noviembre 22, 2019 9:28 am

Sociedades solidarias (3)

estambul atentado

En 2016 viajé con mi hermano Pedro a Estambul, era el mes de marzo y todavía el ambiente era frío, que lo sofocábamos con el buen café y el exquisito vino turco.

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Nos hospedamos en un hotel modesto del barrio de Beyoglu, frente al Hotel Pera Palace donde la escritora inglesa Agatha Christie acostumbraba pasar largas temporadas en la habitación 411 y se dice que ahí escribió en 1934 la novela Asesinato en el Expreso de Oriente.

Más, no sólo vivía ahí por temporadas la escritora del misterio, por ahí pasó también la actriz Greta Garbo, el escritor Ernest Hemingway y el internacionalista León Trotsky, éste en su periplo que lo llevaría en 1929 al exilio en la bella isla turca de Prinkipo (Isla de los Príncipes) y que tuvo la última parada en su bunker en el barrio de Coyoacán de la Ciudad de México, donde un día cualquiera Ramón Mercader le asentó un pioletazo en el cráneo.

En el barrio de Pera está la larga avenida peatonal y comercial İstiklal Caddesi (Avenida de la Independencia) que termina en la Plaza Taksim donde todo mundo se encuentra, además, es una suerte de Torre de Babel porque se escuchaban una gran diversidad de lenguas y no faltan las bellas mujeres turcas con sus turbantes coloridos.

Sin embargo, los conflictos con otros países vecinos están ahí y Turquía no es la excepción, especialmente en la región de Kurdistán donde opera militarmente el Partido de los Trabajadores, considerada una organización terrorista por Turquía y Estados Unidos porque ha atacado posiciones turcas y en otro tiempo contra las de Irak e Irán.

La mañana del 19 de marzo de 2016 desayunábamos en el hotel cuando sobre las 11 escuchamos un gran estruendo, el hotel donde estábamos se cimbró, los vidrios se sacudieron, pensamos que había sido un temblor acompañado de un estallido de una planta de luz.

Luego escuchamos el ulular de las ambulancias y las patrullas de las policías que nos cambió el punto de vista, ese día teníamos un viaje programado fuera de Estambul y decidimos hacerlo, ya luego sabríamos lo que había pasado en el barrio, que no sería nada bueno por los antecedentes que teníamos de la operación de las milicias kurdas.

Cuando regresamos por la tarde, nos acercamos a la calle İstiklal Caddesi para encontrarnos una muchedumbre alrededor de donde había ocurrido un atentado suicida que había costado la vida de cinco personas y varias decenas de heridos entre turcos y extranjeros.

Al autor suicida se le vinculó simultáneamente al Partido de los Trabajadores del Kurdistán y hubo quienes aseguraron que era del Dáesh, es decir, el Estado Islámico de Irak en represalia por la represión que se ejercía en los campos de refugiados sirios.

Turcos y turistas extranjeros llegaban hasta el lugar del atentado que todavía tenía rastros de la sangre derramada y depositaban flores, velas y banderas, algunos lloraban y exclamaban plegarias indescifrables para dos mexicanos, mientras otros tomaban fotos, como queriendo llevarse un testimonio de su estancia en Estambul o ya no sé, con aquello del llamado tanaturismo que hoy se ha vuelto una moda en el mundo de los viajes de placer y es que este género busca simplemente estar ahí para elevar los niveles de adrenalina.

Lea: Sociedades solidarias (2) https://bit.ly/2kSS742

El bullicio cotidiano se había apagado de la populosa calle y las caras largas de los comerciantes y transeúntes era notorias, se sentía el malestar, y la protesta si bien era de unos cuantos cientos o quizá más con el flujo que había en forma permanente, había en la atmósfera ese aire de impotencia ante lo impredecible que yo en lo particular había sentido en España en los años de operación más duros de la organización nacionalista vasca ETA.

Atentar en el momento más inesperado y sin ninguna consideración por quienes estarían en el lugar y el momento equivocado, es una ventaja que tienen este tipo de organizaciones que lo aprovechan para realizar sus acciones criminales en la siniestra ruleta de la muerte. Así pasaron los días y el número de velas y banderas se incrementaban en contraste con un barrio que perdía trozos de su alegría cotidiana.

A los días, al amanecer nos fuimos al aeropuerto internacional de Ataturk para volver a México vía París, lo encontramos con medidas extremas de seguridad y volamos al aeropuerto Charles de Gaulle cuando nos encontramos que había ocurrido otro atentado, éste en una estación del Metro de Bruselas vinculado a los fundamentalistas musulmanes del ISIS.

Sin embargo, a pesar de la distancia paralizó los aeropuertos de París por razones de seguridad, y pasamos un día largo y cansado hasta que por la noche se nos llevó a un hotel donde mi hermano y yo terminamos la noche reflexionando por lo que habíamos pasado ese día, mientras bebíamos varias 1664, la rica cerveza francesa.

Artículo publicado el 6 de octubre de 2019 en la edición 871 del semanario Ríodoce.

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