-70 por ciento de su matrícula. Es la nueva generación de narcos la que está provocando esto, no tienen escrúpulos, con el agravante de que cuentan con mucho dinero y muchas armas. El gobierno federal les dejó conformar verdaderos ejércitos —sobre todo EPN y AMLO— y ahora todos estamos pagando las consecuencias.

Sentido contrario
TAMPOCO LA SOCIEDAD DIJO NADA, por el contrario, se subió de muchas formas al engañoso carro de la abundancia, el dinero fácil, negocios, grandes y pequeños, bajo la sombra del narco. Las relaciones peligrosas pero lucrativas; padres de familia permisivos con hijos que sabían que andaban chuecos y que han terminado en el asfalto después de prestar sus servicios con un radio y una moto; jóvenes que se creían de acero porque les daban un fusil que apenas podían cargar y que ahora son parte de la estadística de homicidios, levantados y desaparecidos. Y esa es la parte que tenemos que cargarnos como sociedad. De muchas formas también la sociedad ha sido cómplice del narco.

Humo negro
UNA DE LAS EXPRESIONES MÁS auténticas de la marcha del jueves fue “Con los niños no”. Hay impotencia y dolor en ella. No encuentro otro destinatario que los asesinos. Y en eso termina una sociedad abandonada a su suerte: suplicando al matón que no haga lo que el gobierno debiera evitar.

Artículo publicado el 26 de enero de 2025 en la edición 1148 del semanario Ríodoce.

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