A la central de comunicación de la Policía llegó el reporte: los vecinos de la colonia 4 de Marzo estaban reportando la presencia de cuatro o cinco personas, en un automóvil largo, tipo marquisón, a media calle, con la música a todo volumen.
No tengas miedo porque soy de Sinaloa/ en vez de un antro te llevé a bailar tambora/ es que me tienes muy enamorado…/ por ti, soy capaz de bailar reguetón.
Dos de la mañana. La misma rola en la última hora: yo soy quien manda, no tengo patrón. Decía, repitiendo, como retahíla de homilía dominical.
Alguien berreaba, uno de los cuatro. Su voz buscaba opacar a la del cantante de Los Buitres. Lograba diferenciarse, nada más. Su voz nasal parecía la de un bebé ronco, un becerro herido. Pero lo hacía con sentimiento. Cerraba los ojos para alcanzar la entonación.
El ritmo norteño. El acordeón, la tarola de la batería, el bajo, la guitarra. Todos tocando aquel ritmo propio de los corridos, sencillo, pegajoso, subiendo al pedestal de los héroes a los chacas, los jefes, los de la lana, la escuadra con diamantes, el Nextel, las claves.
Y los cuatro, que no cinco, estaban en el interior del marquís, pisteando. En los alrededores del automóvil, sembrados, desparpajados, como veladoras de aluminio y vigías, cerca de veinticinco botes vacíos de cerveza, arrugados, muertos, en el suelo.
La comandante que estaba en el Departamento de Radio les avisó a los de la patrulla asignada al sector. Hay una denuncia. Los vecinos se están quejando de unos muchachos escandalosos que gritaban ajúas, que tenían la música a todo lo que daba el estéreo.
Váyanse para allá, le dijo al jefe de grupo de la patrulla. La oficial era gorda y alta. Desnalgada y malhumorada, pero con una espalda que parecía loza. Y una voz apantallante. Vaya por ellos y tráigamelos. Arreste a esos cabrones.
Asusórdenes mi jefa.
Los de la patrulla activaron los códigos, como les llaman a las luces de colores. Pero no la sirena. No querían alimentar el escándalo.
El jefe de grupo les dijo a los cuatro polis, Vamos a la 4 de Marzo, hay unos morros, unos plebes que traen un escándalo. Fácil: sométanlos, espósenlos y tráiganlos. A las celdas, a la barandilla. Órdenes de la jefa.
Órdenes son órdenes. No iban a poder sacarles una lana. Irían directito al grano, a la celda.
Los rijosos vieron las luces rojas y azules acercarse. Ahí vienen los pinches polis. Déjalos que lleguen.
Los cuatro uniformados rodearon el carro. Los de dentro permanecieron indiferentes, pisteando: el volumen en lo alto, dos de ellos, incluido el que berreaba, cantando, queriendo levantar la voz, burlescos y gritones.
No soy tan malo/ también tengo corazón/ Aunque el Gobierno me persiga sin control/.
El oficial se le acercó al del volante, pisando y pateando los botes vacíos. Una mano en la pistola escuadra. La otra con una linterna disparando hacia el volante y el rostro de aquel desconocido.
Saludó apenas. Le dijo, Hay una queja, van a tener que acompañarnos. En un movimiento aprovechó el trasluz y ya traía un arma niquelada en la mano. Le apuntó, lento y briago, al oficial.
Los otros cortaron cartucho. Los agentes tenían frente a ellos sendos fusiles automáticos.
Tragaron saliva. Que si le bajan el volumen. Alcanzó a decir, tartamudo.
No me da la gana.
Ta’bien jefe. Deben ser otras personas. No se preocupe. No se moleste. Vámonos muchachos. No es aquí, debe haber un error.
Y berreando, roncos y nasales, despidieron a los agentes: soy el que manda, no creas que tengo patrón.
Artículo publicado el 6 de julio de 2025 en la edición 1171 del semanario Ríodoce.






