En Culiacán estamos tocados por la violencia extrema. Estamos en el quinto mes de una pugna entre Chapitos y Mayos que nunca fue un asunto solo entre ellos. Nunca ha sido así, la violencia siempre arrasa por su paso lo que encuentra, por eso se le compara con un virus, se propaga sorprendentemente rápido y sin distinción. El ataque a la familia Sarmiento la madrugada del domingo 19 de enero es el ejemplo más claro. Aunque se desconoce por completo cómo ocurrió el suceso cuando circulaban por el sector Los Ángeles, lo claro es que fueron atacados a balazos de manera directa y murieron el papá Antonio de Jesús y sus hijos, Alexander de 9 años y Gael Antonio de 12, además resultó herido un primo.
Si el asesinato de una familia de esta manera, si el crimen de dos niños de primaria y secundaria no cimbra a Culiacán, entonces no lo moverá nada.
El acumulado de asesinatos y desapariciones llega a niveles que rebasan en cinco meses el registro de un año entero: Más de 750 crímenes y casi 900 desapariciones, en los cálculos conservadores. A eso debemos sumarle casi 20 vehículos robados por día, en promedio. Infinidad de asaltos. Afectación económica incuantificable. Parálisis de la ciudad. Escuelas sin clases.
Evidentemente la muerte de Alexander y Gael no excluye otros asesinatos de menores de edad en este periodo —la autoridad contabiliza más de 20—, tampoco el asesinato de Antonio de Jesús es distinto a muchas muertes de hombres y mujeres que han quedado atrapadas en un ataque, las personas que han llamado víctimas colaterales, que suena a eufemismo despectivo.
Después del evento Jalemos con la banda, promovido para apoyar a músicos y meseros a finales de noviembre pasado, no se había integrado ninguna otra convocatoria para alguna actividad, menos una movilización abierta y masiva sobre lo que enfrentamos en Culiacán. Jalemos con la banda mostró la genuina preocupación y aglutinó a muchos, pero después todo se apagó de nuevo. Cada quien enfrentando lo suyo, aunque algunos gremios mantengan por separado sus reclamos.
Casi ninguna acción colectiva, hasta la marcha del pasado jueves 23 de enero, que logró un contingente amplio y diverso. Cuatro días después del ataque a la familia Sarmiento. Quiérase o no, la marcha puede marcar una inflexión sobre los sucesos de Culiacán en los últimos cinco meses. Tiene muchos matices pero deben apartarse, porque hay una ira colectiva contenida, que no encuentra salida y tarde o temprano tendrá que estallar.
En Culiacán hay miedo, sí, pero hay enojo —que es decir poco, es más preciso decir un encabronamiento mayúsculo— hay indignación, furia. Ha resultado insuficiente para los culichis soltar la rabia en comentarios de indignación en redes. La furia social no puede ser más contenida. Cada día que se prolonga esta situación vamos perdiendo todos.
Margen de error
(Violencia) Nadie menciona al culpable real de todo lo que pasa en Culiacán. Sabemos que el poder violento del narco es la causa original, pero decir narco es tan vago como decir poder político o poder económico.
No se dicen los nombres y apellidos de quienes se han enfrascado en una pugna que mantiene en el filo del miedo a los culichis. No se menciona desde el gobierno, ni se menciona desde las voces de la sociedad. Y lo que no se nombra no existe. Entonces la furia se descarga en el personaje más visible, y ese es Rocha, el gobernador. En él recae todo, y entonces se le grita y se le amenaza, porque gritarles a los narcos no nos atrevemos, menos señalarles con el dedo o impedirles entrar en los negocios y en las familias. Y desde el gobierno tampoco se les nombra, por la misma razón del miedo. Es otra forma de postración ante los poderosos narcos, que han dado la orden de disparar a lo que se mueva, y por eso asesinaron a la familia en Los Ángeles, por eso emboscaron a los policías frente al Parque 87.
Y el silencio y la falta de atrevimiento se convierte en una frustración ante la evidencia y lo que todos sabemos: nos tienen postrados.
Que esto no se entienda que hay inocencia del poder político de ahora y de antes. Lo hemos dicho siempre, la realidad de Sinaloa la merecemos por las omisiones de todos. Y muchos que se han atrevido a la denuncia lo han pagado muy caro.
El gobierno ha respondido tarde y mal, y desde la responsabilidad social hemos sido permisivos por muchos años.
Primera cita
(Inflexión) Si por fin arribamos a un punto de inflexión, si pasamos la negación, el enfado y la tristeza, y estamos en la etapa de aceptación, es posible que alcancemos un aprendizaje de todo esto. Nada hará que recuperemos a las personas que la violencia nos ha ido arrebatando. Pero ya es insostenible mantener una situación como la de estos cinco meses.
Todos, y el gobierno actual por delante, debemos modificar nuestro pensamiento, el discurso y las acciones. Porque actuar diferente es asumir el problema en su dimensión real, afrontarlo responsablemente. Solo la honestidad podrá alcanzar una empatía con la sociedad de Culiacán, y esa empatía está perdida por completo ahora.
El nivel de violencia está fuera de todo cauce. Alguien diría que desde hace muchos años así está, pero este episodio es especial. Las órdenes de los grupos criminales que encabezan los hijos de Guzmán y el hijo de Zambada son seguir generando la violencia en todos los frentes, incluido el mediático donde atacan también todos los días.
La violencia es desproporcionada, y la respuesta no ha sido de ese nivel. Por eso el hartazgo social (PUNTO).
Artículo publicado el 26 de enero de 2025 en la edición 1148 del semanario Ríodoce.







