sábado, agosto 13, 2022
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Malayerba: El jale

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Vino a matar a un cabrón. Uno pesado. Y si era un pez gordo, gordo debía ser el fajo de billetes. A un jalesón corresponde un lanón, repetía festivo.

Era un gatillero. Más afamado por su simpatía y su capacidad para caerle bien a todo mundo, que por su desempeño a la hora de los encargos. En ese andar jalando gatillos y sus fructíferas relaciones públicas se había ganado la confianza de quienes lo contrataban.

Por razones que él mismo evitó explicar, al menos públicamente, emigró a Tijuana. Allá se topó con conocidos, muchos de ellos también culichis. Hizo nuevas amistades. Malandrines, la mayoría.

Así obtuvo su jale. Empezó presumiendo que él era muy chingón. Que él se lo aventaba. No se preocupe, patrón: le voy a dar piso. Tenía que matar a uno de los jefes del narco en Sinaloa. Le estaba estorbando y tenía que hacerlo a un lado. Desaparecerlo.

Pero así como me voy a aventar este trabajito, necesito por lo menos un adelanto. Una lana. Qué digo lana. El sapo es grande y así debe ser la pedrada. No hay problema: le soltó varios y bien nutridos fajos.

Regresó a Culiacán. Hizo algunos contactos con gente de su confianza. Movió piezas y preparó los escenarios y las posibilidades. Los riesgos. Sabía de los lugares que frecuentaba, con quiénes iba y cuánta gente de seguridad lo acompañaba. También de las armas que portaban.

Se esmeró varios días en la encomienda. Pero algo pasó en el camino que se perdió. Los que lo conocían dejaron de verlo. Y sus contactos perdieron contacto.

Fueron semanas sin que se supiera de él. Cuando se apareció era evidente que tenía en el rostro los saldos de varias borracheras, crudas y aquelarres acumulados y sin respiro. Mujeres, música, bebidas y polvo blanco fueron la combinación en su perdición.

Reanudó los trabajos de preparación. Le preguntó su contratante qué había pasado con el encargo. Ya se enteró el cabrón, le dijo. Yo creo que ya se enteró y ahora trae más seguridad y se mueve con discreción. Necesito que me manden más dinero.

Lo del reforzamiento de la seguridad del narco al que pretendía matar era cierto. Pero no estaba del todo seguro de que estuviera enterado de los propósitos que tenían de eliminarlo.

Confiados en que la fragua avanzaba y que podía cuajar en cualquier momento, estuvieron de acuerdo: ai te van otros billetes, pero hazlo ya. Sabían que era cosa de tiempo, de paciencia. Si no nos sale nos va a ir peor.

Se enterarán quién ordenó matarlo. Vendrán las repercusiones. Y entonces nosotros estaremos en la mira de sus armas. Sale pues, lo que sea pero hazlo bien, que no quede rastros pero tampoco dudas.

Volvió a las andadas de los preparativos. Combinó sus placeres carnales, auditivos y esníferos. Pero sin descuidar el jalecito que ya se cocinaba. A eso vine, a darle piso. No puedo fallar.

De nuevo sus contactos, las armas y los recorridos. Avanzó rápido. Estaba casi todo listo: sería en dos días, por el puente Juárez, dos camionetas, y el malecón nuevo, hasta la salida norte o Culiacancito, como ruta de escape.

Pero en Tijuana la tortilla se volteó. Un grupo de matones, de otro bando enemigo, ametralló una camioneta y un automóvil compacto. Varios caídos. Entre los muertos estaba quien lo había financiado para la ejecución.

Ya no tenía patrón ni obligación. Desarmó el operativo y palpó los fajos de billetes, rumbo a la diversión.

Artículo publicado el 31 de julio de 2022 en la edición 1018 del semanario Ríodoce.

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