mayo 11, 2021 5:12 AM

Quijotes y rocinantes en el asfalto

bicicleteando 3
Ingrid Citlali Esquivel Medina
Tenía un problema para desaprender la vida dentro de una caja de metal con plástico, respirar aire concentrado, exhalar humo a través de un tubo de escape, lloriquear, patalear y pegarle a un círculo de plástico por el próximo semáforo, o maldecir al que está enfrente porque “no se apura”.
En lo más salvaje de la jungla, en la catarsis del enojo, de la frustración, de la tragedia colectiva, fue donde llegó a su punto más bajo y decidió bajarse.
Desde entonces, cotidianamente puede cruzar el umbral que divide casa, banqueta y calle. Con cualquier atuendo, cualquier día, a cualquier hora. Lanzarse a la marea vial, autoproclamarse tráfico. La luz del sol se refleja en los rayos que solemnemente giran, como bailando en ritmo con los pies que accionan y armonizan semejante locomotora de fierro, hueso, carne y caucho.
Nadie más le conduce o condiciona. Toma su propio tiempo, sus propias fuerzas. Encuentra adorables brotes de civilidad en ocasiones, aunque en avenidas rápidas, algunos insensibles se justifican para acelerar su paso sin importarse de la vida, pues tienen prisa, tienen derecho, tienen primacía.
Las caras más amables de la cotidianeidad son más perceptibles arriba de la bicicleta y el transporte público. A diferencia del carro, arriba del corcel de dos ruedas se anteponen los buenos gestos, la inconsistencia del asfalto, la uniformidad de adoquines y empedrados, la brisa del río… mientras que dentro del auto, la ansiedad y el estrés muerden el filo de un espejo retrovisor, sólo se percibe intranquilidad en cada sonido áspero de los motores, la zozobra depositada en bastones de seguridad y alarmas antirrobos.
En esta jungla de asfalto surgen manadas que descienden como enjambres zumbando en el traqueteo de sus pedales. Se cuidan unos a otros en búsqueda de la supervivencia. “Tomen el carril, la calle es suya” grita uno de ellos, aludiendo a su emancipación. Los baches, las piedras, las fallas en la calle son menores.
Las reacciones son diversas. Algunos ven en la manada a una tribu de kamikazes, arriesgando sus vidas, otros como héroes sin nombre. La manada sin embargo es colectiva, se empuja a su propio ritmo, sin gasolina, sin pago de pasaje. Cada brillante corcel cabalga y hace zanja. Aunque el respeto no sea regla sino casualidad —pues la intimidación es siempre el arma del cobarde que se esconde tras una carrocería y el claxon—, la manada está ganándose un espacio: lugar para transitar, respeto para cohabitar.

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