Las dos camionetas Van iban repletas de jóvenes que estaban a punto de terminar la carrera universitaria y se dirigían a la sierra a realizar su servicio social con los habitantes de esas zonas entelarañadas por tanto abandono.
Dos horas de camino. La carretera coqueteaba con las llantas: ya se ponía de lado, se volteaba para enseñar el patio trasero, miraba de frente el cofre de los vehículos y se contoneaba entre los altos y longevos árboles y los pinos que ya empezaban a escoltar las faldas de los cerros.
Los muchachos ya cantaban, ya se dejaban inundar por el silencio y el paisaje regado por las incipientes lluvias, ya conversaban y preparaban los proyectos que habrían de llevar a cabo en esos pueblos.
La carretera tenía pocos amigos y menos visitantes. Sabían que ahí, en cualquiera de esas curvas y vados y guiños de chapopote, se instalaban retenes no del Ejército ni de la Policía local o federal, sino de los narcos. Los choferes estaban nerviosos, pero con criterio y experiencia esperaban poder sortear favorablemente a los malandrines.
Delante de un pequeño nido de chinames, en el último tramo fantasmal del recorrido, los alcanzaron cuatro camionetas. Poco a poco los fueron rodeando, sin dejar de detenerse, mientras los de las Van disminuyeron lentamente la velocidad.
Tal como lo hace el Ejército en ciertos operativos, los vehículos de los desconocidos se fueron formando atrás, delante y a los lados de los dos automóviles de los estudiantes, hasta quedar en forma cónica, distribuidos en la carretera. Sin escapatoria.
Aquellos se bajaron. Todos con el respectivo fusil automático AK-47. Uno de ellos ordenó con ademanes que se hicieran a un lado y vigilaran. Ese fue el que se dirigió al que llevaba la Van de adelante: a dónde van, con quién, para qué. El otro le contestó y ustedes son la autoridad o qué.
Nosotros somos narcos, los que mandamos, pendejo. Bájate y diles a todos que mejor se calmen, que no la hagan de pedo. Le apuntó con el fusil a la panza y le dijo que más valía que no fueran policías ni nada del Gobierno. Respondió que eran estudiantes, que iban a unas prácticas.
Revisaron las camionetas y a sus ocupantes. Y qué llevan ahí, en esas cajas. Despensas, señor. Son para la gente de esos pueblos, ya ven que están bien pobres. Ábrelas. Y cuántas traen en total. Treinta. Bueno, déjame quince y váyanse a la chingada y digan que les fue bien.
Las despensas las usaban como forma de pago. Empleaban a jóvenes y mujeres del lugar, porque ya no había hombres adultos, en la siembra y cosecha de mariguana, y a cambio les daban los comestibles hurtados. Así se los explicaron los del lugar, cuando llegaron.
De regreso, los de las Van dieron con otro retén. Eran federales. Les platicaron que cuando iban a los pueblos los asaltaron unos encuernados, que les quitaron despensas y que tenían miedo. Los agentes sonrieron de lado. El comandante les dijo no se preocupen, móchense con doscientos pesos cada uno y los vamos a escoltar.
Y así fue. De todos modos llevaban el cuerpo apretado. Ya no cantaron.
Artículo publicado el 19 de enero de 2025 en la edición 1147 del semanario Ríodoce.







