LENNON Y THE BEATLES
The Beatles, el grupo musical más conocido de la historia, el más celebrado y mejor vendido, aceptado por propios y extraños, fanáticos y críticos, músicos y musicólogos, especialistas, académicos, público en general. Nos guste o no. Y no, no están sobrevalorados. ¿O qué escala, qué criterios, qué conjunto de valores asumen quienes descalifican, sumarios y a rajatabla, ya sea para llamar la atención o en un arrobo de pedantería que más acusa impericia en cuanto a historia y música? Porque el gusto no es una categoría estética ni un medidor de impacto o calibrador de obras de arte.
No se puede hablar de John Lennon sin el Cuarteto Fabuloso, salvo que se tratara de sus primeras dos décadas de vida. Aunque a él mismo no le agradara la idea de la indisolubilidad del combo Lennon-Beatles (yo y los otros), es claro que por más momentos memorables de su discografía solista, es imposible negar que muchas de sus mejores composiciones y grabaciones pertenecen a la década de los sesenta. Si bien, Imagine es tanto o más conocida que Hey Jude, Get Back o Let it Be (maccartnianas, por cierto) y más que All You Need is Love y A Day in the Life no puede decirse que el LP homónimo, de 1971, o Double Fantasy, del 80, gocen de más prestigio y sesudos análisis u horas de escucha que Sgt. Pepper’s Lonely Heart Club Band (1967), Abbey Road (1969) o Revolver (1966).
Por otra parte, si de fechas hablamos, el 8 de diciembre es tal vez la más recordada del calendario Beatle. Por su parte, el 6 de julio de 1957 es un momento fundacional: cuando John conoció a Paul en la Woolton Church Parish Fete, donde está enterrado el tío George y donde habría de presentarse con su grupo de adolescentes, The Quarrymen. El principio de la Beatlemanía. Al final, las grandes obras de la humanidad, ya sea la Comedia o el Fausto, son manifestaciones del espíritu de los pueblos en un tiempo; si no eran Dante y Goethe, debieron ser otros; la cultura y los arquetipos que subyacen en ella, las tensiones dialécticas de las sociedades impelerían a emerger tarde o temprano, como revela Carl Jung. Una obra como el Sargent Pepper’s y el consecuente cambio de curso de la música popular, eran inevitables.
LENNON Y SUS CIRCUNTANCIAS
Evocando a Ortega y Gasset, podemos decir que John Lennon fue él y sus circunstancias, un yo en conflicto, aquejado por la genialidad, el temperamento no precisamente pacífico y notas biográficas de principio que determinaron el curso de sus relaciones con el mundo (aquí cabe recordar que infancia es destino, como precisó el psicoanalista Santiago Ramírez Sandoval). Por supuesto que John no sólo es Julia Stanley y Alfred Lennon, ni los tíos Mimí y George Smith. No sólo es el hijo de una madre con la que no creció, atropellada por una bicicleta cuando él tenía 17 años, como tampoco fue educado por su padre que intentó llevárselo a los cinco años, no sin antes colocarlo en la disyuntiva de elegir entre él y su madre. El azar, la propia voluntad, las coincidencias, las influencias de otros, y el propio vaivén de la historia fueron modificando la dirección de sus pasos en ese largo y sinuoso camino que fue su vida, como la vida de todos. Y lo digo pensando en una canción de Paul, su Eros y Némesis entre los veinte y treinta años. Justo, hablar de Lennon es hablar de un hombre de su época. Por supuesto que tampoco es justo decir que John fue sólo The Beatles o Yoko, Sean y Julian; ni Cinthia Powell, Brian Epstein, George Martin, Elton John, Harry Nilson o Ringo Starr, Phil Spector ni Mark David Chapman. No es sólo la familia, los mentores, los amigos ni los ángeles del exterminio. El yo de Lennon fue para sí, en el mundo, entre lo inconsciente y la cultura; y fue en sí, John, John O’cean, Winston O’ Boogie y por asunción, fue John Ono Lennon: “I just believe in me, Yoko and me”.
“YOKO AND ME”
A propósito: es un lugar común —y muy burdo—, decir que Yoko Ono separó a la banda más famosa de Liverpool. Ya en noviembre de 1969, Macca anunció la disolución en la revista Life. (Mucho abonó al descontento de todos el trabajo de producción y la presencia de Phil Spector, tan responsable como Yoko por ello). El 10 de abril de 1970, los diarios anunciaron su salida del grupo y fue el primero en lanzar su primer disco en solitario. En esos meses, Paul se vio en la necesidad de demandar para disolver el negocio de sociedad del grupo, para preservar los derechos sobre su propia música, del poder del mánager Allan Klein —quien no lo respetó durante la producción de Let it Be—, acusado, por cierto, de malos manejos, además de incitar a John contra Paul. Tenemos ahora un candidato más apto a ser “responsable” de la ruptura, si a fuerzas quieren un chivo expiatorio. Y si agregamos a la ecuación del truene millones de libras de por medio y un Harrison cuyas canciones se acumulaban como cachivaches cuando varias de ellas no le piden nada a las mejor logradas de sus compañeros y que terminaron conformando su impecable disco debut —triple—, el de los “duendecitos”. Simplemente, el sueño había terminado.
LENNON Y YO
¿Qué discos o qué canciones del repertorio de Lennon elegiría primero?
Plastic Ono Band, de 1970. El primero como tal, no experimental. Luego de acudir a la terapia primal con Arthur Janov, de gritos catárticos, compuso esta obra, disco descarnado y hermoso, doloroso y esperanzador, con temas tan personales, íntimos (My Mummy’s Dead, Isolation) algunos de alcance filosófico y con sentido de crítica, como God y Working Class Hero.
Double Fantasy, de 1980. El último, el póstumo. Obra gozosa, celebratoria, de un exbeatle en plenitud y dominio de su imperio: el rock clásico. Un disco mano a mano, cerebro a cerebro, corazón a corazón con Yoko. Muchos grababan en casette solo las canciones de John, pero las de Yoko, al paso de cuatro décadas, resultan frescas y atractivas, como tanto de la New Wave, muy pendiente de las vibraciones de esa época. Después de un lustro sancionado, de hornear pan y cuidar a su retoño, nacido el día de su trigésimo quinto cumpleaños (09 de octubre de 1975), Lennon nos regala I’m Losing You, Watching the Wheels, Woman y Just Like Starting Over.
Para muchos críticos, Rock and Roll (1975), disco de versiones de clásicas de los 50, es el gran legado de Lennon. Por Stand by Me, coincido. No obstante, quiero hacer mención especial de Sometimes in New York City (1972) y Mind Games (1973), grabaciones que han venido siendo olvidadas y sólo citadas como todos los otros discos de los exbeatles. Pero en el primero se encuentran Woman is the Nigger of the World, Cold Turkey, para reflexionar el problema de la violencia contra la mujer y la esclavitud de la adicción; y en el otro Aisumasen y Out of blue, algunas de las canciones más bellas que compuso. A propósito de baladas memorables en el LP Imagine podemos escuchar Jealous Guy y Oh my Love, sendos himnos al amor.
Artículo publicado el 15 de diciembre de 2024 en la edición 7 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.






