miércoles, agosto 17, 2022
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Malayerba: Búfalo

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Antes quería redimir a los pobres. Ahora trabajaba arduamente para redimir su pobreza. Y así se lo sentenció aquel amigo. Y no era para menos: de ferviente militante de la izquierda había pasado a pizcador de mariguana.

No tenía otro pasado que ese inmediato. Le entró a las filas de la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria, la ACNR, por sus siglas, después de haberle seguido, en los libros, los pasos a Genaro Vázquez y su gesta guerrillera.

Ya andaba en los salones de la universidad, promoviendo manifestaciones antiimperialistas. Ya en los surcos, organizando a los campes en contra de los grandes latifundistas y los dueños de las tiendas de raya. Ya en los camiones urbanos, con el movimiento estudiantil, con los obreros de la Pacífico y los electricistas del muelle Bonfil.

Incansable. Andaba de un lado a otro. Comía en la calle y a deshoras. O simplemente se aguantaba hasta la cena. Tortas aquí. Tacos allá. Un torcido y una cocacola. Activista de cepa, confiable y clandestino cuando era necesario.

Su discurso incendiaba conciencias. Esa lengua era un cerillo en las manifestaciones y los discursos contra el capital, los patrones y el gobierno. Era bueno y no podía faltar en esas actividades: tiene buen rollo este bato, decían quienes ya coqueteaban con la izquierda y se estrenaban en los mítines.

Pero de repente se le acabó el fuego. Al menos el fuego de la revolución. Otro fuego prendió en él y lo llevó a Sonora. Quién sabe a qué fue, a dónde, con quién. Solo se perdió dos semanas. Y cuando volvió traía un torzal de oro que no sólo no disimulaba. Desabrochaba su camisa para presumirlo hasta que encandilara.

Y así le hizo varias veces. Le bajó el tono a sus discursos. Subió de peso y comía mejor, ya no en la calle ni las tortas baratas. Ese incansable y formal empezó a faltar a las reuniones de la organización.

Se le veía algunos días. El resto desaparecía de la escena militante. Sus camisas ya no eran las derruidas y los zapatos que cubrían sus píes traían suelas completas. Ese brillo en sus ojos sustituyeron la irritación de los desvelos y el cansancio: conjuntivitis de los pobres.

Era otro. No mejor ni peor. Simplemente era otro que empezaba a sustituir al militante aquel. Mudó del rojinegro al amarillo del oro.

De tarde en la plaza Machado le confesó a uno de sus cercanos que iba unos días a Chihuahua. Que iba a la pizca de manzana. Mira cabrón, a mí no me chingas, andas de narco. Y no pudo negarlo.

Antes querías redimir a los pobres. Ahora quieres redimir tu pobreza. Mírate, bato. Ya hasta pareces capito. Déjate de chingaderas. No vayas.

Pero el otro insistió: no hay bronca. Lo que hay es buena lana. Mucha. Deja que le entre y después de esto ya me dejo de la pizca y los envíos a la frontera. Pero su amigo insistió hasta convencerlo.

A los dos días salió en los periódicos: decomisan Búfalo, un rancho con grandes sembradíos de mariguana, en Chihuahua, propiedad de Rafael Caro Quintero. Seis mil campesinos detenidos. Iban a la pizca de “manzana”, dijeron.

Toma tu pizca de manzana, le reviró cuando volvió a verlo. Y no regresó a la militancia. Ni a Mazatlán.

Artículo publicado el 17 de abril de 2022 en la edición 1003 del semanario Ríodoce.

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