Malayerba: Una de un cuerno

Malayerba: Una de un cuerno

Era una buena paga por el raite. Había que llevarlo a Mazatlán. Nada más: un lote de joyas, el maletín con diez mil dólares y un agente del ministerio público bien pedo.

Doce de la noche. La ram charyer estaba nuevecita y recién lavada. Ciento setenta kilómetros por hora por la costera. Una hora y veinte de camino para una buena paga. Cinco mil pesos y un cuerno de chivo.

A la una y media ya estaba el tipo roncando y ahogado en ese colchón de agua. Pero antes de dejarse caer sacó la paga y entregó el fusil marca Norinko en muy buen estado. Antes de darle las gracias ya estaba de viaje con Morfeo.

Decidió aprovechar el tiempo. Un taxi a la central y de ahí en transporte a Culiacán. Dos de la mañana. Hizo cuentas. A las cinco estoy allá. Sin pensarlo más desarmó: el cargador en la espinilla derecha, otra parte del cinco para abajo, aprovechando el pantalón bombacho, y otra más en el costado derecho, bajo el brazo.

Y emprendió la huida. Algo nervioso pero decidido abordó el camión. Interiores más o menos decentes, monitores mudos de televisión, aire acondicionado y baño. Pocos pasajeros.

Quién viajaría a las dos de la mañana, pensó. Con un cuerno desarmado entre las ropas e impidiendo los movimientos normales del cuerpo. Cinco mil pesos en la bolsa.

Pero se tranquilizó cuando recordó el viaje de ida. Ese lote de billetes verdes en el enigmático maletín negro. Un fiscal federal que sabía meterse en broncas pero nunca podía salir de ellas solo. Algo así como un buscabullas desobligado. Capaz de abandonar la bronca y dejarlo todo, incluidos los que se metieron por él.

Dormitó a ratos o fingió hacerlo. Como en las películas, revisaba su entorno sin abrir completamente los ojos. Fingía moverse con el vaivén del camión, pero solo era para cambiar de posición y revisar mejor a su alrededor.

Pero nada a medio camino. Puras cabezas asomando sobre los respaldos. Todo quietud y silencio. El ruido del motor lo mayoriteaba todo. Una música tenue viajaba sigilosa entre los rincones de la unidad.

De repente fue necesario detener la marcha. Adelantito de la caseta de cobro de San Lorenzo unas torretas marcaron el momento. Esto es una revisión señores, gritó el uniformado. Algunos se incorporaron. Otros solo movieron sus cosas, preparándolas para el manoseo.

No supo si eran militares ni quiso verlos. De reojo los miró hacer bola en la entrada del autobús. Vio otros siete abajo, bien armados. Es un dedo. Alguien me puso el dedo. Pero no. Luego se calmó y encontró la opción.

Se acomodó de tal manera que pareciera que estaba plácidamente dormido y en pleno babeo. Estiró las piernas y se puso boca arriba. Antes revisó que nada del Norinko asomara. Este pantalón bombacho y la chamarra encima me van a salvar.

Pero ni lo revisaron. El que se acercó se le quedó viendo apenas unos segundos. Hurgó a tientas en el espacio donde se acomodan las mochilas. Y sin decirle nada se retiró como llegó.

En la central los detectores de metales no servían y lo sabía. El taxi lo llevó a su casa por setenta pero él soltó cien.

Su madre lo recibió en la sala y con las luces prendidas. Qué es eso, mijito. Asustada miró el arma. Nada amá, un pinche cuerno que me regalaron. Ah bueno. Y se fue a dormir.

Artículo publicado el 03 de mayo de 2026 en la edición 1214 del semanario Ríodoce.

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