Lopus Diarakato y su territorio creativo

Lopus Diarakato y su territorio creativo

En su casa de Navolato, sigue creando lejos de los reflectores, fiel a una vida dedicada al arte, la imaginación y la defensa de sus ideas

 

 

 

 

La casa aparece como una interrupción en la rutina de las calles de Navolato. Sus muros hablan por su dueño. Hay colores, formas, objetos transformados y una voluntad evidente de desafiar la monotonía.

Quien pasa frente a ella puede verla como una rareza; para José Guadalupe Castro Medina, mejor conocido como Lopus Diarakato, es simplemente una extensión de sí mismo: un manifiesto construido con imaginación.

A sus 76 años, el artista de la vieja guardia sinaloense habita ese espacio como quien resguarda un territorio conquistado después de una larga batalla.

Hoy, alejado de los reflectores y distante de los círculos culturales que alguna vez frecuentó, vive rodeado de dibujos, esculturas, recuerdos y proyectos en mente. Su retiro voluntario no ha significado silencio. Sus ideas continúan firmes. También la crítica ante lo que acontece.

Pintor y escultor por oficio y vocación, Lopus pertenece a una generación que ayudó a construir parte de la historia cultural de Sinaloa. Estudió en la primera Escuela de Artes Plásticas de Culiacán bajo la guía de maestros como Arturo Moyers Villena y Álvaro Blancarte. Participó en concursos, obtuvo premios y desarrolló una propuesta artística que siempre caminó por rutas distintas a las convencionales.

Nunca le interesó demasiado la fama.

“El arte me salvó del aburrimiento”, dice sentado bajo la enorme sombra de un árbol de mangos. “Nunca quise ser famoso. Quise vivir una vida menos insípida”.

La frase resume una trayectoria marcada por la búsqueda constante de nuevas formas de mirar el mundo. Mientras otros artistas perfeccionaban técnicas académicas, él prefería explorar caminos poco transitados. De esa inquietud nacieron proyectos como la Plástica Neoaztatlana, inspirada en la iconografía prehispánica de Sinaloa, y más tarde Nopalimia.

 

El recuerdo de un artista

La historia de Nopalimia inició cuando su hijo talló un pequeño pez sobre una penca de nopal. Lo que para un niño era una travesura, para Lopus se convirtió en una revelación al descubrir que aquella planta, símbolo universal de México, podía transformarse en materia artística.

Durante años desarrolló esculturas y piezas realizadas con nopales secos, creando un lenguaje visual que sorprendió a críticos y especialistas.

“Le di un plus a la planta más universal del mundo”, afirma.

Pero más allá de los reconocimientos, lo que define a Lopus es su defensa de la imaginación como forma de resistencia.

Recuerda una frase que escuchó de uno de los críticos que premió sus célebres chalecos cubiertos de guachapores: “La mejor manera de ser original es atreverse a hacer el ridículo”.

Quizá por eso nunca se preocupó demasiado por encajar. Su casa es prueba de ello. Mientras algunos vecinos observan con extrañeza sus construcciones y esculturas, los niños suelen detenerse fascinados frente a las formas y colores.

Esa reacción le provoca una sonrisa. Confía más en la curiosidad infantil que en los juicios académicos.

Entre las muchas historias que cuenta aparecen también los nombres de artistas a quienes considera olvidados: Roberto Pérez Rubio, Arturo Moyers y Álvaro Blancarte, además de toda una generación que, según él, merecería un mayor reconocimiento institucional.

A pesar de las críticas y desencantos, no hay amargura en sus palabras. Sabe que el tiempo avanza y que la memoria suele ser frágil, pero también entiende que las ideas sobreviven de maneras inesperadas.

Por eso sigue dibujando. Por eso conserva cientos de bocetos esperando una firma. Imagina una segunda serie de Nopalimia, aunque reconoce que quizá ya no alcance el tiempo para realizarla.

Sigue pensando que eligió la mejor profesión del mundo. Optó por la imaginación por encima de la comodidad.

Dice ser un hombre que convirtió una casa en museo, refugio y declaración de principios.

“Yo era una persona que se aburría de todo. La escuela nunca me gustó, era muy imprudente, inadaptado. Soy una persona un tanto inadaptada. Soy casi un autista”, asegura.

 

Testigo de tiempos

Lopus Diarakato menciona que nunca aprendió a sumar, restar ni a dividir, pero sí aprendió a soñar, a creer en sus sueños y a realizarlos hasta cierto punto, en tiempos en los que hacerlo era toda una proeza.

Considera que existe una gran decadencia en el arte actual, que todo se ha politizado. Si no se milita en un partido, afirma, resulta difícil encontrar respaldo.

Para su fortuna, logró obtener una jubilación por parte de la Universidad Autónoma de Sinaloa. También recuerda que le tocó abrir la escuela de pintura en Navolato.

“A mí me tocaron tiempos duros para emerger y para sobrevivir. Y vaya que sí. Ahora tengo 76 años y no me queda más que el retiro. He logrado relajarme y decir: ‘Bueno, pues se muere uno solo una vez’, y esa es una gran ventaja. La muerte es larga, un descanso bien merecido”.

“Tú date cuenta de la casa que tengo por fuera. Si no me han apedreado o quemado vivo, es un milagro. Pasan y me tiran basura, todo porque yo no exhibo dinero; exhibo imaginación, y eso me sale muy barato”.

Entonces, asegura que el arte es para él una forma de diversión con la cual podía expresar sus estados de ánimo y sus deseos. Le ayudó a construir una vida menos insípida, algo que hoy considera uno de sus mayores logros.

“Entonces, el arte para mí fue un escape. Una especie de deliciosa locura que sigo disfrutando aquí, en mi espacio, rodeado de arte y de árboles frutales. Y eso no es poca cosa”.

Artículo publicado el 21 de junio de 2026 en la edición número 25 del suplemento cultural Barco de Papel.

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