octubre 22, 2020 12:40 AM

Por todos mis muertos

EL AZOTE DE LA PANDEMIA. Dolor por todos.

“Tenemos los médicos, los especialistas, los hospitales, la capacidad para hacerle frente al coronavirus (…) porque no es, repito, según la información que se tiene, algo terrible, fatal, ni siquiera es equivalente a la influenza(…) y, el doctor Hugo López-Gatell va a estar constantemente informando para evitar, lo digo con toda claridad, que no haya amarillismo, que no haya exageraciones”. Andrés Manuel López Obrador/28 de febrero 2020

Murió mi amigo Narciso Guzmán. El 10 de abril. Era de esos empleados municipales sobre cuyas espaldas recae el funcionamiento del ayuntamiento. Pasan partidos y presidentes y ellos siguen ahí, efectivos.

Murió junto con otros cinco de sus compañeros de trabajo. Nunca se supo cómo entró el coronavirus a sus oficinas. Todos muertos. Seis funerales. Decenas de huérfanos. Mucho llanto.

Ningún gobierno y ningún científico se habían enfrentado al coronavirus. Aún hoy, no conocen totalmente sus características ni, perfectamente, su forma de propagación.

Murió mi amigo Vicente Urías. Deportista sinaloense destacado, dos metros de sonrisa y gusto por la vida, generoso, disciplinado, paternal. Sus hijos vivieron atendiendo a varios familiares hospitalizados.

Buscar y obtener la mayor y mejor información en el menor tiempo posible y de manera constante fue la tarea urgente a la que se dedicaron la mayoría de los gobernantes y los especialistas. “Pruebas, pruebas y más pruebas” recomendó la OMS el 17 de marzo.

En México, la ruta fue diferente a la recomendada por la OMS; el gobierno optó por tomar decisiones a partir de la información “que llega al sistema”, la de los enfermos atendidos en centros de salud y hospitales.

Dejó fuera a todas las personas contagiadas que no desarrollaron síntomas o que simplemente no acudieron al sistema de salud. No se pudo aislar a los enfermos asintomáticos, ni rastrear a sus contactos y romper las cadenas de contagio.

Murió Doña Martha, esforzada madre de tres hijos que recibió con gusto la noticia de que podía volver a su trabajo. Compartió con mi familia su esperanza de tener dinero para alimentar a sus niños y viajó animosa desde la colonia Barrancos a encontrar la muerte al centro de Culiacán.

La decisión del gobierno de México de hacer pocas pruebas limitó su capacidad de conocer el comportamiento real de la epidemia. De ahí las repetidas fallas en sus pronósticos.

Por eso el gobierno no ha podido estimar la magnitud del problema, explicar su distribución, su propagación regional, las razones de contagio y la letalidad real. Y por eso no ha elaborado planes ni estrategias precisas. La falta de información sólida y procedimientos ordenados ha derivado en pleitos públicos entre autoridades.

Caí en terror, el peor de todos, cuando mi hija menor, Libertad, me dijo que tenía coronavirus. No hay como contárselos.

Mi hija nunca salió de casa, pudo haberla contagiado su mamá o yo que trabajamos afuera aunque siempre respetando las reglas.

Eso despedaza a uno, pensar que puedes haber sido el contagiador.

Al inicio, el gobierno justificó hacer pocas pruebas porque dijo que solo era necesario detectar a las personas con síntomas de Covid-19 proveniente de un país afectado.

A partir del 24 de marzo, adoptó el método centinela, esto es, hacer pruebas a todos los pacientes pero solo en 475 unidades de salud. México cuenta con más de 25 mil unidades de salud. Es decir, las unidades habilitadas como centinela representan 1.9 por ciento del total.

Finalmente, el 3 de mayo, la autoridad sanitaria afirmó que la vigilancia centinela ya no era relevante y decidió abandonar el cálculo de los casos leves y ambulatorios a favor de lo que llamó “la atención centrada en los hospitalizados”.

La única constante ha sido hacer pocas pruebas. El director de emergencias de la OMS aseguró que hace falta hacer más pruebas en México pues solo se aplican tres por cada 100 mil habitantes. El promedio en América Latina es de 30. Ocupamos el último lugar entre los países de la OCDE.

Mi hija ya fue dada de alta y yo presento una fibrosis pulmonar como secuela.

¿Qué puedo esperar para mi madre que tiene 89 años?

¿México ha tenido en algún momento un acervo de información suficiente y de la calidad necesaria sobre el avance de la enfermedad?

Se están tomando decisiones sobre la base de información insuficiente, sustentada en un modelo que no pudo prever los momentos críticos de la epidemia.

Lamentablemente, muchos tenemos muertos por coronavirus.

Es miserable describirlos solo como: “masculino, 57 años” como lo hacen los reportes porque eran mucho más que eso, eran alegría, vida, maternidad, canción, comida, ideas, sueños, amistad, tía, paisano, seres humanos, vista, amor.

Tenemos 75 mil muertos en México.

Todos son nuestros muertos.

Vivimos una tragedia

Escucho cantar a mi hija, adentro, en su recámara. Va a donar su plasma.

Columna publicada el 20 de septiembre de 2020 en la edición 921 del semanario Ríodoce.

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La denuncia de Emilio Lozoya

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