martes, diciembre 6, 2022
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  • Dias de Impunidad

Malayerba: Aquí de malandrín

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Qué le voy a hacer, compa: soy un malandrín. Así, nada más. Y qué, y qué. Era su escaparate para salir al paso de críticas sobre sus conductas violentas y su manera de hacerle el amor a los gatillos.

Así irrumpió esa tarde en la mediana oscuridad de la calle. Inició el aquelarre en el malecón nuevo. Ahí se hizo de palabras con otros fulanos. Camioneta contra camioneta. Ambas de lujo. Dos ocupantes allá y él en aquella silverado roja, vidrios oscuros y rines de lujo.

Señas obscenas. Los dedos erguidos en respuesta mutua. Mentadas con sonidos de claxon. Luego cerrones y acelerones. Luces altas en caso de quedarse atrás. Para intimidar, acelerador a todo lo que da.

Y al llegar a la chapule, viró hacia el bulevar Pedro María Anaya. De ahí hasta su calle. Antes de su llegada lo único que pasaba ahí era la puesta de sol y ese claroscuro rojizo, anaranjada, que envuelven a la ciudad.

Primero asomó su camionetón, como él la había bautizado. Y casi pegado a su mofle la camioneta con los tipos que lo perseguían. Rugieron los motores y la calle fue otra antes de que se juntaran de nuevo los párpados.

Desde ahí activó el portón de su cochera. Lento y silencioso, fue subiendo su nivel y descubriendo las entrañas de su cochera. Pero no alcanzó a entrar por completo y la unidad quedó con medio cuerpo de fuera.

El otro fue lento pero certero: abrió las piernas para urgar con la mano bajo su asiento y asomó al cristal delantero las maniobras: metió el cargador con 15 tiros, eliminó el seguro y cortó cartucho. Su compañero se quedó tieso, como ido.

Bajó y se instaló a un lado de la camioneta. Abrió sus piernas. Alzó el brazo en cuyo final empuñaba el arma. Parecía ensayar lo ya ensayado. Casi un duelo del oeste en la chapule. Asumió poses y jaló sin dejar de mirar.

Y el vecino se bajó cayéndose. Accidentado y torpe se agachó del otro lado de la carrocería. Casi a gatas se metió a la sala. Las balas le hablaban al oído, le recordaban los bucles en ese pelo travieso, y tiroleaban la fachada.

Salió como queriendo cantar victoria. Un cuerno de fabricación soviética apuntaba a su oponente, que no abandonaba el porte de tirador profesional. Tiró una, dos veces. El cartucho se atoró. Luego volvió a percutir. Luego volvió a atorarse.

Estaba ya más preocupado por su cuerno que por no recibir las balas que le rozaban la existencia. Ahí, parado, en señal de reto, peleando con el fusil, recibió el primero. Herida en el pecho, lado derecho. Sangre.

Se detuvo ahí y dejaron de buscarlo las balas. El otro lo miró, nada más. Subió de nuevo, con parsimonia. Y se marchó igual, sin dejar de mirar al frente.

Y él se tambaleó. Estertores en todo su cuerpo. Y cayó como un saco de cemento. Sus amigos salieron. También los vecinos más grandes. Alguien lo subió en un carro y lo llevó hasta la Cemsi. A los días salió. Medio pecho y el hombro vendado.

Lo encontraron hace poco en un banco de Las Quintas. Atuendo de villano consumado: camisa desfajada, tenis sucios y de buena marcha, pantalón de mezclilla. Se esmeraba en acomodar los dólares en la billetera y las bolsas.

Qui’ubo, Toni, qué andas haciendo. Le dijo uno de sus conocidos. Pues aquí nomás, de malandrín.

Artículo publicado el 25 de septiembre de 2022 en la edición 1026 del semanario Ríodoce.

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