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Malayerba: Por culpa de los polis

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Me había ido de la casa y ahí empezó todo. Le decía a mi apá que le mandara dinero a mi amá. Por supuesto, ella me mandaba y él ordenaba que le llevara la respuesta. Siempre era la misma: que nos esté chingando.

Así fue mucho tiempo. Algo así como el correveidile. Yo estaba en medio de ambos y ninguno se percataba. No era el mayor pero como si lo fuera.

Y por ese tormentoso mar de reclamos y acusaciones mutuas se erosionó la relación con mi apá. Él siguió diciendo que me mantenía. Que me mandaba dinero pa’l estudio. Que por eso yo salía adelante. Y nada más falso. Pero la distancia ya estaba tomada.

De mañana estaba en Los Mochis. El ferrocarril esperaba. Una bolsa de plátanos. Leche yaqui, para la nostalgia. Algunas naranjas. Dos panes. Era la mochila del itacate y Creel el destino.

Montañas y más montañas que empezaba a acariciar el sol. Puentes y túneles que parecían interminables. Era el paisaje de la huida, lejos de casa. Y la soledad tirada a la aventura.

Ahí en Creel se subieron esos de negro. Cinco y sus cachuchas con las siglas de la Policía Judicial Federal. Era un “dedo”, pues se fueron derechito al clavo: justo arriba de mi cabeza.

Ahí estaba yo, estupefacto. Eran lugares cuyos boletos ya pagados. Como a mí no me habían cobrado los ocupé varios pueblos antes. Las cáscaras de plátano y medio litro de leche adornaban mi anterior locación.

Pero el boleto de gorra me había salido caro. Me incorporaron a jalones. Esposado y a empujones me llevaron hasta la cocina. Desde ahí miraba y me miraban los otros pasajeros. A cada golpe un gesto, un grito ahogado, muchas súplicas.

Yo no fui compa. Yo nomás me senté ai pa’no pagar. Si yo trajera esas mochilas con mota ¿ustedes creen que sería tan pendejo como pa’sentarme ai?. Los otros pasajeros se unieron y apuntaron rumbo a los restos de plátano y la poca leche.

Hubo golpes en el estómago, pero con el puño envuelto en mi camisa. Bolsas de plástico rodeando las fosas nasales. Madrazos en el centro.

Son diez años, comida gratis y hospedaje, no te preocupes.

Me llevaron hasta Ciudad Juárez. Ahí le dije al Ministerio Público Federal que no tenía la culpa, que la droga no era mía. Me acordé del comandante Lachiquita, de Sonora. Les dije que le hablaran, que yo había trabajado en su oficina.

Por eso me soltaron al primer telefonazo. Dos llamadas para que fueran por mí. Sin dinero. Tampoco aventura ni huída.

Ya estaba yo en segundo de sociología. Era la casa del estudiante de la Hidalgo. Los compas sabían de los polis aquellos y mi papá seguía allá, fanfarroneando, viejo y lerdo.

Por eso me negaron cuando fue la judicial a buscarme. Tres veces y nada. De Obregón les insistían que tenía que estar ahí, que me pasaran el recado. A la quinta se rindieron: bueno si está o no díganle que lo buscan de su tierra, que su apá está enfermo.

Y los estudiantes tuvieron que decirme que me habían negado porque pensaban que se relacionaba con lo del tren. La expresión de que estaba enfermo me recordó los golpes secos y las bolsas de plástico: estaba muerto.

Llegué al panteón y siento que todavía estoy ahí. Pasan los días de reclamos y correveidile. Me pesan en el cogote. Y todo por culpa de los polis.

Artículo publicado el 17 de julio de 2022 en la edición 1016 del semanario Ríodoce.

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