Se encontraban jugando futbol cuando, de pronto, ráfagas de disparos de arma de fuego se escucharon de fondo. Los niños ya sabían qué hacer: todos al suelo y a esperar la calma; el entrenamiento había culminado.
Había menores de entre 8 y 12 años, pero ese día se jugaban interescuadras y todas las categorías estaban reunidas. El hecho quedó grabado en un video de apenas unos segundos y fue difundido por noticieros nacionales. La videograbación no fue del agrado de algunos vecinos que piensan que se le daba mala imagen a la colonia Plutarco Elías Calles. Sin embargo, quien grabó el video no tenía la intención de documentar el hecho, sino a su hijo entrenando cuando los disparos irrumpieron.
En realidad, relata uno de los asistentes, en la cancha no era la primera vez que un hecho así ocurría. Cuando la violencia arreció en Culiacán, la casa de los papás de Markitos Toys, ubicada a unas cuantas cuadras de ahí, fue atacada a balazos. Los niños también siguieron el procedimiento que les habían inculcado ante hechos así: tirarse al suelo y esperar, instrucciones que fueron asimilando con el tiempo. Luego, en otra ocasión, sobre la calle Enrique Pérez Arce, unos hombres fueron perseguidos a balazos por sujetos armados. Por fortuna, ese día no hubo entrenamiento.
Dalia, madre de uno de los niños de 8 años, relata que su hijo no sabía qué hacer en el momento de los disparos. Su hijo es muy apegado a sus padres y desde que empezó la violencia su apego, a raíz del miedo, creció. No sale, cuenta la madre, si no es que lo acompaña alguno de sus padres, a pesar de que su casa queda relativamente cerca de la cancha.
“La verdad aquí sí se han escuchado muchos (hechos de inseguridad), aquí alrededor. De hecho, mi hijo es uno de los niños que ha estado como muy frustrado, de que ya no quería salir, pero también tenía problemas con él de que para todas partes ya le daba miedo y pues es mucha inseguridad, pero pues tienen que salir, no podemos tenerlos encerrados nada más”.
Al momento de la balacera su hijo no sabía qué hacer, dice. Con señas le indicó con la mano que se agachara y este obedeció. Algunos otros niños, relata Dalia, se desperdigaron con el sonido de las balas, hasta que el entrenador echó el pitazo y les ordenó que se agacharan. Fue poco tiempo, dice una de las vecinas: solo el sonido de dos descargas.
Después de eso, los niños empezaron a querer llorar. El entrenador los reunió y comenzó a platicarles sobre futbol para que se tranquilizaran. De ahí, todos a sus casas; los acompañados por sus papás volvieron con ellos y, para los que llegaban solos, era mejor hablar con los padres para que vinieran por ellos y devolver la llamada cuando ya estuvieran en casa.
Algo similar vivió el señor Guadalupe. Acababa de llegar a la casa de su madre cuando escuchó los disparos en la colonia. Acudió rápidamente a la cancha y encontró a su hijo y a su esposa recostados.
“Me había espantado porque se había escuchado muy cerquita de aquí y me espanté porque todo mundo estaba tirado y no sabía nada todavía”, relató. Después supo que se había tratado de un ataque a balazos contra un lugar de la zona.
Cuando las detonaciones ocurrieron, cuenta Ana, tuvo la suerte de que su hijo, de 8 años, estuviera cerca de ella y lo resguardó. Aun si hubiera sido cualquier otro niño que estuviera cerca de ella, habría hecho lo mismo porque, asegura, cualquier mamá que hubiera vivido aquello habría actuado igual. Ella, a su vez, se tiró al suelo cubriendo también a su bebé en brazos.
“Es indignante que tengamos que vivir así siempre: siempre a la defensiva. Porque sales de tu casa y realmente no sabes si regresas, y más porque sales con los hijos, pero no podemos quedarnos encerrados, ellos tienen que hacer deporte, hacer dispersión, ir a la escuela, tienen que convivir, aun cuando hay gente que opina ¿que para qué salen? Porque el ser humano no está para estar encerrado, uno tiene que convivir, tiene que sentir, escuchar, ver otras cosas, lo normal es esto”.
Las canchas de la zona fueron rehabilitadas con la intención de fomentar la convivencia, pero a opinión de Ana la inseguridad es una cuestión que persiste a pesar de ello. Puso como ejemplo el caso de los militares, pues dijo que tanto el día de los hechos como el día en que se realizó esta entrevista ocurrieron situaciones de violencia.
La frustración de Ana
Si ella pudiera garantizarles una cosa a sus hijos, afirma, sería la seguridad, algo fuera de la realidad violenta que, para evitar decir que es normal, considera ya habituada a su cotidianidad.
“Si tuviera yo la posibilidad de irme y garantizarles a ellos un lugar en donde van a tener la seguridad en esa cuestión, yo sí me fuera, pero realmente en México no hay un lugar seguro, la verdad”.
Uno de los instructores menciona que cuando se empezaron las labores en el lugar también había comenzado todo el tema del repunte de violencia. Los niños escuchaban balaceras y empezaban a llorar, a tener crisis nerviosas; de un tiempo para acá los niños ya empiezan a verlo como algo normal.
Una de las situaciones que más le impactó fue escuchar a algunos de sus alumnos, referirse a los hechos violentos como algo cotidiano.
“Incluso algunos niños, te estoy hablando de 8 o 9 años, me hicieron el comentario de que ya es normal. Me quedé pensando hasta qué punto hemos llegado, porque los niños no deberían llegar a normalizar estas cuestiones”, expresó.
Consideró que la rehabilitación y construcción de espacios deportivos para los jóvenes representa una estrategia más efectiva para atender las causas de la violencia, a diferencia de la presencia de fuerzas militares, cuya actuación, a su juicio, no ha dado resultados.
Aseguró que uno de los mayores retos que enfrenta es mantener a los niños vinculados al deporte cuando ocurren hechos violentos en la ciudad y estos dejan de asistir y dejan de aprender todos los valores que inculca el deporte.
“Una frustración, la verdad, es que uno venga trabajando en pro de que tengamos más niños, de estar sumando más niños para que practiquen deporte. Pasa un suceso y muchos dejan de venir o se ausentan por un tiempo, entonces la verdad que sí es frustrante”, expresó.
Señaló que a lo largo de los años ha observado cómo algunos menores terminan alejándose de las actividades deportivas por falta de atención y acompañamiento familiar. Relató el caso de un niño que destacaba por su talento en el futbol, pero que dejó de asistir a los entrenamientos y tiempo después lo encontró desempeñándose como “puntero” para grupos delictivos.
Días después, varios niños dejaron de asistir a los entrenamientos. Otros regresaron. Todos siguieron jugando futbol.
Artículo publicado el 07 de junio de 2026 en la edición 1219 del semanario Ríodoce.







