Se dice, con razón, que lo verdaderamente difícil no es crear arte, sino lograr que el público asista y se conmueva ante la sublime manifestación de la sensibilidad humana. Si bien la creación artística exige talento, disciplina, pasión, compromiso, interés y un sinfín de virtudes más, ninguna de ellas garantiza, por sí sola la presencia de espectadores en una sala de teatro, en un concierto o ante una obra pictórica en una galería.
Desde que el arte fue concebido como lenguaje simbólico, surgió con él la necesidad de un destinatario: un alma receptiva capaz de poder dialogar con la obra. El arte, como todo acto de comunicación, requiere imperativamente de otro.
Ya en tiempos de Pericles, en la Grecia clásica, los teatros se abarrotaban de ciudadanos —algunos con capacidad hasta de 17 mil asistentes— ávidos de presenciar tragedias que aún hoy nos estremecen. Existen relatos que afirman que se cobraba la entrada, salvo a los esclavos, cuyo acceso era financiado por sus amos o por el propio Pericles con fondos del Estado. Aunque algunos historiadores ponen en duda esta versión, lo cierto es que, desde entonces, la figura del público ha sido materia de debate.
Es celebre la expresión que data desde el siglo XVI: “Mucha mierda”, que no era sino una forma peculiar de desear éxito a los actores. La frase aludía de forma literal a la cantidad de estiércol de los carruajes de la aristocracia congregada a las funciones teatrales. A mayor acumulación de excremento que descargaban los caballos, mayor era la concurrencia. Hoy la frase persiste como una suerte de bendición escénica entre colegas.
En tiempos recientes, dos acontecimientos excepcionales impactaron de lleno en la vida humana y el arte no fue la excepción. La pandemia por COVID-19 obligó a cerrar teatros y foros por años. Si bien se intentaron formatos virtuales, la experiencia estética del teatro —íntima, viva, irrepetible— jamás pudo trasladarse al plano digital. La ausencia del espectador no fue sólo física: fue también una herida simbólica. Numerosos factores explican la escasa asistencia en muchos casos a eventos culturales, incluso cuando la promoción es adecuada y el producto artístico es de gran calidad. La investigadora teatral y antropóloga, Dra. Lucina Jiménez, aborda este fenómeno en su libro Teatro y públicos: el lado oscuro de la sala, donde expone de manera lúcida la complejidad de esta crisis multifactorial. Un ejemplo que nos resultó particularmente revelador fue su análisis de violencia en el entonces Distrito Federal durante los años noventa, cuando la inseguridad disuadía a las audiencias de asistir a teatros, cines o conciertos, lugares que se convirtieron en blanco frecuente de la delincuencia.
Este fenómeno resuena con lo vivido en nuestra ciudad, Culiacán. Tras ya una decena de meses marcados por el miedo y el aislamiento forzado por la violencia, muchos eventos culturales fueron cancelados. Sin embargo, de manera paulatina y gracias al esfuerzo sostenido de instituciones como el Instituto Sinaloense de Cultura, la Universidad Autónoma de Sinaloa, la Sociedad Artística Sinaloense y otras instancias, el público ha comenzado a regresar. Vuelve, sí, con cautela, pero también con la firme voluntad de recuperar los espacios de encuentro y convivencia que nos configuran como sociedad. Por ello ha sido profundamente alentador constatar cómo, en fechas recientes, diversos foros culturales han logrado congregar nuevamente a los espectadores. La edición del Festival de Monólogos subvencionado por el INBAL, el ISIC, y el Ayuntamiento de Culiacán, registró llenos totales durante sus siete jornadas en el Teatro Socorro Astol. Las actividades al aire libre frente al edificio central de la Universidad Autónoma de Sinaloa en el marco del Festival Internacional Universitario de la Cultura, gozaron de notable asistencia. El teatro Pablo de Villavicencio, por su parte, vibró con Su majestad El Mariachi, acompañado por la OSSLA. Y así, muchos otros eventos más.
Vivimos aún tiempos complejos, la resiliencia permea, pero como en la caja de Pandora, “¡nos queda la esperanza!” y nos basta por ahora, la convicción de que el arte seguirá encontrando caminos para conmover, reunir y transformar.
Artículo publicado el 14 de julio de 2025 en la edición 14 del suplemento cultural Barco de Papel.



