Todo lo grande le gustaba. Por eso no iba a la capilla de Malverde. Prefería el templo de La Lomita. Y por la misma razón escogió a Gladis, que era mayor que él siete años, y ese carro que por fin se iba a comprar.
A sus dieciocho se sentía un hombrón: se crecía cuando le decían Riqui Martin, por su parecido con el cantante, que no era de su agrado, pero sí la comparación y la implícita ratificación de su atractivo visual.
Hombre realizado. Billetes en el banco y en los bolsillos, una novia que decía que lo amaba y le pedía que no la cambiara por otra, y ese carro del año que estaba a punto de comprarse con los “jales” que se había aventado. Qué chingón soy, se repetía.
No dejaba de agradecerle a su novia haberlo metido en el negocio. Y que le haya presentado a su tío. Dejó la prepa y sintió el miedo de verse detenido por los federales o los soldados, en medio de la carretera. Pero no se rajó.
Varios meses de trabajo. Estaba acostumbrándose a la adrenalina, que no sólo no lo dejaba en paz sino que iba en aumento, y a los billetes que incrementaban su cuenta bancaria.
No olvidaba aquella expresión. Le taladraba la cabeza y le permitía ahondar la respiración: tú no te preocupes, nada te va a pasar, y si así fuera nosotros te vamos a cuidar.
Y a la primera oportunidad todo se le vino abajo. El Federal de Caminos le hizo señas al tío de su novia, que era el conductor del trailer. Primero el corazón saltó con fuerza. Sintió correr una gota de sudor por su frente.
Se calmó pronto. Recordó que él personalmente había revisado que bajaran la mercancía en la frontera. Habían sido tres mil kilos de mariguana. De ellos nada quedó en la caja.
Detrás del federal venía un camión lleno de guachos. Y eso le soltó otros hilos de sudor. Eran cien quilos. Estaba oculta en donde va la llanta extra. Cuando lo esposaban junto al chofer se dio ánimos. Es una pendejada. Pronto pasará. Ellos dijeron que me iban a cuidar, a ayudar. Que no me dejarían solo.
Estaba fuera del estado. A 200 kilómetros de su casa la vida es más pesada. Y si estás en la cárcel es peor que el infierno. Diez años le dio el juez por transportar droga. El tío de su novia salió pronto. Nunca entendió por qué.
Supo de Gladis cuando le llegó el rumor de que estaba embarazada. Habían pasado un par de años. Que el tipo con el que había andado había vuelto por ella. Que con él se iría quién sabe a dónde.
Pero ella nunca fue a visitarlo. Tampoco supo del fin que tuvieron sus ahorros: los billetes, el carro, ella y lo chingón que se sentía tenerlo todo se fueron con su encierro.
De veintisiete volvió a su casa. Regresó a la prepa, en un intento por rehacer su vida, que ahora le parecía chiquita y endeble. Con diez años y esa amargura que dan los barrotes no quedó nada en él que hiciera que lo llamaran Riqui Martin. Ni siquiera Cristian Castro.
Todo en su barrio era igual, menos él. No eran esos años en la cárcel: era la soledad, el abandono y la nostalgia. Le llegaba ese rostro y las promesas de que no amaría a nadie más. Esa mujer que lo había convertido en un hombre ya no estaba.
Ahora su vida pendía de ese salario mínimo y de la prepa. La esperanza de una vida mejor se empequeñeció junto con todo lo demás. Ya nada era grande en sus días, solo Gladis y ese terco recuerdo.
Artículo publicado el 15 de septiembre de 2024 en la edición 1129 del semanario Ríodoce.







