Regresa el hijo ausente

 

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Burocracia detiene identificación de cuerpos

Felícitas tiene un cráneo entre sus manos. Lo abraza, le llora, lo besa. Es su hijo Juan Carlos Martínez Hernández, desaparecido a manos de policías municipales de Ahome el 3 de noviembre del 2015, y encontrado por ella misma nueve meses después en una zona enmontada y elegida por grupos especiales policiales para deshacerse de las víctimas.

Ese día era el 31 de agosto del 2016, el segundo mes de la canícula. Hacía un calor de los mil demonios, cielo despejado, sin viento, y la zona era árida.

Felícitas y otras mujeres se apearon de la troca y emprendieron su caminata, en busca de rastros que ellas sólo conocen. Encontraron huesos y agudizaron sus sentidos. Dieron con un montículo y una hondonada en terreno blando. Escarbaron. Desenterraron una y luego otra osamenta. Avisaron. Cuando llegaron los peritos fueron echadas del lugar. “Contaminan la escena”, les despreciaron los peritos forenses. Y a regañadientes se salieron del monte.

Al día siguiente, Mirna Nereyda Medina Quiñónez, la madre que busca a su hijo Robertoe iniciadora del grupo “Desaparecidos de El Fuerte”, apodadas “Las Rastreadoras”, fue notificada de que en realidad había tres tumbas clandestinas con cuatro cuerpos ocultos.

Felícitas ignoraba que entonces ella había encontrado a su propio hijo.

Lo supo el 29 de marzo del 2017, cuando un agente del Ministerio Público del Fuero Común asignado en Guasave se lo notificó a sangre fría. Y con tal desdén le aseguró que los restos se los entregaría una o dos semanas después, cuando el cúmulo de trabajo fuera desahogado.

Ella no se quebró, no ante aquel insensible y novato burócrata. Tampoco se humilló, rogándole le entregara a hijo pródigo. Se armó de valor, pues ya era madre calada. Llamó a su grupo, y todas la cobijaron.

Unas 25 mujeres se apersonaron en la ex Subprocuraduría Regional de Justicia, y se dispusieron a plantarse. Compraron frijol, tortillas y café, pues harían de la antesala su campamento, del que no se retirarían hasta que Felícitas tuviera al Chino entre sus brazos.

Ellas telefonearon a superiores de aquel chaval guasavense, y en cuestión de horas, el expediente fue radicado a Los Mochis. Antes de que anocheciera, Felícitas acariciaba, besaba, lavaba con sus propias lágrimas el cráneo de su hijo. Había concluido su angustia.

Sepultándolo, ella continuó en el grupo. Hasta ahora, sigue rastreando cuerpos.

Mirna Nereyda aseguró que el dolor de su compañera aumentó por culpa de la burocracia, pese a que ella y otras más hacen el trabajo de campo que investigadores deberían realizar. “De verdad, nos parte el alma esa insensibilidad; tanto trabajo, tanto dolor, tanto sufrimiento, tanta angustia, para que un cabroncito te desprecie, sólo porque es funcionario y porque no tiene un familiar desaparecido”.

Aquel hallazgo no sólo dio paz a una familia, sino a dos más, pues junto con el Chino fue exhumado Eleazar Núñez Norzagaray, otro joven que había desaparecido en aquel operativo policial en la gasolinera Pilarica, entre los municipios de Guasave y Ahome, el 3 de noviembre del 2015.

Junto con ellos, otros dos individuos habían sido detenidos por el mismo grupo policial. Uno pagó en efectivo su liberación; el otro, un adolescente, fue entregado a la justicia de menores, pero los otros dos se esfumaron de la faz de la tierra. Sólo reaparecieron cuando Felícitas exhumó de aquella doble tumba clandestina a su propio hijo.

La historia del reencuentro entre madres e hijos ausentes no es nueva entre “Las Rastreadoras”.

En el 2015, Miriam YiselRíoz, la China, fue exhumada por su propia madre de una fosa clandestina que ella descubrió en las inmediaciones del ejido Águila Azteca, en la misma zona en donde años después fuera sepultado de manera clandestina el periodista Antonio Gamboa Urías.

El 17 de julio del 2015, Yolanda encontró a su hijo Roberto; una semana después, la señora Jesús desenterró a su propio hijo conocido por el apodo del Pajarito, y más antes, la señora Juana había escarbado hasta el dolor para sacar a su hermana de la tierra en donde fue enterrada para borrar todo vestigio de sus existencia. Finalmente, el policía Antonio Castro fue localizado oculto bajo la tierra de un basurero por su esposa e hijos que durante meses rastrearon el monte para encontrarlo y regresarlo a casa.

 

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