Matar al maestro

Matar al maestro

El tamaño de Claudia Sheinbaum como presidenta de México dependerá en qué momento decide matar al maestro. El deslinde, terso o abrupto, tendrá que llegar en un momento justo, ni antes ni después. Si es que llega, porque bien podría optar por mantener con vida a su maestro.

En las artes —y la política es un arte, más que ciencia—, el alumno destacado tiene un camino propio. La propuesta pictórica o literaria solo puede convertirse en particular estilo, en un autor pues, cuando se deslinda de su maestro después de devorarlo por completo. A nadie nos gusta un Borgesito, un Cortazarito, tal como nadie quisiera una Pejecita, una AMLA.

Para estos casos se cita un diálogo de una película del italiano Paolo Pasolini de los años 60, Pajaritos y Pajarracos. Ahí un cuervo marxista aconseja: “A los maestros hay que comerlos en salsa picante, para digerir mejor su sabiduría y fuerza”. Más aún: al matar al maestro hay que destazarlo en canal, abrirlo por completo y comer sus vísceras, un chancho a la vuelta y vuelta, ponerle salsa y terminar con él.

Guste o no, Claudia Sheinbaum es la alumna dilecta del presidente López Obrador. Intelectualmente no, pero políticamente es hechura de él. Cuando se abreva de un maestro se bebe todo, lo bueno y lo malo.
Estos tres meses y medio restantes, el tiempo de la transición con dos presidentes, la electa y quien está en funciones, serán decisivos para marcar la pauta del inicio del nuevo gobierno.

Está en marcha el episodio uno: la reforma al poder judicial. López Obrador ha puesto el acelerador para que, en un mes, apenas iniciando el nuevo Congreso con la mayoría calificada de diputados y, pensando que transitarán en el Senado aunque les falten dos o tres escaños, se aprueben esa y quizás otras reformas constitucionales planteadas en la fase final del mandato de AMLO.

Sheinbaum por ahora mantiene la misma posición del presidente, no ha dicho que le falte o le sobre una coma. Quienes estarán como líderes de la mayoría en las cámaras tampoco serán un obstáculo, es una propuesta del líder y son momentos en que no hay espacios para disentir. Como ha dicho Claudia, no es nada nuevo porque estaba entre nuestras propuestas de campaña, y en las plazas y en las urnas se dio el aval, considera la presidenta electa.

No se visualiza entonces que en este periodo de la transición Claudia Sheinbaum esté preparando matar al maestro. Si lo hace tendrá que ser en una coyuntura distinta. Al fin y al cabo, ella misma sabe que estar cerca del maestro presidente es lo sensato por ahora. Lo redituable. No tiene que demostrar nada, ganó con amplio margen y en mucho fue por estar respaldada por López Obrador —más allá de su apoyo evidente en las mañaneras o por la vía de los Servidores de la Nación. No necesita legitimarse, puede transitar junto a AMLO mientras se va a La Chingada, como ha prometido que hará.

Margen de error

(Sobres) Pero el ejercicio del poder es tomar decisiones, enfrentar situaciones que se vuelven problemas, proponer soluciones que afectan intereses, y es cuando se presenta la primera crisis. Enfrascada en ella, es cuando suele decirse que quien llega al cargo necesita abrir el primer sobre que le deja en el cajón el antecesor: échale la culpa al que se fue, es la sentencia lacónica que contiene.

Claudia Sheinbaum difícilmente podrá atender esa sugerencia, significaría que el gobierno con el que ella colaboró y avaló como proyecto, tomó decisiones equivocadas.

Y es que Sheinbaum está obligada a marcar distancia rápidamente de López Obrador. Más allá de que el primer argumento opositor —que se repetía desde mucho antes— es que un hombre de poder como AMLO no se retirará a ningún lado y será el poder tras el trono, o como algunos caricaturistas han dibujado, será el titiritero. Sobre todo, porque necesita imprimirle al ejercicio del poder y del gobierno el estilo de su presidencia. Ese estilo producto de haberse comido en salsa picante a López Obrador.

Lo ha intentado sutilmente hasta ahora. Presentándose como una científica que toma decisiones con base a datos y certezas, no como se acusa a AMLO de hacerlo por mero instinto o con “otros datos”. Pero eso no bastará.

Primera cita

(Caminar) Un gobierno, una gestión pública, va marcando derroteros desde sus mismas bases. Con los nombres de los acompañantes, con las batallas que enfrente. Y con algo sumamente importante en este caso, el lenguaje.

El maestro de Claudia, a pesar de hablar por tramos y con largos silencios, es ante todo un experto de la comunicación. Habla por horas y logra conectar, encender, enfurecer, proyectar, y marcar la agenda pública desde hace años.

Es la boca de López Obrador, más incluso que sus acciones, lo que ha llevado a contrapuntear a los bandos del poder. Porque a diferencia de otros presidentes, este elige y pone nombre a sus adversarios. Los expone y los califica.

Claudia Sheinbaum tendrá que inventar otro mecanismo distinto a la mañanera. Una presidenta nada parlanchina, sobria, sin ese exceso de palabras que ha caracterizado a este presidente.

Hace unos 10 años un hombre se planteó caminar por el mundo, le llevó una década el recorrido de 17 mil kilómetros. Paul Salopek sabe lo que es ir a pie: “Cada paso que damos es una caída detenida, un colapso que se evitó, un desastre frenado.” A partir de ahora, Claudia no puede dar un paso en falso (PUNTO).

Artículo publicado el 16 de junio de 2024 en la edición 1116 del semanario Ríodoce.

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