Educación rural en la sierra: entre la violencia y la migración

Educación rural en la sierra: entre la violencia y la migración

A él también le tocó enredarse en eso del narcotráfico. Estuvo en el trote muy poco tiempo, y fue antes, mucho antes de ser maestro. En aquel entonces aún era joven. Se crio en la sierra de Sinaloa, cobijado por la espesura de los cerros enverdecidos durante las temporadas de lluvia. Allá en el rancho, a medida que uno crece, las posibilidades de trabajo son pocas: te dedicas a la tierra o al ganado, no hay de otra. En casa también aumentan las necesidades —subsistir en la sierra no es sencillo— y de algún lado tiene que fluir el dinero.

“¿Qué terminas haciendo?”, pregunta. Conseguir un trabajo que a lo mejor no sea del todo legal, pero algo que te permita obtener ingresos económicos inmediatos y continuar con los estudios para tu proyecto a largo plazo. En su caso: dedicarse a la docencia. “Y acá es como que, si no hay de plano nada, terminan en eso”.

Por aquellas regiones, las comunidades respiran junto a los caudillos del narcotráfico. Es común —y no espanta— ver a los hombres enriflados andando por los caminos o a los propios padres lidiando con el peso de una escuadra que les cuelga del pantalón. No es algo nuevo para los pobladores; ahí se crían y reconocen el fenómeno como algo usual, del día a día. Esta proximidad no se ve necesariamente como algo ajeno o delictivo, sino como un elemento de su realidad inmediata ante la falta de otras oportunidades.

Incluso cargar con un “radio” tiene una connotación distinta que en la ciudad; en las urbes, andar con uno de esos aparatos prendidos es motivo de comentarios: fulanito anda chueco. Allá, más que un lujo o un objeto exclusivo del aura criminal, el radio es la herramienta de comunicación fundamental. Cualquier persona común maneja líneas, ya sean de corto o largo alcance, debido a que, ante la escasez de otras tecnologías, es el único medio para mantenerse conectado entre comunidades.

 

El vacío escolar

En todos sus años como maestro rural, cinco de sus exalumnos perdieron la vida a causa del ajetreo del narcotráfico. Pese a haber terminado sus estudios en telesecundaria, tomaron malas decisiones —lamentó—. El conflicto entre chapos y mayos ha ido concentrando su enemistad en diversas regiones del estado; durante los episodios de conflicto, a la mayoría de la población ajena a la disputa no le queda más opción que refugiarse en sus hogares y esperar a que los días amargos terminen para poder salir.

Sin embargo, aquellas familias que tienen una relación directa con el conflicto o que se encuentran del lado “perdedor” son las que suelen abandonar los ranchos, lo que provoca el deterioro de las comunidades y un ausentismo en las aulas.

Entre mayo y junio del año pasado, el conflicto se trasladó de Culiacán a Choix, específicamente a Bacayopa, registrando un ausentismo total donde las escuelas de todos los niveles (preescolar, primaria, secundaria y telebachillerato) cerraron sus aulas por aproximadamente un mes. Una telesecundaria en la zona de Choix —detalló— que tenía 58 alumnos en 2013, para el 2024 solo contaba con 13.

Otro de los factores que determinan la baja de alumnos a largo plazo no se concentra únicamente en los fenómenos de violencia, sino en la precariedad económica. Familias completas optan por trasladarse hacia ciudades como Los Mochis, Hermosillo, Obregón o Los Cabos en busca de otras oportunidades laborales. Además, muchos han aprovechado procesos de asilo político para emigrar a los Estados Unidos, lo que termina por vaciar las aulas en la sierra.

Existe, además, otro tipo de desplazamiento; estos suelen ser temporales y están ligados a los ciclos agrícolas. Por ejemplo, en comunidades de Sinaloa de Leyva, los alumnos junto a sus familias se desplazan durante seis meses hacia los campos de Playa Ceuta, en Elota, para trabajar la tierra. Al terminar la temporada de cosecha, regresan a sus comunidades de origen para continuar con sus estudios. Este flujo, que se reproduce año con año, atrae a familias migrantes de otros estados como Guerrero, Oaxaca y Chiapas.

 

Aislar la educación

En medio de todo ese espesor quedan los maestros rurales. Uno de los mayores retos dimana en el aspecto personal, ya que deben acostumbrarse a vivir lejos de su familia y establecerse en comunidades como Badiraguato —región donde los conflictos imperan—, lo que genera preocupaciones constantes por su integridad física. El impacto es tal que el sindicato ha tenido que implementar “códigos” especiales para proteger y reubicar a los docentes cuando las condiciones de seguridad desaparecen, permitiéndoles trabajar en zonas más seguras como Culiacán.

Estos sistemas de protección, aunque necesarios, dejan varada la educación de los jóvenes en las comunidades. Al no poder ingresar los maestros, los estudiantes quedan atrapados en su contexto, lo que acelera el desplazamiento hacia otros lugares y provoca un grave deterioro social. En comunidades como El Píchol, en Choix, de un promedio de 100 casas que existían, actualmente solo habitan cerca de 20. Esto significa que el 80 por ciento de las viviendas están vacías.

“Ahorita muchas comunidades de la sierra están cerrando escuelas por lo mismo, porque baja la matrícula, la gente por violencia y que no hay ingresos económicos prefieren bajar, o la migración. Por ejemplo (…) tengo un grupo de WhatsApp con exalumnos y somos 40; 28 o 30 están en Estados Unidos de manera ilegal, otros con permisos, otros con visa de viajero, pero que allá se quedaron y pues son muy pocos los que están en comunidad”.

Artículo publicado el 11 de enero de 2026 en la edición 1198 del semanario Ríodoce.

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