Eduardo Antonio Parra
Es posible imaginarlo, en esos días, sentado en cualquier cantina —quizá la misma en donde su ángel de la guarda tuvo que dejar las alas empeñadas para que lo dejaran ir—, solo, algo bebido ya, contemplando una copa de tequila que sin duda sería la más amarga, mientras sus dos principales vocaciones colisionaban en su interior. ¿Escritor o comunista? ¿Luchador social o creador de retratos nada complacientes de la realidad mexicana?
Era mediados de 1950. En ese tiempo aún no llevaba la barba de chivo que lo caracterizó durante sus últimos años, pero sí los anteojos de pasta gruesa que en esos instantes debieron lucir empañados por las lágrimas apenas contenidas, a causa de las críticas de sus camaradas comunistas a su novela Los días terrenales y a la puesta en escena de su drama El cuadrante de la soledad.
Que con esas obras les hacía el juego a los enemigos ideológicos del marxismo, decían. Que atacaba a los líderes y denigraba al proletariado. Que se apoyaba en la filosofía existencialista, decadente y burguesa. Que traicionaba sus ideales y había perdido su fe en el ser humano, ese “hombre nuevo” que pregonaba la doctrina. Que había abandonado el realismo socialista como estética y, por lo tanto, su calidad de hombre y revolucionario.
Un año antes, al publicarse Los días terrenales, ya el poeta Pablo Neruda, durante el Congreso de la Paz celebrado en México, había “desconocido” a Revueltas, alegando que la novela “era una dolorosa decepción”, y que en ella “se estanca el veneno de una época pasada, con un misticismo destructor que conduce a la nada y a la muerte”.
¿Qué hacer?, cavilaba el novelista mirando su copa. ¿Inclinarse hacia su lado literario? Acaso repasaba las notas de los críticos no marxistas, quienes exaltaban su novela como la más perfecta y acabada de las publicadas por él hasta entonces, o recordaba la sala de butacas durante el montaje de El cuadrante de la soledad, que estaba a punto de alcanzar cien representaciones con teatro lleno. ¿O reflexionaba en su vocación política y ese espíritu de lucha que lo hizo ingresar en el Partido Comunista Mexicano a la edad de quince? Él había salido del partido siete años antes, en 1943, tras criticar a su dirigencia, pero el espíritu seguía ardiendo en su interior. Conocedor a fondo de la gran literatura rusa, quizá recordaba el dilema de Gogol, quien, tras el éxito de Almas muertas recuperó su vena religiosa y, orillado por su confesor, se negó a publicar la secuela de su obra, y terminó por destruirla antes de volver a ofender con ella a Dios.
Porque José Revueltas era materialista, pero contaba con una religiosidad vehemente, producto de sus primeras lecturas, cuando de niño se sumergió en las Vidas de Santos y, al descubrir la miseria de la gente de la mano de su nana que lo llevaba a pasear por la colonia Doctores de la Ciudad de México, decidió desde muy temprano sacrificar su vida en la lucha por los débiles y los desposeídos. Como los monjes de otra época, que sus camaradas lo consideraran traidor no sólo representaba una afrenta, sino también una condena a la soledad, al ostracismo: Revueltas reconocía a los comunistas como su familia.
Y cedió. En tanto sentía cómo un inmenso hueco se abría en su estómago, se decantó esa noche por sus camaradas. Sacó papel y lápiz y, antes de beber esa copa, comenzó a escribir las ideas que plasmaría en la carta abierta donde reconocería sus culpas, donde les daría razón a los críticos del partido, donde incluso realizaría un acto de contrición, de “rectificación”, admitiendo que sus obras eran “tributarias de los principios nihilistas de la filosofía existencial”, para después —caso insólito en la literatura mexicana— pedir a su editor que retirara Los días terrenales de las librerías, y suspender para siempre las representaciones de El cuadrante de la soledad.
Sólo entonces paladeó la amargura del trago que lo esperaba sobre la mesa. Tras claudicar de su vocación de escritor artístico, con el fin de volver a ser admitido entre sus camaradas. ¿Por qué lo hizo? Tal vez para seguir sintiéndose parte de algo más grande, algo que lo impulsaba a continuar la lucha. Por lo menos en esos instantes, en esos años.
Lo que Revueltas no podía adivinar mientras el licor ácido resbalaba por su garganta, es que ese no sería el trago más amargo que le tocaría beber, pues ni su lucha a favor de los oprimidos, ni su lucha personal con los líderes comunistas había terminado: unos años más tarde sería readmitido en el partido, tan sólo para volver a ser expulsado poco tiempo después, de nuevo por criticar las actitudes dogmáticas e inquisitoriales de los dirigentes. Más tarde sería el fundador de la Liga Comunista Espartaco, de la que también lo expulsarían los demás miembros, por ser demasiado crítico con quienes ocupaban la dirigencia.
Él era un novelista, plasmador absoluto de la realidad y de sus contradicciones, y esa vocación tal vez oculta en su instante de claudicación era más fuerte en él que cualquier otra. Lo demostró catorce años después, con la publicación de su novela Los errores, que desató nuevas críticas al interior del partido, cuando ya no formaba parte de él.
Pero, por lo pronto, tanto los embates en su contra como el hecho de retirar del alcance del público las dos obras puestas en la picota, mermaron su confianza como creador, y dedicó los años posteriores a escribir novelas menores, que no ofendieran a sus camaradas —En algún valle de lágrimas y Los motivos de Caín—, a reflexionar sobre el partido, la estética marxista y la situación del proletariado mexicano.
Sólo durante los últimos lustros de su vida, con Los errores y El apando, con su apoyo al Movimiento Estudiantil de 1968, José Revueltas volvió a conjugar con libertad sus dos grandes vocaciones, dejando atrás las crisis de consciencia, la amargura de los tragos, y las dudas sobre su verdadero valor como novelista.
Artículo publicado el 17 de noviembre de 2024 en el suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.







