diciembre 6, 2019 9:51 am

Turismo negro

turismo casa

Se ha vuelto un servicio frecuente de taxistas y pulmoneros que ofrezcan el llamado narco tour del puerto sinaloense. Se inicia en cualquier punto del puerto y su fortuna depende del conocimiento e imaginación que tenga el operador de estas unidades de transporte público.

Los llevan a las casas que habitaron personajes como Francisco Arellano o Manuel Salcido Uzeta; negocios que fueron propiedad de narcos más o menos exitosos; lugares donde cayeron sin vida algunos como es el caso de Ramón Arellano, y más recientemente la Torre Miramar se ha vuelto un lugar de culto entre curiosos que llegan fascinados para hacerse la selfi en el lugar de la penúltima detención del Chapo Guzmán.

Este tipo de turismo morboso es un fenómeno mundial y generalmente tiene que ver con personajes y la muerte, lo que ha provocado que sea motivo de atención de académicos especialmente ingleses que buscan explicaciones y consecuencias económicas, sociales y culturales.

En 1996, los profesores John Lennon, homónimo del beatle legendario, y Malcom Foley de la Universidad Escocesa de Glasgow iniciaron un proyecto de investigación sobre esta modalidad de turismo que hasta entonces no había sido motivo de estudio, a pesar de que cada día un mayor número de viajeros hacían este tipo de visitas a lugares asociados con la desgracia humana.

Este fenómeno también conocido como tanatoturismo está referido a un tipo de viajes donde las personas quizá cansados de lo mismo, hoy se trasladan en masa a lugares escatológicos donde en un determinado momento ocurrió una desgracia humana sea por razones naturales, nucleares, guerras, terrorismo o aquello que tiene que ver con prisiones, manicomios, campos de concentración, lugares de tortura y exterminio, panteones donde reposan los restos de criminales famosos.

¿Qué razones sociales y morales mueve a una persona para viajar teniendo como destino final un espacio físico donde queda el recuerdo y huellas de una tragedia? ¿Qué resortes y cuales anclajes emocionales tiene un viajero para estar “ahí donde sucedieron los hechos”? Acaso ¿Se explica solo como un resultado de la mercadotecnia o es algo más profundo, más sociológico, más humano?

La respuesta inmediatamente remite al morbo que es consustancial al ser humano y algo más elaborado que es “estar ahí para tomar conciencia de que no vuelva a ocurrir”, sin embargo, no hay un acuerdo en la comunidad científica.

Entonces, lo que se tiene son hipótesis de trabajo sobre una actividad que silenciosamente ha venido creciendo en el mundo y hasta podríamos afirmar que ya está entre nosotros para no irse.

Así, ¿qué diferencia sustantiva existe entre visitar los campos de concentración nazi que estuvieron dispersos por toda Europa; o viajar hasta las remotas Hiroshima y Nagasaki donde cayeron las bombas estadounidense como respuesta al ataque a la base de Pearl Harbour; o estar en la planta soviética de Chernóbil; o caminar por los pasillos vacíos de la prisión de Alcatraz, y mirar desde el memorial de la guerra sucia argentina el río de la Plata donde descargaban los llamados vuelos de la muerte; o simplemente recorrer el cementerio Jardines del Humaya donde descansan muchas personas que se dedicaron al narcotráfico?

Quizá, podríamos convenir, que cierto tipo de lugares tienen que ver con una cuestión intelectual. Por ejemplo, quien visita el campo de detención y exterminio de Auschwitz o la Zona Cero de New York, es un tipo de turista informado y hasta con una cierta capacidad de consumo, mientras quien llega a la casa donde fue acribillado Pablo Escobar o a la llamada Capilla de Jesús Malverde puede que tengan motivaciones de culto que raya en la apología de la violencia.

La empresa Netflix, que siempre sorprende con sus series televisivas, tiene una serie de reportajes bajo el título DarkTourist: El otro Turismo, de este tipo de casos de todo el mundo y con un alto grado de credibilidad, el periodista neozelandés David Farrierse acerca a los lugares del llamado turismo oscuro, incluso llega a poner en juego su propia integridad.

Hay un realismo espeluznante que lleva a preguntar a un simple mortal: “Qué diablos estoy haciendo aquí”, cómo en distintos momentos sucede sobre todo en zonas donde existen restos radioactivos con un alto grado como es el caso de Chernóbil en la desaparecida Unión Soviética.

En definitiva, y no es para dar ideas, el turismo cada día se segmenta más y el llamado turismo negro ya está entre nosotros, pero quizá no nos hemos dado cuenta por ser guía un simple taxista, un pulmonero con una imaginación igualmente morbosa.

Columna publicada el 18 de agosto de 2019 en la edición 864 del semanario Ríodoce.

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