lunes, noviembre 29, 2021
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  • Dias de Impunidad

El mundo femenino de María Romero

MARÍA ROMERO. Infancia es destino.

La pintora que cada año recrea los pasos de Lupita La Novia de Culiacán, asegura que el mundo masculino siempre ha sido menos pesado

Débil, frágil, sumiso, permisivo. Era el mundo femenino al que la pintora María Romero Salas no quería pertenecer. Se rehusó, le dolió, le provocó un resentimiento profundo haber sido “arrojada” a él.

Las mejores historias de su infancia las había tenido al lado de su padre, donde los roles eran totalmente opuestos. Sabía que en el espacio masculino la vida era menos pesada, que en este mundo sí había poder, y mantener esa posición era lo que quería para sus días.

Desde niña se convirtió en el ‘chalán’ de su papá. Lo seguía de sol a sombra. Le gustaba estar cerca, mientras trabajaba como ingeniero topógrafo; la creación de ladrillos, construcciones serían los primeros elementos que con el tiempo la llevarían al arte.

Su infancia estuvo enteramente marcada por el trabajo duro. Su padre siempre estaba rodeado de hombres, pero también de María, María la que empezó a romperse cuando el tiempo la convirtió en una adolescente.

Un día lo constató. Se dio cuenta que sus pechos habían crecido y que su menstruación había llegado. La miró a los ojos y le dijo: “Perdón no me había dado cuenta que ya eras una señorita, vete con tu mamá a la cocina”. Fue ahí donde el coraje dominó su vida.

“Yo era el niño-niña de mi padre, pero cuando llegó mi regla fui desterrada de su territorio y me mandó con mi madre, me dolió mucho que me alejara de su lado, yo navegué muchos años con esa sensación de coraje. Sabía que el mundo de las mujeres era débil, frágil, sumiso, permisivo”, recordó María.

La separación de su espacio

Separada de su ‘espacio’, tuvo que enfrentarse a otra rutina que la llevó a emprender una nueva lucha, la protagonizada por las mujeres, destinadas a estar a cargo del hogar, de la cocina, de los hijos, de la limpieza. Ella se las ingeniaba para zafarse de ese rol.

“Me afectaba mucho el rollo de la mujer sinaloense; de ser de muy buena nalga y chichi, yo carecí siempre de todo ello. Estaba realmente jodida. Sabía que nunca iba a ser bonita, pero sí libre de pensamiento y cabrona”, consideró.

LA OBRA DE MARÍA. Reflejos de la vida.


Las formas de ver las realidades que se le presentaban, no fueron gratuitas, en sus tiempos de estudiante en la Preparatoria Central, llegó a sus manos el libro La emancipación de la mujer, de Lenin y vivió con él un proceso de liberación. A los 17 años, empezó a estudiar artes plásticas, cuando la Escuela de Artes tenía maestros que le daban clases con una idea muy liberadora, contestataria y de vanguardia, aunque las mujeres no figuraban mucho en el panorama.

Sus únicos referentes eran Rina Cuéllar, Rosa María Robles y Rossy Aragón Okamura, quienes exponían en los pocos espacios que existían; la Galería Frida Kahlo, las de Difocur y la de la propia escuela.

“La presencia femenina no era como muy fuerte, el escenario del arte estaba dominado por los hombres, pero encontré como modelo de pintora a Frida Kahlo. Ella me maravilló por su ego, por ser protagonista de sus cuadros y su sufrimiento”.

Las pinturas de María

María pinta, hace performance, dibuja, pero también hace piezas bordadas en las que están presentes temáticas estrictamente ligadas a su vida; entre ellas su devoción por Jesús Malverde, los recuerdos de sus padres y parte del entorno de los sinaloenses.

Radicada en la Ciudad de México desde los 80 que buscó redescubrir su vocación por el arte recordó que ahí entendió que el artista podía tener una vida decorosa para vivir y poder viajar. Se especializó en gráfica y grabado.

“Yo me fui porque quería ser pintora. Me fui porque el mundo en el que vivía era triste, me fui porque supe que había un mundo más allá. No quería ser secretaria bilingüe, ni ama de casa y cuando llegué al DF todo cambió completamente, me metió en la vorágine de ir al cine, teatro, a leer y convivir con gente parecida a mí”, mencionó.

“Aquí las mujeres nos veíamos muy favorecidas, porque las mujeres somos buenas artistas, en el DF, las mujeres pintoras son muy buenas y tienen definido su ejercicio, y eso me fortaleció; a mí me entristece que se haga la carrera y se queden en el camino. No conozco a un hombre que diga me voy a casar y voy a dejar la carrera”.

Cargada también de lo vivido en su infancia, Malverde se convirtió en tema, no porque quisiera hablar del narcotráfico, sino por todas las figuras que están atrás de él, empezando por su mamá, su infancia, hombres, mujeres que la rodean.

También por el dramaturgo Óscar Liera, con cuyos montajes creció. Tomó elementos, colores, situaciones, historias que formaron parte de su universo personal. Esto también le servía para comprobar que su destino había sido el correcto, podía crear pero también vivir.

Cada año María recorre también las calles de Culiacán para recordar los pasos de dio Lupita La Novia de Culiacán. Se viste de blanco y personifica a aquella mujer que refutó a la gente, a los políticos, a la iglesia…

Artículo publicado el 17 de octubre de 2021 en la edición 977 del semanario Ríodoce.

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