Los quistes ováricos son sacos llenos de líquido o material sólido, generalmente benignos, que se desarrollan en los ovarios, explica para Ríodoce la ginecóloga obstetra Merle Sánchez López. Casi siempre “son asintomáticos, no generan sangrados anormales, desbalances hormonales ni infertilidad y son de aparición gradual”.
Se trata de hallazgos únicos sin relación con el Síndrome de Ovario Poliquístico (SOP), un trastorno hormonal y metabólico, que se caracteriza por alteraciones menstruales, exceso de vello en zonas poco comunes, acné, y dificultad para lograr un embarazo. En el SOP, detalla la especialista, se observan numerosos quistes pequeños “de 13 a 18 (quistes), con una distribución periférica”.
Los quistes ováricos, se dividen en: funcionales y patológicos, explica; y su abordaje —con vigilancia, tratamiento farmacológico o cirugía—, depende de sus características por ultrasonido vaginal, del tamaño, contenido y sintomatología. Cuando son mayores a 10 centímetros su tratamiento es quirúrgico, debido que “tienden a torcerse o reventarse” (principales complicaciones), resultando en una “urgencia quirúrgica”.
Funcionales: Son los más comunes y forman parte del ciclo menstrual, como los quistes foliculares. “Suelen resolverse en dos o tres ciclos posteriores a la consulta, sin fármacos y no ocupan cirugía”, precisa, con un manejo de vigilancia por ultrasonido.
Patológicos: son masas que “contienen componentes sólidos, espesos, tabiques (paredes divisorias)”, o de aspecto mixto, originados por un error celular o por enfermedades como la endometriosis. Requieren estudios complementarios, como marcadores tumorales en sangre, “que me hablan sobre la actividad dentro de ese quiste” y, con mayor frecuencia, tratamiento quirúrgico, detalla la doctora.
Quiste hemorrágico: Son lesiones benignas que, aparecen cuando el folículo, “tras la ovulación se llena de sangre, por lo general, se reabsorben por sí solos y no provocan síntomas importantes, y se mantienen solo en vigilancia”.
Teratoma (quiste dermoide): Se divide en maduro (benigno) e inmaduro (potencialmente maligno), su contenido incluye tejidos como “pelo, grasa, hueso o cartílago”. Independientemente de su tamaño, “siempre van a requerir cirugía, porque, no tendría por qué haber” esos tejidos dentro del ovario, destaca Sánchez López.
Son cirugías de mínima invasión, procurando conservar al máximo el tejido ovárico, para no dañar su función, explica la especialista.
Quistes malignos: Son tumores cancerosos (carcinomas) poco comunes, que se desarrollan en diferentes partes del ovario a partir de células anormales. Se asocian con mayor riesgo de crecimiento rápido, propagación a otros órganos y diseminación, añade la obstetra.
Su diagnóstico se da a partir de hallazgos por ultrasonido y en biomarcadores, y su tratamiento es “estrictamente quirúrgico”.

DRA. MERLE SÁNCHEZ LÓPEZ.
Endometriomas (quistes endometriósicos): Se forman cuando tejido similar al endometrio, la capa interna del útero, se implanta en el ovario. Su tratamiento, explica la especialista, depende del tamaño: “cuando es pequeño, nada más te voy a vigilar” su crecimiento, además del manejo farmacológico. Sin embargo, cuando mide más de 10 centímetros se programa cirugía. Su presencia indica endometriosis, una enfermedad crónica benigna relacionada con dolor pélvico crónico, cólicos menstruales incapacitantes, sangrados abundantes e infertilidad.
¿QUÉ ES EXACTAMENTE LA ENDOMETRIOSIS?
Sánchez López define a la endometriosis como la presencia de tejido similar al endometrio, la capa interna del útero que se engrosa cada ciclo para recibir un posible embarazo, fuera de la cavidad uterina, en sitios como ovarios, trompas, recto, vejiga o intestinos. Ese tejido “ectópico”, “responde durante el ciclo igual que el endometrio, y sangra en cada menstruación, pero al estar fuera del útero la sangre se encapsula, provocando inflamación y dolor crónico, y adherencias”.
Según estimaciones, esta patología afecta a una de cada 10 mujeres en edad reproductiva. Su origen no está claro, pero existen varias teorías, como la menstruación retrógrada (“sangrado que, en lugar de salir por la vagina, sale por las trompas hacia los lados”), así como factores genéticos e inmunológicos, explica la especialista.
Uno de los principales síntomas es el dolor menstrual incapacitante, que impide las actividades diarias, y no cede ante los analgésicos comunes, acompañado de dolor pélvico constante, dolor al tener relaciones sexuales, estreñimiento e infertilidad.
Esta patología se clasifica en leve, moderada y severa, según la extensión de las adherencias, y su diagnóstico es complejo: parte de una “historia clínica minuciosa”, y con frecuencia de “hallazgos durante cesárea” o endometriomas por ultrasonido.
La atención a pacientes con endometriosis debe ser multidisciplinaria: con sicología, ginecología y biología de la reproducción cuando se busca un embarazo, indica.
Al ser una enfermedad que “no tiene un origen claro su tratamiento se centra en el alivio del dolor y la inflamación”, mediante analgésicos y antiinflamatorios, así como anticonceptivos hormonales, que “disminuyen el crecimiento y el sangrado del tejido endometrial, y los cólicos”.
Cuando hay un endometrioma grande, quiste roto o infertilidad asociada, la cirugía —por lo general laparoscopía— se usa como recurso “de últimas” como diagnóstico y tratamiento: “se retira el quiste, se cauterizan los focos de endometrio o se retiran las adherencias que mantienen pegados ovarios, trompas e intestino, para aliviar el dolor y mejorar las posibilidades de embarazo”. Sin embargo, advierte que la cirugía “no es vitamina”, ya que las lesiones pueden reaparecer con el tiempo; la recurrencia depende de la severidad del cuadro y los brotes de endometriosis.
La ginecóloga obstetra hace especial hincapié en la “medicina preventiva”, para que los hallazgos sean detectados a tiempo y evitar complicaciones futuras, con revisiones ginecológicas anuales.
Artículo publicado el 28 de marzo de 2026 en la edición 98 del suplemento Gula.






