julio 18, 2019 12:04 pm

‘Willa’ y las compras de pánico

willa (12)

Los tres días que se mantuvo intensamente la información del huracán “Willa” a través de las autoridades y los mensajes de los medios de comunicación, terminó creando una atmósfera de incertidumbre, zozobra y temor entre la población del sur de Sinaloa.

Es que mire: las autoridades de educación y de Protección Civil, más las estatales y municipales, el Ejército y la Marina, algunos medios de comunicación alarmistas y las incansables redes sociales, pusieron un llamado de alerta máxima; dijeron que el meteoro venía con todo: velocidad, viento, turbulencia; y que los riesgos eran muy altos en el momento en que tocara tierra y se esperaban destrozos mayores. Dijeron entonces que se suspenderían las clases en las escuelas para proteger a los niños y niñas, las corridas de transporte urbano se suspendieron a las 3 de la tarde y animaron a los negocios a que dejaran ir temprano a sus empleados.

Además, invitaban una y otra vez a la gente a que se recogiera en sus hogares y a que no estuviera en la calle, sino pendiente de los avisos sobre cómo iba avanzando el huracán categoría 5, código rojo, con su paso destructor por el norte de Nayarit y el sur de Sinaloa.

Se esperaba lo peor, en el imaginario de mucha gente seguramente proyectaba un escenario peor al de las imágenes destructivas que hace unos días nos llegaron desde Los Mochis y Culiacán. Se vería quizá el mar sobre la avenida principal, equipamiento urbano destruido, zonas inundadas, embarcaciones naufragando, y sin luz ni agua potable la mayoría de las viviendas.

Con esta información alarmante y con el miedo en el cuerpo, algunos pensaba que era una reedición del devastador huracán “Olivia” que llegó a Mazatlán el 24 de octubre de 1975, o sea, un solo día de diferencia, lo que provocaba una extraña premonición entre los que lo vivieron y sufrieron en los ya lejanos años setenta.

Muchos asustados huyeron de la ciudad y se fueron a otras a ponerse a salvo, para no tener que soportar los vientos de más de 200 kilómetros por hora, otros viajaron a las zonas altas y la mayoría decidió temerariamente quedarse en casa, pero se aprovisionó bien, para lo peor; se fue a las tiendas Ley, Aurrera, Sam’s, los mercados, las tiendas de las esquinas, y compraron de todo, pero especialmente productos no perecederos para los días de supuesto desabasto.

Los vi cargando cajas de botellas de agua, galletas y pan, bolsas de hielo, paquetes de atún y sardinas, cacahuates, refrescos, cerveza, carbón y veladoras. Había colas largas donde nunca había visto gente para llenar un garrafón con sobre precio y todo para nada. Vino la noche con una llovizna suave que servía solo para disfrutar las suaves notas del saxofón de Charlie Parker, o el primer juego de la serie mundial entre los Dodgers y los Medias Rojas.

Vamos, no es que uno se sienta frustrado con los designios inciertos de la madre naturaleza y mucho menos en las coordenadas de esa supuesta funcionaria nayarita, que a lo mejor con unos tragos encima, soltó la mano y las neuronas para escribir en su muro de facebook que deseaba que llegara “Willa” y acabara con todos sus paisanos, pero lo único que provocó fue que sus jefes la dieran de baja por este tipo de escritos imprudentes en medio de la zozobra que vivía ese todo que ella sentenciaba, y donde los más desprotegidos no atinaban qué hacer entre proteger sus pertenencias o la vida propia y de los suyos. O las dos cosas.

Y es que, aun con toda esa información alarmante, y los rondines de los miembros de Protección Civil que conminaban pacientemente a abandonar las viviendas que se encontraban en zonas de alto riesgo, muchos preferían quedarse en sus casas antes que irse a los albergues ubicados en las cabeceras municipales. No se sabe de desgracias personales, pero sí de los destrozos mayores que ocasionó el meteoro en los municipios límite de Sinaloa y Nayarit.

Finalmente, al ver el despliegue de información que se generó y se reprodujo con gran velocidad, no puede uno dejar de recordar lo sucedido recientemente en Culiacán y Los Mochis, donde la información oportuna nunca llegó y eso, además de los destrozos materiales tuvo un costo en vidas que nunca debieron perderse.

Artículo de opinión publicado el 28 de octubre de 2018 en la edición 822 del semanario Ríodoce.

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