En el Paseo Agricultores, foco rojo en la narcoguerra, las víctimas de la violencia sobrellevan sus vidas mirando al vacío
De trampolín a trampolín, las dos niñas saltan. En cada brinco, los resortes rechinan; sus falditas se elevan y, al caer, ríen. En cada tropezón se les enrojecen las rodillas, no importa, responden con una sonrisa y regresan a lo suyo. Desde hace días se habían preparado para esa noche: la abuela las peinó, les recogió el cabello para que no les molestara en el rostro, y de su clóset sacaron las mejores prendas.
Son nietas de un albañil. Sus ojos fatigados pendulean; las sigue con la mirada de un lado a otro. Se sentó en primera fila para verlas, está cumpliendo su promesa de llevarlas a jugar. Su ropa y brazos están aún escarchados de mezcla blanca, y entre sus uñas el cemento ya se endureció; se siente la pesadez de un día largo. La abuela las mira cabizbaja, con el rostro ausente y en un estado naufragante.
El abuelo, escarba entre sus memorias y le burbujean los pensamientos: no tiene mucho, hace unos meses, aquellas gentes le levantaron a su único hijo, tenía 25 años. No tardó en aparecer, al día siguiente, estaba haciendo fila en el Servicio Médico Forense (SEMEFO) para identificarlo: “aquí está uno y parece que sí es”, le respondieron. En cuanto lo vio, acostado sobre la plancha con el cuerpo apagado supo que era su hijo.
“Así fue… yo de pérdida lo que sí le agradezco a Dios, de perdida que lo encontramos. Porque imagínese que estuviéramos todavía buscándolo y buscándolo, y esperando a que llegue, que cómo estará, que regrese, esto y aquello. Nombre, está difícil”, sus ojos se volvieron a apagar.
Nunca supo si anduvo enredado; en realidad —se sincera— no sabe por qué lo mataron. Su hijo tuvo problemas de adicciones y constantemente lo internaba en centros de rehabilitación: ahí lo dejaba unos meses y luego lo sacaba. Lo traía de arriba para abajo, trabajando con él en la albañilería. Si veía que volvía a andar mal, lo regresaba a los centros. Cuando se lo mataron, tenía poco que lo había sacado.
Para acabarla, el trabajo se le ha complicado. A las pocas semanas de que la violencia ventiló su hedor, perdió su empleo en una construcción. Con sus 52 años bien distribuidos por el cuerpo, no le queda de otra que agarrar lo que pueda: no es pintor, pero puede pintar. Puede cavar un hoyo y hasta levantar una casa; lo que importa es llevar algo de dinero. Trabajo no falta, es cuestión de pellizcarle por aquí y por allá, pero ya no es como antes.
Una feria triste
Él y sus nietas son los primeros clientes de David. Junto a su familia, tiene su feria sobre el bulevar Agricultores, al sur de Culiacán. Los juegos mecánicos de colores saturados exhiben los dibujos animados más apreciados entre los niños. El trenecito, sillas voladoras y un barco pirata lucen iluminados en medio de los extensos carriles del bulevar. Las cadenas y tubos que, de ciudad en ciudad, se van levantando, construyen alegrías para la gente de las colonias y, claro, alimentan el hogar de David.
Desde niño conoce el campo de Maravillas, en Hidalgo, ahí nació y trabajó las tierras junto a su familia, pero no vio futuro en la agricultura. No avanza uno —se dijo—, al contrario, se queda estancado. Con 8 años, dejó la azada y la pala, para entrar a trabajar con un amigo en un cine ambulante, de esos que iban de pueblo en pueblo proyectando películas. Desde niños, él y sus hermanos, tenían que hacer los trabajos de la gente grande.
Después, a los años, entró a los negocios de los juegos mecánicos, trabajó años hasta que decidió no ser más un empleado y tener su propia feria. “Voy a hacer algo por mí porque pues ahora sí que de trabajador nunca sale uno”, se propuso.
Mantener su negocio no es sencillo, y menos en medio de una apretujada violencia. La mayoría de los días son malos: no saca ni un peso, y hay que estirar los pocos ahorros que le quedan. Hace su intento, no hay más. El ingreso es precario; los pesos exprimidos, solamente son para comer y solventar gastos. En días buenos, puede sacar entre mil y 2 mil pesos, pero actualmente es difícil.
El bulevar Agricultores fue un foco rojo para las autoridades durante los primeros meses de la guerra entre el Cártel de Sinaloa. “Bulevar de la Muerte”, le llamaron algunos. Sirvió de campo de batalla entre narco y narco, y entre narco y gobierno.
Homicidios, persecuciones y enfrentamientos en medio de horarios escolares fueron el platillo principal. Esto abonó a una percepción de inseguridad que el gobierno ha estado intentando mitigar con la presencia de Guardia Nacional recorriendo los parques.
David, reciente esos rasguños. Para las 9:00 de la noche, el bulevar luce vacío. De lado a lado, sobre la calle, desfilan los convoyes de militares; los estrobos prendidos anuncian el patrullaje. Esa noche, a pocas cuadras, un hombre fue atacado a balazos: su vida terminó en un hospital.
En el fondo, resurgen las carcajadas; en cada salto las niñas amplifican su diversión. Sus abuelos no despegan la vista. Entre tanto caos, ellas son la chispa que los mantiene con ánimo.
Artículo publicado el 16 de noviembre de 2025 en la edición 1190 del semanario Ríodoce.







