Malayerba: Ánima de Malverde

Malayerba: Ánima de Malverde

No vio la camioneta hasta que la tenía a medio pelo de distancia. Primero la vio lejos por el retrovisor y en un dos por tres tenía la defensa trasera a centímetros. El pinche espejo me engañó, dijo a gritos. Manejaba una doble rodado con gasavión.

Iba para Zacatecas. Salía de Vallarta. Pero se le pusieron los nervios duros cuando tuvo que frenar de una. Decidió detenerse a la orilla de la carretera. Caminó hacia el monte unos pasos.
Ahí lanzó una plegaria, a su manera. Ánima de Malverde hija de tu chingada madre, Protégeme. Te lo pido por favor, no seas tan hija de la chingada.

Pero llegando a Juchipila se le volvieron a juntar los esfínteres: a pocos kilómetros vio la nube de uniformes verdes de los militares, patrullas de la policía federal y de otras corporaciones. Era un retenón.

Se estacionó en el retén. Quiso disimular y vio la posibilidad de escabullirse cuando encontró a un costado un restaurante. Se metió.

Había pedido un refresco. Para entonces los soldados abonaban a su tensión. Gritaban desde fuera que ese de la doble rodado no se hiciera pendejo. Que saliera. Que si no iban por él. Que lo iban a sacar de la lengua.

Golpeaban los tambos. Y le seguían diciendo que se apurara, que si no se lo iban a chingar. Los oyó divertidos, burlones. Como quién está seguro de atrapar a su presa.

Al fondo del local vio una mesa ocupada por unas personas que platicaban en voz alta.

Las armas estaban a un lado.

De aquí soy, pensó. Ya no le importaba el gasavión por el que lo habían mandado sus jefes. No más que no me detengan. Lanzaba la mirada para un lado y para otro. Se agachó para que no lo reconocieran.

Desesperado, hubiera querido esconderse en ese mismo sombrero que le cubría la testa. Salir por la puerta trasera. Tomar el delantal de la cocinera o la mesera. Hacerla de chofer de camión de pasajeros. O pasar como policía.

Nada se le ocurría. Qué hago. Qué hago. Se asomó más al fondo en busca de conocidos. Y de un arma. Tal vez una salida, un uniforme olvidado. Una coartada.

Entre los que platicaban encontró su salvación. Ahí estaba El cochi y su hermano. Fue él quién le avisó a El cochi de su presencia, pero lo hizo en corto. Volteó sorprendido.

Reaccionó rápido, pocos metros antes de que llegara hasta dónde estaba él con los otros. Se le abalanzó gritando su nombre y con los brazos abiertos. ¡Compa Rubén! Lo apretó con fuerza y le dijo al oído, en voz baja: aquí soy el comandante Martínez, así me conocen.

Comandante Martínez, como ha estado pues. Y qué cuenta. Pos nada. Aquí, parado, con el retén que pusieron ustedes. Pero cómo va a ser eso pues. Ahorita lo arreglamos.

El cochi se asomó a la fila de automóviles en el punto de revisión. Algo les dijo en clave. Luego una seña para que le dieran vía libre, sin esculque ni preguntas.

Dio una orden más: que levantaran todo porque ya se iban. Cambio de planes.

Aprovechó para despedirse de El cochi y su hermano. Ya sin los esfínteres arrugados se animó a pedir un café. Y se dio el lujo de saborearlo ahí afuera, mientras pasaba frente a él el convoy.

Les tocó el turno a los militares que apenas minutos antes le gritaban que lo iban a sacar de la lengua. Lo miraron y se quedaron serios. Ya de cerca le gritaron jefe, jefe.

Pero él no les contestó: sostuvo la mirada fría. Hijos de la chingada. Si no hubiera sido por mi ánima de Malverde, ahorita tuviera tronado el culo.

Artículo publicado el 05 de enero de 2025 en la edición 1145 del semanario Ríodoce.

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