En Dios no escucha el chillido de los cerdos, Alfonso Orejel se adentra en los pasadizos más sombríos de la naturaleza humana.
Con una prosa cruda y atmósferas asfixiantes, narra la historia de un asesino que secuestra y tortura niñas en una ciudad reconocible para quienes la conocen, pero sin limitar su lectura.
Hay calles, espacios, acentos, gestos que remiten a Los Mochis, pero sin nombrarlos. Le interesó más la atmósfera que el dato. La novela nace ahí, en su colonia, en su escritorio de madera vieja.
El título es una metáfora de lo que ocurre en la historia, pero también de lo que se vive cotidianamente. Hay un dolor que nadie escucha, una violencia tan común que se vuelve invisible.
“El chillido de los cerdos representa ese sufrimiento ignorado. Y el hecho de que ni Dios escuche, sugiere que estamos solos, que no hay redención. Es una imagen brutal, sí, pero honesta”, señaló Orejel.
“Escribir sobre violencia infantil es complicado, la literatura no está para confortar, sino para incomodar cuando hace falta. Yo no escribí esta novela para niños, claro que no, aunque ellos estén en el centro de la historia”.
Impactar al lector
Con esta novela, el autor de más de 20 libros, dirigidos al público infantil y adulto, quería que el lector sintiera el dolor, que se le metiera bajo la piel.
“El asesino, que se disfraza de conejo negro, no mata a las niñas, pero sí las atormenta y su violencia tiene una lógica simbólica. Él manda un mensaje con cada acto, como si desafiara al mundo.”, mencionó.
“Quise apostar por un realismo feroz. Ya había trabajado lo sobrenatural, pero esta vez me interesaba más el crimen como fenómeno social”.
La novela negra, señaló, es ideal para mostrar el deterioro de las instituciones, la corrupción, impunidad. En esta historia todos los personajes son grises, incluso los policías.
Tadeo, el investigador, es un hombre de 40 años adicto a la cocaína, marginado por su propio cuerpo policiaco, con un historial turbio. No hay héroes ni moralismos. Solo seres perdidos, que no encuentran su lugar en el mundo.
“Vivimos en un país donde la nota roja se consume como entretenimiento. Yo crecí leyendo las revistas Alarma, Alerta y desde ahí me formé. Pero una cosa es convertir el crimen en morbo, y otra usarlo como materia literaria para hacer una crítica”, señaló.
“No estoy aquí para dar sermones, sino para provocar preguntas. ¿Por qué la maldad está tan normalizada? ¿Por qué el crimen goza de cabal salud?, si una novela puede incomodar y hacer pensar, ya cumplió su papel”.
Escribir como profesión
Desde hace más de 15 años Orejel entendió que debía profesionalizarse y desde entonces no hace otra cosa más que eso, imparte talleres e incluso comercializa sus propios libros. Siempre tiene novelas y cuentos listos para poder publicarlos.
“No necesito estar en la Ciudad de México ni pertenecer a ninguna mafia cultural para escribir. Trabajo solo, como un lobo estepario, y así me gusta”, señaló.
“He logrado disciplina como escritor. No espero que nadie me subsidie. Vivo de mis regalías, de vender libros en ferias, dar talleres. Nunca he esperado que la musa me visite, porque eso es solo el 10 por ciento, el resto es sentarse a escribir. Esto lo entendí cuando cumplí 50 años y desde entonces no he parado”.
En la actualidad contó que tiene 23 libros publicados, 12 inéditos y cuatro más que hizo con el apoyo del Sistema Nacional de Creadores.
Artículo publicado el 04 de mayo de 2025 en la edición 1162 del semanario Ríodoce.






