Uno.
Son apenas las 8 de la noche del miércoles 17 de julio. Podría ser cualquier otro día del receso escolar de verano. Niños a toda velocidad en bicicletas, persiguiéndose por la calle medio iluminada con zonas oscuras en los árboles del parque ralo. Mamás jaloneando a niños, que apenas caminan, para que no intenten perseguir a los hermanos en el juego. Ruidajo de televisiones sale por las ventanas, voces altas pasan el aire. Es el barrio de los Fovissstes y Stase en Culiacán, una zona habitacional que nació con maestros y burócratas que habitaban la expansión de la capital de Sinaloa. Son nietos de aquellos maestros, o nuevos pobladores.
Los niños de las bicis se sienten los dueños de la calle. Eso sienten, y está bien que así piensen mientras la recorren. Dos carros con las luces apagadas permanecen estacionados de reversa en la oscuridad que dan los árboles, llega una tercera camioneta de la que bajan dos jóvenes con chalecos antibalas, rifle y pistola al cinto. Descienden con calma, sin tapujos ni alharaca, apenas unos 10 años más grandes que los niños de las bicis. La camioneta encendida, la puerta trasera abierta. Son el círculo siguiente a los punteros desbocados, casi niños a velocidad endemoniada en las motocicletas persiguiendo policías, marinos y convoyes militares. Unos y otros también se creen los dueños de la calle. Eso sienten, y quizá ellos sí lo sean.
Los niños de las bicis les pasan por un lado, los ignoran, no cruzan miradas. Los niños siguen con sus gritos y la persecución en bicicleta, los jovencitos de chaleco y rifles siguen con el juego.
Dos.
Mismo miércoles 17 de julio, 10:30 de la noche. Una patrulla de militares maniobra en el estacionamiento frontal de un Oxxo por el Malecón nuevo, todo iluminado. Son los clientes solitarios de una noche cualquiera en Culiacán. Buscan dos artículos indispensables para sobrevivir los rondines nocturnos: cafeína y tabaco.
Meten en reversa dos Hummer, y una camioneta la estacionan a distancia. Se despliegan, bajan con chalecos antibalas camuflados, un rifle en las manos y una pistola al cinto. Dan las buenas noches, miran a todos lados. Muy seguro ninguno es de Culiacán, apenas la conocen por sus mapas, sus mitos y mitotes, y porque llegaron en comisión hace algunas semanas. Traen una banda del Plan DN-III, aunque todos sepamos que no están atendiendo a la sociedad civil por un desastre natural. O quizá sí, hay un desastre natural que inunda y provoca temblores.
Llega un chico en bici buscando un suero para el calor. Un poco más grande que los chicos de la Fovissste, de la edad de un puntero. Se ha quedado ponchado en una rodada a Imala, suda, ignora y lo ignoran. Cada quien en lo suyo.
Margen de error
(2010) Un salto casi quince años atrás. En 2010 Culiacán estaba en boca de todos. La guerra contra el narco de Felipe Calderón había desperdigado la violencia por todo el país. Más en aquellos sitios que ya de por sí la tenían a pie de calle.
Los reporteros de aquellos años no fuimos a la guerra, fue la guerra quien vino a nosotros. En 2010 los asesinatos llegaron en Sinaloa a un nivel de seis crímenes diarios en promedio anual. La historia iba más rápido que la posibilidad de contarla. El registro ha quedado en muchos lados, ese episodio que fue poblando de cenotafios las calles de la capital.
Centenares de reporteros del mundo pusieron los ojos aquí. Escribiendo las historias desde el infierno, desde Culiacán, el lugar equivocado, como tituló la reportera Magali Tercero su crónica abarcadora, aun cuando llena de lugares comunes y sin novedad para un local. Da voz a muchos de quienes por tres lustros llevan enfrentando la guerra desde sus trincheras: investigadores, economistas, periodistas, empresarios.
También se puede rescatar de ese mismo 2010 Periodismo en la cueva del lobo, de Alejandro Almazán y el día a día del semanario Ríodoce (perdón por la tristeza). Almazán va al detalle de cuidar cada palabra: “Él, como director, no puede dejar que vaya una palabra de más, una de menos. Aquí en Sinaloa eso significa la vida o la muerte, día o noche, principio o fin, su vida o la tuya.”
Primera cita
(1976) Un salto casi cincuenta años atrás. Froylán Enciso escribió un texto cuyo título intenta despejar dudas de una violencia enquistada: “El año más violento en la historia de Culiacán”. Se refiere a 1976, justo cuando se emprendía otra guerra contra las drogas, la Operación Cóndor, comandada por el Ejército Mexicano que buscaba erradicar cultivos de enervantes en el triángulo dorado.
Enciso escribe muchísimos años después en la guerra de Calderón, pero retoma el Culiacán en plena guerra —la del presidente López Portillo— con las crónicas de aquel entonces y los textos de otros reporteros que también vinieron a Culiacán a constatar lo que el propio jefe de la policía de la capital de Sinaloa ubicaba: “Estamos al borde del infierno.”
Según Froylán Enciso en 1976, en un Culiacán con una cuarta parte de habitantes del actual —unos 250 mil—, hubo 543 asesinatos relacionados con el narcotráfico. El negocio del narco se expandía, aumentaban las ganancias, la competencia por ese negocio se resolvía a punta de balas, y el escenario se militarizaba… suena familiar, suena todo exactamente igual a hoy, también a 2010 hace casi 15 años.
Las armas seguían la ruta inversa de las drogas. Iba mariguana y opio, volvían cuernos de chivo, M16, R-15, Browning.
En medio de esa cacería de ejércitos en las calles de Culiacán, los muertos aumentaban y el general José Ernesto Hernández Toledo, cabeza de la operación Cóndor, acuñaría para la posteridad: “…en cuatro meses el narcotráfico estará reducido a lo ínfimo.”
Mirilla
(Tiempo) Los dos episodios culichis son tres periodos de la ciudad. Tres fotografías, tres momentos en el tiempo.
La actualidad, con una ciudad vigilada por unos y otros. Un Culiacán rudo, amenazante. Y el inicio de dos guerras, la de 2010 y la de 1976, ambas dejaron sus propias secuelas, que aún hoy son visibles en todos lados (PUNTO).
Artículo publicado el 21 de julio de 2024 en la edición número 1121 del semanario Ríodoce.






