La yegua diabólica

La yegua diabólica

Joaquín Leyva

Habíamos salido a Navolato para ofrecer en ese municipio una función más de la obra El oro de la revolución mexicana de Óscar Liera. En el atardecer, los últimos rayos del sol se despedían sin alcanzar a secar los grandes lodazales que se habían formado con el agua regada sobre la tierra muerta para evitar así las grandes polvaredas que se levantan con el trotar de los caballos a la hora de iniciar con la función.

Unos cuantos hombres afinaban los últimos detalles del escenario en el que nos presentaríamos supuestamente en punto de las siete de la noche. Todo estaba en su justo sitio, después de remover los objetos una y otra vez. Ahora sólo quedaba esperar que el público y la banda contratada para esa noche, hicieran su aparición triunfal para empezar la función.

Extrañamos esa ausencia recordando las multitudes reunidas en Quilá y Eldorado recientemente, donde el pueblo abarrotó las gradas con mucha anticipación. Sin embargo, poco a poco, como mochomos cansados, comenzaron a acercarse algunas personas que se habían enterado del evento.

Las notas musicales de El pariente se dejaron escuchar impregnadas de un peculiar olor ambarino —salido de las bocas de los músicos— marcando con ello el principio de la representación a cargo del TATUAS. La risa de los espectadores acompañó el espectáculo porque la carreta, caballos, soldados, jinetes, antorcha, cohetes, y tambora, le daban un atractivo muy particular al montaje. Y todo hubiera seguido muy bien hasta ahí, si no fuera por la canija yegua diabólica que apareció intempestivamente en el escenario, pegándonos un susto de los mil demonios a todos los integrantes del elenco y público ahí presente aquella noche aciaga.

Después de la escena en que Don Diego Redo aparece a bordo del carruaje agradeciendo el apoyo popular a su candidatura, el jinete que la conducía, ató a la yegua —que para acabarla de amolar estaba preñada— a una de las cercas de alambre que se encontraba a un extremo del templete. Y ahí se quedó inmovilizada y obligada a tragarse las escenas “fuertes” en las que el pueblo enardecido, antorcha en mano, se lanzaba a la Revolución entre estrépitos, aullidos de júbilo y la no muy grata explosión —para la bestia— de varios cohetones chanateros que terminaron por “ciscarla” y ponerla “histérica”.

De manera súbita y violenta, encabritada, la yegua rompió los amarradijos que la unían a la cerca y ésta salió en estampida con los ojos desorbitados y tirando coces por doquier directamente a donde se encontraban los técnicos de iluminación. Cuando éstos la vieron venir dando tumbos y cabriolas hacia ellos y con la carreta a cuestas, sumieron la panza y se hicieron chiquitos tras el tronco de un árbol cercano y sólo vieron pasar una gran nube de polvo frente a sus narices.

Mientras tanto, los actores habíamos “congelado “la acción estupefactos por lo grueso del asunto, dibujando tan sólo unas leves sonrisitas nerviosas, mezcla de asombro y miedo. Pasarían sólo unos cuantos segundos, para que la bestia emprendiera el regreso y embestir a un grupo de personas que permanecían sentados sobre un largo borde de tierra, porque no habían alcanzado lugar en las graderías.

Las imágenes para ese entonces, eran grotescas, perturbadoras. Parecería que el mismo diablo hubiera surgido de esa loma, en la que ellos se encontraban sentados queriéndolos asir para llevárselos a los avernos. Los aullidos eran más que elocuentes y cada uno escapó de las coces del maldito animal endemoniado, que en un violento viraje estrellaba sus ímpetus contra un muro de pacas que hacía las veces de camerino y donde las actrices efectuaban su cambio de vestuario para pasar de simples Adelitas patas rajadas, a damas emperifolladas de la alta sociedad burguesa en un santiamén.

Cuando la “calma” retornó, un zumbido de murmullos y risitas se dejó escuchar entre los actores y el público: “La nana” —Martha Salazar— salía debajo de las tarimas batallando sobremanera con las estructuras metálicas que sostenían el templete, mientras que yo la observaba todavía un poco atolondrado, hasta que al fin acaté ir ayudarla. Martha se fue irguiendo poco a poco entre una salva de aplausos. Mientras que, con una amplia sonrisa de oreja a oreja, sólo acertó decir: “vaya, que inteligente soy, ¿verdad?”

Artículo publicado el 17 de noviembre de 2024 en la edición 1138 del semanario Ríodoce.

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