“Odiseo, vamos a conocer tu Ítaca”.
César López Cuadras. La novela inconclusa de Bernardino Casablanca.
El Ñacas y el Tacuachi, los sicarios a la orden del monero Ricardo Bobadilla, forman parte indiscutida de la cultura sinaloense desde hace años. A pesar del contexto en el que se desarrollan las aventuras de estos personajes, sería un error reducirlos al gueto de la mal llamada subcultura del narcotráfico.
Es verdad que la pinta de ambos, sus expresiones y profesión remiten al crimen organizado, y seguro habrá quien encuentre en ello algo censurable. Pero el Ñacas y el Tacuachi no son maestros de ética, entendieron que el crimen existe y no necesita permiso. Por eso no se ven a sí mismos en términos de buenos y malos.
Desde Durkheim sabemos que las conductas antisociales, y entre ellas el delito, solo pueden existir dentro de una comunidad que las engendra y sufre. Escribe Élmer Mendoza en La prueba del ácido: “… la sociedad del delito es sorda, ciega, muda y acomodaticia”. Ahí radica el éxito de Bobadilla, en la maestría para reflejarnos a todos en su tira cómica. Parece recordarnos lo que la introducción de la serie de tv Millennium nos echaba en cara: “esto es quien somos”.
Esa honestidad es la que también caracteriza a la novela negra, al menos a cierta parte. Es la que teje la credibilidad del Palermo de Sciascia, la Nueva York de Auster, la Atenas de Márkaris, el Ystad de Mankell y, por supuesto, Guasachi de César López Cuadras.
En ese Guasachi de calores extremos, cervezas de a cuartito y buenos mariscos, en esa comunidad a medio camino entre rancho y ciudad, ahí bien podrían haber vivido el Ñacas y el Tacuachi. No veo por qué no habría de dibujarlos el Bobadilla, con ese trazo líquido que los caracteriza, entrando en la Damajuana a comer camarones secos con salsa Guacamaya y echarse unas Pacífico.
Y con esta me despido, gracias a todos.
Artículo publicado el 19 de octubre de 2025 en el suplemento cultural Barco de Papel.



