Neruda: vida, cielo y alma

Neruda: vida, cielo y alma

Los detalles de la vida fueron siempre hallazgos desde los primeros años, desde la infancia, entre los majestuosos bosques, paisajes y desfiladeros de las elevadas cumbres del Sur. Vibraba la etérea y realista grandeza de la existencia. Las altísimas y densas montañas, verdes en el entorno, azules en la lejanía, y el infinito cielo estrellado de las noches de vigilia y sueños y la voracidad del espíritu en busca de misterios y signos, parecía que oteaban el territorio, el inmenso horizonte de los ensueños y las comunes vidas particulares, extrañadas aquellas alturas milenarias, como si en verdad eso fuese posible. Montes, fronda, ríos, valles y fastuosos árboles de épocas inmemoriales, siempre emitían sonidos, cantos, gemidos, ecos, sustancia, vitalidad. Eran tiempos de una procaz, extraña y azorada juventud.

En nuestro caso, pues, desde los años mozos y entre los parajes, lagos, lagunas, ojos de agua y vericuetos de la Sierra Madre del Sur, tuvimos la fortuna y el privilegio de empezar a entonar los versos de las floridas letras de Pablo Neruda. Un sabio y duro maestro del pueblo de la frontera, un inolvidable profesor a quien le decíamos tío, Don Erasmo Escobedo, emérito director de la memoria y de la Escuela Primaria “Justo Sierra”, nos abrió su corazón y su biblioteca. Poco a poco nos acercamos a los brillantes sones de las letras de Ricardo Neftalí Reyes Basoalto, y de otros grandiosos poetas, que también de forma paulatina fueron encontrando acomodo, pasarela, prestancia y pose entre las representaciones del imaginario personal. Desde aquella distancia aún evocamos y sentimos con asombro a las emociones, a las límpidas imágenes y sus desfiles de encanto, saudade, nostalgia de paraísos utópicos, melancolía y hasta desencanto, y a la sublimada ensoñación vital en la que siguen tiritando, azules, y de más íntimos tonos y colores, los recuerdos a lo lejos.

Más allá o más acá de que nos proyectemos, freudianamente, nos extasiemos o simplemente cantemos que también y aunque sean nimias odas y prosopopeyas, aún podemos escribir, imaginar o soñar los versos más tristes esta noche, o más sublimes esta tarde o quizá más infinitos esta mañana, en nuestra perspectiva Pablo Neruda es uno de los poetas más representativos, por contenido, formas y sentido, que se ha dado a sí misma la humanidad. Un auténtico poeta orgánico, en la idea gramsciana. No sólo desde el contexto de la sociohistoria, sino desde las entrañas de la sociedad, de la tierra y de la vida como símbolo, legado, recreación y genialidad de una esfera especial de la cultura y del arte. Ha sido, es, un Poeta del imaginario colectivo mundial, de lo humano y de la Humanidad. Y quizá el más conocido, leído y recitado en la historia de las letras del mundo. Lírica transparente y honda de los sentimientos abigarrados a flor de piel como los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, que se publicó cuando el poeta aún no cumplía los 20 años de edad y que en 1960 ya se habían editado y vendido más de un millón de ejemplares. Son datos que muestran por sí mismos partes del fulgor, la fuerza y la potencia creativa de un autor.

El enorme personaje que recibió las más altas distinciones, premios, reconocimientos y homenajes en múltiples países e instituciones, incluido el Premio Nobel de Literatura, fue siempre un hombre y ciudadano del mundo y del pueblo y por consecuencia de izquierda, y actor de gran influencia política en la entrañable patria chilena. Recorrió continentes, países y territorios, incluido casi todo México, para beneficio y enriquecimiento de su magistral y vasta obra. Fue senador por el Partido Comunista y diplomático en varias naciones. Como anécdota, su campaña electoral la hizo (según fuesen la región y el hábitat), construyendo, hilando y recitando versos espontáneos, odas y poemas y no los trillados discursos de propaganda electoral. Amigo entrañable del presidente Salvador Allende, que fue derrocado en el golpe militar dirigido por el general Augusto Pinochet el 11 de septiembre de 1973, y que dejó miles de muertos chilenos, fue también un durísimo y fatal golpe para Neruda, quien falleció de tristeza, pena, dolor y otros males unos días después, el 23 de septiembre.

El prolífico autor de Residencia en la Tierra, I y II, con sus sombrías telarañas de angustia, desazón e instinto y que borda desde su estancia en el lejano oriente, fue una perenne expresión lúdica y sublime desde la poiesis, incluso en su forma prosa, como en la inmensa obra maestra Confieso que he vivido. Y que explaya una inherente prosa poética, con anécdotas, vivencias, convicciones y confesiones que desbordan géneros y que siguen embelesando sensibilidades, almas e intelectos en todos los idiomas del mundo. Empero, la esencia de su obra será un eterno canto al amor y a la vida, a los ensueños, a la esperanza y sus halos; versos que fueron como las venas comunicantes con el resto de los seres vivos, encanto y canto vital y sublime de un espíritu libre con sueños de humanidad. Incluso en esta era posmoderna de vértigo, tecnología y ruido, extasiados en la frescura y sencillez de estilo, algunos aún escuchamos, por ejemplo, que “el viento de la noche gira en el cielo y canta”.

Artículo publicado el 21 de agosto de 2025 en la edición 16 del suplemento cultural Barco de Papel.

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