Hace muchos años, en el inicio de este siglo, mi hijo llegó un día con una verdad que le parecía absoluta: Yo tengo dos papás, dijo. Papás, con acento. Más que sorpresa pensé en mí y su abuelo, entonces sí tenía dos papás. Pero no, se refería a algo que le dijeron en la escuela, el preescolar, que lo llevaba a concluir que tenía a su papá, yo, y al Papa –sin acento– al Papa Juan Pablo II.
-Tengo dos papás, dijo, tú y el Papa Juan Pablo II.
Son esos momentos en que te vuelves más papista que el Papa. Son justamente estos tiempos. Francisco está en todos lados. Murió Jorge Bergoglio y escribo mientras en el mundo se siguen en vivo las exequias de un hombre elevado casi a deidad.
Lo cierto es que la muerte de un Papa es en sí mismo un acontecimiento noticioso, porque es único –aunque se repite obviamente cada tantos años–, porque atrae a millones de personas y a centenares de hombres y mujeres poderosas en el mundo. Nadie mejor que la Iglesia Católica para montar un rito funerario espectacular, cargado de emotividad y explicaciones que le dan trascendencia.
Francisco, además, ya tenía ganado el cielo con anticipación –es una metáfora, aclaro para que no se piense que es literal. Ganó el cielo desde la visión católica desde el momento mismo de resultar ungido Papa y tomó el nombre de Francisco. Un nombre que en siglos ningún Papa se había atrevido a utilizar, entonces fue el primero. Un nombre cargado de austeridad, y eso buscaron imprimirle a todos sus actos.
Así se empezaron a interpretar muchos de sus actos, de la personalidad de Francisco y del personaje de Papa, como el hombre que llega a la silla de Roma como el transformador, el progresista que rechaza los lujos que caracterizan a la curía. Que no usa las sandalias del pescador y mantiene sus zapatos de siempre, lo mismo que su gastado maletín negro.
Al morir igual, imprime un acto sorpresa: pide que sus restos no se queden en la Basílica de San Pedro, como sus antecesores, sino fuera del Vaticano en un templo de Roma –en realidad bastante cerca, pero no con los otros papas. Es curioso, pero al final ese detalle de normalidad termina por convertir su funeral en uno de los más llamativos, porque además se le sumó el recorrido del Vaticano al centro de Roma.
Hoy todas las plumas se ocupan de Francisco. Del legado. Del futuro del poderoso imperio que es la Iglesia. Un imperio que ha visto como caen todas las potencias de la historia, incluso como ella misma lucha contra su inevitable anquilosamiento. Por eso la carga de interpretaciones a un Papa como Francisco. Uno que llegaría a reformar, a transformar, que escucha y habla sobre los temas que evade la Iglesia: Aborto, divorcio, homosexualidad, pederastia.
Margen de error
(México) Para un país profundamente católico como México, el suceso tiene una trascendencia particular. Solo como un ejemplo de la influencia que puede llegar a tener la Iglesia, basta con mencionar un suceso que podría sonar ridículo o banal si no fuera por la fuerte carga de impacto que conlleva.
En febrero de 2024, ya seleccionadas las dos candidatas presidenciales, la abanderada de la coalición PAN-PRI-PRD, Xóchitl Gálvez, divulgó su encuentro con el Papa Francisco. Viajó a Roma y se entrevistó con él, puso las fotografías y mostró su devoción: “Mi fe y mi religiosidad está por encima de cualquier oportunidad política”, escribió. A su vez el Papa le soltó una frase especial: “Celebro que usted tenga el coraje que tiene”, y además agregó: “Yo le deseo el mejor de los éxitos”. Todo visto en el contexto del inicio de la batalla por la presidencia de la República. El equipo de Xóchitl se encargó de darle una difusión gigante. Sumado a que su contrincante, Claudia Sheinbaum, no es católica.
El equipo de Sheinbaum se apresuró a obtener también un encuentro con el Papa, y lo lograron casi de inmediato. No podían dejar ningún cabo suelto, menos ese relacionado con la fe católica en un país donde se da una de las más grandes peregrinaciones del mundo, cuando se visita a la virgen morena. Y Morena logró ese encuentro. A Sheinbaum el Papa no le deseó éxito, pero dijo la candidata que le “regaló grandes consejos de vida”. Y se dijo ser lectora de sus libros que le dejan lecciones.
El Papa no le daría el triunfo a una u otra de sus visitantes, pero políticamente era de trascendencia el encuentro.
Primera cita
(Violencia) En medio del largo episodio violento que atraviesa la ciudad de Culiacán, la Iglesia no había reaccionado hasta que fue tocada en su propia casa. El coche abandonado con dos cuerpos en la cajuela, casi en la puerta de la Iglesia de la Virgen de Guadalupe y en medio de una misa, es otra muestra de la búsqueda de la espectacularidad por las facciones de los grupos en disputa. La Iglesia ha respondido con un escueto y cuidadoso comunicado. De ninguna manera confronta ni responsabiliza, solo hace un llamado.
“Pedimos al Señor que toque los corazones de quienes siembran el miedo y el sufrimiento, para que se conviertan y se reconcilien con la verdad, el bien y la justicia.”
Difícil tiempo para el llamado, cuando Culiacán aparece todos los días con un letrero de bienvenida similar al del círculo del Infierno en La Divina Comedia de Dante: “Piérdase aquí toda esperanza” (PUNTO).




