El domingo 11 de abril de 1937 el periodista Rafael Martínez llegó a Mazatlán en el coche número 3 656 del Ferrocarril Sud Pacífico. Su misión era trasladar los restos de Ángela Peralta a la Rotonda de los Hombres Ilustres, en la Ciudad de México.
A partir de las doce horas se congregaron diversas comisiones, autoridades y cientos de particulares deseosos de constatar la exhumación de la cripta del cuartel uno, lote cinco, número nueve, en el departamento especial del Panteón 2, también llamado Ángela Peralta. Habían pasado 54 años desde la muerte de “El ruiseñor mexicano” durante la epidemia de fiebre amarilla de 1883.
La capilla ardiente con la nueva urna funeraria se instaló en la Estación del Ferrocarril, en el vagón especial del tren. Al atardecer del lunes 12 de abril de 1937, el coche se enganchó al tren mixto que venía de Nogales y fue arrastrado hasta Guadalajara a donde llegó el día siguiente a las seis de la mañana. La velada fúnebre en el Teatro Degollado dio comienzo a las 8:30 de la noche.
Los despojos de la Peralta llegaron a Ciudad de México la noche del 14 de abril de 1937 y fueron llevados a la Agencia Alcázar, donde se colocaron entre una imagen de la Virgen de los Dolores y otra de la Inmaculada Concepción. A las ocho de la noche del día siguiente, por instrucciones de David López Alonso, del Departamento de Bellas Artes de la Secretaría de Educación Pública, los restos se trasladaron al salón de actos del Conservatorio Nacional de Música, con un cortejo formado por algunos cantantes de ópera. “La urna quedó colocada precisamente bajo un retrato, de tamaño natural, de la excelsa artista, que orlaban negros crespones”. En ese lugar se hicieron guardias todo el 15 de abril. Al día siguiente, la Sociedad Ángela Peralta hizo homenaje a la cantante. El sábado 17 al mediodía, en la capilla ardiente instalada en el salón principal del Conservatorio, se rindió otro tributo, presidido por Jesús C. Romero, Julián Carrillo y otros alumnos y profesores de la institución.
Todo estaba programado para que ese mismo día terminara la última gira de la Peralta al ser trasladada su osamenta al Palacio de Bellas Artes, de donde partiría hacia el Panteón de Dolores. Pero el profesor David López Alonso solicitó al Departamento del Distrito Federal que la calle de López, frente al Palacio de Bellas Artes, cambiase su nombre por el de la cantante, no obstante que ya lo ostentaba la calle entre la Alameda y el Palacio.
En tanto la osamenta emprendió “una nueva etapa en su amargo peregrinar”. Decía Excélsior: “Una vez más la urna que guarda los restos mortales de la insigne cantante mexicana Ángela Peralta ha sido trasladada a otro sitio, en una triste peregrinación que ya resulta irreverente y que parece no terminar nunca”. A las once de la mañana del 20 de abril de 1937, la urna salió del Conservatorio en hombros de los alumnos, quienes portaban el estandarte de su escuela y la bandera nacional. El cortejo tomó la calle de Moneda, siguió por Correo Mayor, pasó frente al Palacio Nacional y la Catedral, y continuó por 5 de Mayo hasta llegar al Palacio de Bellas Artes. Una pequeña multitud se fue sumando a la procesión.
Al día siguiente, miércoles 21, a las once de la mañana, los restos fueron llevados hasta el Teatro del Pueblo, anexo al mercado Abelardo Rodríguez. Numerosos artistas empezaron a protestar “por la forma irreverente en que han sido tratados los restos de la gloriosa cantante Ángela Peralta”.
Por fin, el jueves 22 de abril de 1937, a las nueve y media de la mañana, los restos de la cantante regresaron del Teatro del Pueblo al Palacio de Bellas Artes, donde fueron colocados en la escalinata principal por Julián Carrillo y José Rocabruna. De ahí partió el cortejo al Panteón de Dolores, en una elegante carroza de la Agencia Alcázar flanqueada por dos banderas nacionales.
En el cementerio esperaban centenares de personas, particularmente mujeres. Cuando llegó la carroza, los Coros del Conservatorio y la Banda de Artillería entonaron la Marcha fúnebre de Chopin. Con las notas del Himno nacional, los restos de la diva bajaron lentamente a su nuevo mausoleo. Miles de flores fueron colocadas sobre el sepulcro.
Ángela quedó sola entre virilidades insignes, en el primero de los círculos concéntricos de la Rotonda de los Hombres Ilustres; a los lados de su mausoleo, los poetas Amado Nervo y Luis G. Urbina. Fue la primera mujer que llegó a ese lugar; después vendría la actriz Virginia Fábregas (m. 1950) y más tarde la poeta Rosario Castellanos (m. 1974). A pesar del advenimiento de las damas, el cementerio redondo continuó llamándose de los Hombres Ilustres. Sólo hasta 2003 esta sección del Panteón de Dolores tomó el nombre de Rotonda de las Personas Ilustres de México.
Mujer al fin en tierra de varones, casada in articulo mortis, la cantatriz también fue objeto de una especie de divorcio post mortem. La vieja lápida donde aparecía su nombre civil completo (Ángela Peralta de Montiel) fue retirada y sustituida con otra que lleva su nombre de soltera y su seudónimo artístico. Desaparecido el apellido del viudo Julián Montiel y Duarte, lo suple la firma de otro caballero, a quien ella no conoció:
| In memoriam.
Ángela Peralta (El Ruiseñor Mexicano) “Cantó como nadie ha cantado en el mundo y fue nuestra conspicua embajadora en los más altos emporios del arte musical.” Rip-Rip. Nació en 1845. Murió en 1883. |
El autor es investigador del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Teatral “Rodolfo Usigli” (CITRU) del INBA. Ha dedicado sus estudios a las artes escénicas, con una decena de investigaciones, entre ellas; Eraclio Bernal: de la insurgencia a la literatura, Teatro Casa de la Paz: mudanzas en el tiempo, El Teatro Ángela Peralta de Culiacán Rosales: de trenes, tedio y espectáculos a fines del siglo XIX, El Teatro Ángela Peralta de Mazatlán, Donde mueren las palabras: el Teatro Apolo de Culiacán. Fue redactor y editor de Una vida por el circo: Atayde Hermanos.






